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jueves. 18.08.2022
Partida-de-De-la-Rúa-Facundo-Vitiello
Viñeta de Facundo Vitiello.

Corría diciembre de 2001, el país se desmoronaba por la crisis que cubría cada rincón del territorio nacional. El estallido social se podía percibir en el ambiente mientras se escuchaban las aspas cortar el cielo de Capital Federal.

La caída de la convertibilidad marcó una mañana por demás agitada, el cierre de fábricas, el neoliberalismo, la inflación y el fantasma del desempleo comenzaron a edificar un fenómeno de pobreza estructural que todavía sigue azotando las costas de la democracia.

La canilla del dinero comenzó a cerrarse y el modelo redistributivo que adornaba los manuales marxistas hicieron agua y se hundieron en el ancho océano del subdesarrollo. El efecto tequila que embriagó a todo un continente y a sus economías creó una casta de delincuencia gubernamental disfrazada de cordero.

El Fondo Monetario Internacional (FMI), auténticos monstruos de la democracia se sirvieron de la redistribución de la pobreza para conformar un nuevo mapa geopolítico con pueblos y sociedades en vías de extinción. Bajar el gasto público solo es el comienzo de una maquinaria que supo hacerse de territorios y parlamentos de un polo al otro polo del planeta.

Claro está que la burocracia gubernamental utiliza el gasto público como un salvoconducto, incrementar los puestos laborales dependientes del estado asegura por un lado los votos, y por el otro, vuelve piezas cautivas a las personas que de ahora en más pasarán a formar parte de esa tablita económica y financiera llamada Producto Bruto Interno (PBI).

Mientras el por entonces presidente argentino Fernando De la Rúa intentaba mantener la calma, millones de ciudadanos comenzaron a salir de sus casas, desde Ushuaia a La Quiaca el malestar social se convirtió en un efecto mariposa que como un dominó no tardó en llegar a las entrañas mismas de la Casa de Gobierno.

“Llevé mi plata al banco para que me la cuiden, no para que me la roben”, decía un cartel en las manos de uno de los tantos ancianos ahorristas que aguardaban fuera de las entidades bancarias por una devolución de dinero que nunca llegaría, su muerte se adelantaría al cobro.

Un QUE SE VAYAN TODOS, QUE NO QUEDE NI UNO SOLO fue la nueva moneda de cambio por aquel entonces, ya no había confianza en ningún sector, los cacerolazos fueron una catarsis, ya no era cuestión de partidismo, era una cuestión de clases, y los que gobernaban o representaban una banca en el estado en ese mismo instante dejaron de ser.

El 19 de diciembre después de las 19 se estableció un estado de sitio que marcó el comienzo del fin, el famoso “corralito” decretado por el Ministro de Economía Domingo Cavallo a principios de mes dejó a los argentinos sin sus ahorros, había sido para el pueblo la gota que rebasaría el vaso. Lejos de inducir a la gente a quedarse en sus casas, una caterva se movilizó a la Plaza de Mayo, en un intento de controlar a las manifestaciones la policía empezó a reprimir, dejando a su paso un saldo de 38 muertos, cientos de heridos y 4000 detenidos en todo el país.

La lápida comenzaba a escribirse a sí misma con sangre, con sudor y con lágrimas.

Tanto la violencia policial como las protestas en todo el territorio nacional se extendieron hasta entradas las horas del día siguiente, el jueves 20 las imágenes fueron transmitidas a todo el mundo y replicadas a medios internacionales, nada volvería a ser lo mismo.

Así como la Juventud Peronista y el grupo Montoneros habían apoyado en su momento al General Juan Domingo Perón y a sus ideas, un joven y amanecido grupo de élite llamado Sushi sería el brazo de fuerza del Gobierno de la Alianza encabezado por Fernando De la Rúa, una alianza que se estaba cortando por el hilo más fino, la gente de a pie.

El grupo Sushi no era ni más ni menos que una intención estatal de empatizar con los ciudadanos, una cuña que lejos de estabilizar comenzó a demoler desde dentro. Una facción de la oligarquía asistida por Enrique Nosiglia, liderado por Antonio De la Rúa y acompañado por su hermano Aíto De la Rúa. Patricia Bullrich, Fernando de Santibañes, Andrés Delich, Cecilia Felgueras, Darío Lopérfido y Hernán Lombardi, fueron también piezas de ese tablero.

El viernes 21 de diciembre y luego de haber escapado milagrosamente del techo de la Casa Rosada en helicóptero, el por entonces mandatario firmó la derogación del Estado de sitio. Pasaron veinte años y los libros cuentan que luego vino una seguidilla de cinco presidentes en una semana, pero eso es otra historia para contar...

Viñeta de Facundo Vitiello, publicada en Redacción Rosario

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