jueves. 04.06.2026
HISTORIA PARA HOY

A vueltas con la Doctrina Monroe

La Doctrina Monroe se ha visto sustituida por la ambición dominadora política y económica no territorial del 'colonialismo new style'.

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Se conoce como la Doctrina Monroe la establecida por el presidente estadounidense James Monroe en su discurso ante el Congreso estadounidense de 2 de diciembre de 1823, en el que determina que América (el nuevo mundo) y Europa (el viejo) deberían ser esferas de influencia claramente separadas y, por lo tanto, los esfuerzos de las potencias europeas por condicionar e influir en las políticas de los Estados soberanos de América se considerarían desde ese momento una amenaza para los Estados Unidos, al mismo tiempo que Estados Unidos se comprometía a no implicarse en las guerras y los asuntos internos de los países europeos. Una política que ha acabado siendo conocida por el lema América para los americanos. Una medida, seguramente largo tiempo madurada, que el presidente Monroe probablemente decide poner en vigor debido a los intentos de Inglaterra, de Francia y de la España realista apoyada por la Santa Alianza, Rusia, Austria y Prusia, de condicionar la situación creada en México tras la abdicación del primer emperador mejicano, Agustín de Iturbide, en marzo de 1823.  

Una referencia histórica concreta a la que se ha querido presentar, con frecuencia, como el antecedente y sustrato ideológico de las políticas de control y dominación estadounidense del resto del continente, especialmente al sur del río Grande, durante los dos últimos siglos, incluyendo la actual del presidente Trump. Después de todo, el lema incita a ello: “América para los americanos”. Pero, sin embargo, es posible que más que un antecedente o sustrato ideológico sea solamente una excusa, que se esconde detrás del trampantojo lingüístico de la polisemia, o simplemente bisemia, de la palabra “americano” (en inglés “american”), que tanto en un idioma como en el otro, hacen referencia tanto a los habitantes del continente americano, como a los habitantes/ciudadanos de Estados Unidos.

Porque mientras sí es una clara manifestación del intento de control y dominación por parte de Estados Unidos del resto del continente: América (continente) para los americanos (estadounidenses), la actitud, por ejemplo, de la actual Administración estadounidense, agrediendo, ilegalmente según el Derecho Internacional, a Venezuela y Colombia en las aguas internacionales frente a sus costas, matando (asesinando dada la ilegalidad del acto) a ciudadanos de estos países bajo la sospecha no demostrada (ni siquiera mostrada) de que pertenecían a organizaciones narcotraficantes que introducían estupefacientes en los Estados Unidos (¿por qué no mata también, entonces, a los consumidores estadounidenses, a los traficantes estadounidenses que menudean los alijos, a los policías y agentes de aduanas estadounidenses incapaces de detectar el tráfico ilegal?); amenazando a países supuestamente aliados políticos en la OTAN y económicos en el G7, como Canadá, con absorberlos como nuevos Estados de la Unión (Estados Unidos); queriendo arrebatar la que considerada “tierra americana” de Groenlandia de su vinculación histórica con Dinamarca, también aliado en la OTAN; forzando a Panamá a suspender, e incluso anular, sus rentables negocios con China en el Canal de Panamá, parte constitutiva de su jurisdicción como su propio nombre indica; castigando a Brasil con unos aranceles del 50% por la condena de 27 años de prisión del Tribunal Supremo brasileño al expresidente Jair Bolsonaro, gran aliado de la actual presidencia estadounidense, por su intento de golpe de Estado.

En definitiva, un enfoque de imperialismo sin imperio, de ya larga tradición en el continente americano, que, hoy día, tiene sus mejores manifestaciones en aquellos países cuyos dirigentes han decidido bailarle el agua a sus vecinos “gringos” (castellanización del inglés greens go, que hace referencia a las guerreras verdes de los invasores estadounidenses, con clara intencionalidad despectiva), como El Salvador, convertido en una gran cárcel de disidentes de enorme utilidad para Washington, o como Argentina, cuyo presidente es cada vez más parecido al estadounidense, aunque algo más, incluso, histriónico y estrafalario. En cualquier caso, nada que no llevemos viendo desde hace dos siglos.

La Doctrina Monroe se ha visto sustituida por la ambición dominadora política y económica no territorial del 'colonialismo new style'

Pero no es en este sentido como podemos, ni deberíamos, interpretar la auténtica y primigenia Doctrina Monroe, ya que ésta estaba precisamente orientada justo en el sentido opuesto. Combatir el colonialismo residual (¿residual?) europeo en lo que habían sido sus colonias americanas, especialmente el británico, que como primera potencia en que se había convertido tras las guerras napoleónicas (1792-1802), no sólo aspiraba a controlar los mares, es decir, el comercio, y seguir extendiendo su Imperio, sus colonias, dominios y enclaves por Asia y África, sino que también ambicionaba poder sustituir la capacidad de influencia (y comercio) en las Américas central y del sur (la llamada América Latina o Latinoamérica) de los ya viejos imperios decadentes español y portugués. Contra estas influencias, estos condicionamientos y estas ventajas comerciales, normalmente abusivas, es contra lo que principal y fundamentalmente pretendía luchar la Doctrina Monroe: América (continente) para los americanos (continentales)”.

Pero desgraciadamente, tan bienintencionada política se vio pronto sustituida por la ambición dominadora política y económica no territorial del “colonialismo new stylede los propios Estados Unidos. Simplemente, un nuevo “colonialismo” sustituyó al viejo colonialismo. Y, en esas, aún seguimos.

A vueltas con la Doctrina Monroe