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martes. 16.08.2022

Me entero por la prensa de la muerte de Eduardo Punset, y recuerdo que compartimos momentos cuando jóvenes. ¿Cómo puede ser que últimamente sólo escriba obituarios de amigos y personas a las que me tocó conocer?  ¿Acaso se puede decir que es Ley de Vida, esto de escribir con cada vez más frecuencia,  a la muerte de alguno de ellos o ellas? Creo que en realidad se trata de reflejar en palabras recuerdos de quien simplemente los sobrevive con algo de memoria, sobre momentos que no llegaron a ser de dominio público, pero tienen lugar de preferencia en el álbum afectivo de momentos  personales.


Conocí a Eduardo Punset en Londres en 1966, cuando los dos abundábamos en nuestros respectivos estudios. Compartíamos lugar de trabajo como colaboradores free lance del Servicio Latinoamericano de la BBC, en el despacho que nos cedía uno de los productores de programas que contrataban nuestros servicios,  el chileno Carlos Godfrey, que también  ha desaparecido hace unos cuantos años.

En dos sonoras máquinas de escribir Remington tecleábamos nuestros artículos, aprovechando las horas a partir de las 18,00 cuando parte del personal de plantilla había cumplido su horario.Yo era un joven actor argentino que se empeñaba en seguir estudios de arte dramático en la capital mundial del teatro, Londres, y Eduardo Punset, unos años mayor, era un español que realizaba estudios de posgrado en Economía.

Nuestros intereses profesionales eran diferentes, pero compartíamos algunos ideales,mientras los dos nos ayudábamos con lides periodísticas  en nuestros empeños personales colaborando para la BBC. El escribía sobre Economía y yo sobre teatro, y fútbol… ya que me había ganado un nombre como comentarista en la BBC, durante La Copa Mundial que había tenido lugar ese año 1966 en Inglaterra.  En pausas del tecleo,  cuando se producía el silencio al tratar de ordenar los pensamientos,  recurríamos a hacer algún comentario ameno, según el  humor propio de cada uno.  El suyo catalán, y el mío más vasto, argentino.

La situación era curiosa a los ojos de los demás, también,por las diferencias físicas entre nosotros, Eduardo,  delgado y bajo de estatura, con un corte de pelo atildado muy diferente a la melena hirsuta que llegó a ser símbolo de su imagen televisiva tan famosa, años después.  Yo, por el contrario, alto y de cierta  envergadura, y con cabello largo y una barba que pretendía asomar parecidos a mi eminente compatriota Ché Guevara aún vivo. Esta diferencia en nuestros aspectos era a veces señalada jocosamente por algún tardío testigo entre el personal latinoamericano de ese entonces numeroso departamento de la BBC.  Después del árabe el segundo más grande de esos “foreignservices” en los años 60. Aparte de Eduardo Punset, que como yo era free lance.  entre el staff  había pocas personas que no eran de origen latinoamericano,el  Director del Latin American Service,  William Tate, británico, y el Subdirector, Alberto Palauz, catalán como Punset. Este último, de gran calidad humana, era el valedor de nuestras dos colaboraciones al más alto nivel del servicio, y por distintas afinidades que tenía personalmente con Eduardo y conmigo.

El gran edificio de BUSH House que alojaba los servicios externos (internacionales) de la BBC radio, tenía dos entradas y por ende dos frentes, uno sobre el célebre Strand, frente a la iglesia católica de St. Mary le Strand, implantada justo en medio del bulevar de ese nombre que conduce de Trafalgar Square a Fleet Street,   y el otro frente daba sobre el Aldwych, que abría su espaciosa entrada de puertas giratorias y grandes ventanales  hacia la amplia avenida HOLBORN apuntando al norte.

El despacho que compartíamos trabajando con Eduardo, en la segunda planta del llamado Central Block, entre los tres edificios que tenían un ala este y un ala oeste, daba justo a  la gran ochava de ese edificio central y,  recuerdo como si fuera hoy,  las referencias que hacíamos hacia nuestras vistas en directa relación con nuestras profesiones. Hacia un lado, de donde se sentaba Eduardo en su mesa, se dejaba ver parte del edificio de la célebre LONDON SCHOOL OF ECONOMICS- LSE-, donde él realizaba sus estudios de posgrado, hacia un costado del Aldwych. Hacia el otro costado de la gran avenida estaba el Teatro Aldwych, sede londinense de la no menos célebre Royal Shakespeare Company, al que me escapaba cuando podía para ver sus espectáculos que eran en sí toda una lección de arte dramático.  Es decir, que los ventanales  frente a los que trabajábamos y el despacho en el que escribíamos, que era de grandes dimensiones, enmarcaban lo más emblemático de lo que éramos Eduardo y yo profesionalmente, en esos tiempos.

Con anterioridad, yo había conocido socialmente a Punset a través de nuestro amigo común, Eduardo de Benito, abogado español que ejercía como brillante periodista de la BBC, pero que siempre fue considerado latinoamericano porque hablaba como tal, tras haber vivido el exilio de sus padres en Colombia y México. Sin embargo, Eduardo de Benito, hijo de José de Benito, ministro del gobierno de  la república en el exilio, había terminado estudiando derecho en España donde llegó a entablar amistad y afinidad clandestina al PC con Eduardo Punset.Por tanto, sin pretender que fuéramo samigos, con Eduardo nos conocíamos de antes de trabajar juntos, en el Servicio Latinoamericano de la BBC de Londres.

En los años sucesivos yo fui contratado en el staff como productor realizador de programas de la BBC de Londres durante algún tiempo, y Eduardo Punset comenzó a colaborar como redactor en el conocido semanario londinense The Economist, dejando atrás el Servicio Latinoamericano de la  BBC excepto alguna colaboración  específica y muy esporádica. Su carrera fue volcándose como gran especialista hacia la Economía de tal forma que llegó a ser asesor del Fondo Monetario Internacional, creo que en temas latinoamericanos, lo que fue causa de que se quebrara su amistad con Eduardo de Benito. Este sí gran amigo mío hasta hoy, me confesó que no le perdonó al otro Eduardo ese paso tras haber compartido proyectos políticos de izquierda que de Benito siempre profesó hasta llegar a militar en la izquierda del laborismo británico, hace algunos años.

Eduardo Punset en los años 70, en Londres, fue director de una publicación llamada VISIÓN, totalmente financiada por un millonario cubano exiliado.  Diseñando su equipo de redactores junto con otro gran amigo, ex jefe mío en la BBC, me llamaron para trabajar en la sección de Educación y Ciencia, ya que tanto la de espectáculos como la deportiva estaban cubiertas, lo que demuestra que Eduardo siempre respetó también mi formación periodística.  Yo había vuelto a ser free lance en la BBC a la vez que continuaba mi carrera ascendente como actor en ese momento, por lo tanto trabajé también como colaborador, por corto tiempo,  para esta revista que no era precisamente de “visión” de izquierdas. Cuando la revista cerró perdí de vista a Punset, más o menos con la llegada de la transición en España.

El resto de la vida de Eduardo Punset desde su participación en la política catalana, hasta su representación parlamentaria como diputado de UCD son bastante conocidas, y con mi venida a España en 1979 compartimos algún momento rememorando viejos tiempos. Luego, su alejamiento de la política y su irrupción en la ciencia con sus libros y en la televisión lo convirtieron en figura pública y venerada.  Creo que la última vez que le vi fue por la Gran Vía madrileña, hace unos 10 años,  él asediado por admiradores, pero atendiéndome cortesmente durante algunos momentos.  Yo ya estaba dedicado abiertamente a mi representación sindical de los actores en España, y habían pasado ya muchas cosas en esos más de 40 años desde que compartíamos lugar de trabajo, y tal vez sueños escondidos.

Érase una vez en Londres y con tantos sueños