Es el petróleo, estúpido
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La estrategia estadounidense en Venezuela revela que la energía pesa más que la democracia. El reto ahora es evitar que el crudo vuelva a decidir el destino del país.
La operación que condujo a la salida de Nicolás Maduro del poder en Venezuela estuvo seguida, casi de inmediato, por declaraciones públicas de Donald Trump que despejaron cualquier duda sobre las verdaderas motivaciones de Estados Unidos. El interés central no era la democracia venezolana ni la restitución del orden constitucional, sino el petróleo. El mandatario dijo sin rodeos que Venezuela posee las mayores reservas probadas de crudo del planeta y Estados Unidos quiere volver a controlarlas.
El mandatario dijo sin rodeos que Venezuela posee las mayores reservas probadas de crudo del planeta y Estados Unidos quiere volver a controlarlas
Este objetivo no es coyuntural. Forma parte del núcleo duro de la promesa política que Trump ha vendido a su electorado bajo el lema de “hacer grande a América otra vez”. En esa narrativa restaurativa, la energía —y en particular el petróleo— ocupa un lugar estratégico como palanca de poder económico y geopolítico. No se trata solo de abastecimiento, sino de hegemonía.
Esta estrategia se inscribe, además, en una reinterpretación contemporánea de la doctrina Monroe. Bajo esta lógica, Estados Unidos reafirma su pretensión histórica de hegemonía en el hemisferio occidental, ahora no mediante discursos diplomáticos, sino a través de decisiones unilaterales y explícitas a sus intereses económicos. Venezuela aparece como una pieza clave en un tablero regional que la administración estadounidense concibe en términos de control político y rentabilidad.
Sin embargo, enriquecer a Estados Unidos con el petróleo venezolano no depende únicamente de la voluntad presidencial. Existe una segunda voluntad decisiva, la de las grandes petroleras. En la política estadounidense existe una frase célebre que resume esta lógica de poder: “Es la economía, estúpido”. Hoy, esa sentencia adquiere una nueva versión: es el petróleo. Trump puede prometer, presionar y anunciar, pero sin el respaldo efectivo de la industria energética, su estrategia corre el riesgo de quedarse en retórica.
Trump es consciente que su horizonte político es corto. Su agenda efectiva se mide en apenas tres años, con un punto crítico en 2026, cuando las elecciones intermedias pueden alterar radicalmente la correlación de fuerzas en el Congreso y poner en riesgo la continuidad de su proyecto. Las petroleras, en cambio, operan con una lógica radicalmente distinta. Sus planes de inversión se proyectan a quince o veinte años, requieren miles de millones de dólares y exigen estabilidad jurídica, política y de seguridad.
Venezuela sigue esperando que el petróleo no vuelva a decidir su destino por encima de su ciudadanía
Y Venezuela, hoy, no ofrece ninguna de esas garantías. La industria petrolera del país se encuentra en estado crítico tras décadas de desinversión, mala gestión y sanciones. Reactivar su capacidad productiva exigiría un esfuerzo sostenido, multimillonario y prolongado. A ello se suma un entorno político todavía inestable, con la formación incipiente de facciones a favor y en contra del nuevo orden, incluso dentro del propio chavismo. Para las petroleras, el riesgo sigue siendo demasiado alto.
Consciente de estas resistencias, la estrategia de la Casa Blanca parece avanzar por etapas. En un primer momento, opera bajo una lógica de tentación, como los recientes anuncios grandilocuentes sobre la entrega de decenas de millones de barriles a Estados Unidos, cifras que buscan despertar el interés del sector energético y presentar a Venezuela como una oportunidad irresistible. A continuación, se activa una fase de seducción política, en la que Trump intenta convencer a las petroleras de que son capaces, que pueden y que deben participar en la restauración económica prometida a la nación norteamericana.
El siguiente paso, inevitable ante las petroleras, será un ejercicio de persuasión descriptiva, detallada, técnica y financiera, en el que la administración estadounidense deberá explicar cómo piensa reducir el riesgo, garantizar la seguridad, flexibilizar el marco legal venezolano y ofrecer incentivos suficientes para justificar inversiones de largo plazo. Sin ese trabajo fino, las petroleras difícilmente comprometerán su capital.
De la respuesta de la industria energética depende, en gran medida, el futuro inmediato de Venezuela. Si las petroleras aceptan el desafío, el país podría convertirse en un enclave estratégico bajo fuerte influencia estadounidense, con una recuperación económica parcial, pero con soberanía limitada. Si se niegan, el proyecto trumpiano corre el riesgo de estancarse, dejando a Venezuela atrapada entre una transición inconclusa y una crisis prolongada.
Al final, más allá de los discursos sobre libertad o democracia, la clave del tablero venezolano sigue siendo brutalmente simple. No es la ideología. No es la retórica. Es el petróleo.
Mientras tanto, Venezuela sigue esperando que el petróleo no vuelva a decidir su destino por encima de su ciudadanía.
James Fernández Cardozo | PhD Análisis del Discurso.