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sábado. 04.02.2023

La decisión del primer ministro griego Yorgos Papandreu, de someter a un referéndum las condiciones del rescate de la economía de Grecia ha enfriado la euforia bursátil que siguió a la última reunión de Bruselas y ha provocado un inexplicable terremoto en la Unión Europea, cuando la opción de consultar a los ciudadanos no debería parecer una temeridad, como se ha dicho, sino una obligación de los gobiernos democráticos ante situaciones difíciles. Y esta lo es. Si son los ciudadanos rasos quienes están pagando, desde hace dos años, con las medidas de austeridad los errores de su clase política y los abusos de su clase empresarial, ellos son quienes deben decidir sobre lo que les espera, que son nuevas penalidades para décadas, con o sin rescate.

Ante la convocatoria del referéndum griego, se acusa a Papadreu de actuar en clave exclusivamente nacionalista y de poner en peligro la moneda única, como si el mandatario griego hubiera sido el primero en poner los intereses de su país, o de su partido, por delante de los de la Unión Europea. Ahí tenemos al euroexcéptico Cameron exigiendo, desde fuera del euro, claridad y rapidez a Bruselas, cuando lo que debería de hacer es convocar un referéndum, que el 70% de los ingleses demanda, para decidir si el Reino Unido se queda o se va de una vez de la UE. O tenemos a todo el conjunto de países de la Unión supeditado a las medidas en clave nacional de Alemania y de Francia. Merkel actúa más como dirigente alemana que como primera mandataria europea, papel no institucional que se ha arrogado por la capacidad económica de su país y por la debilidad política de sus homólogos. Doña Ángela es una nueva Kaiserin en una Europa en vías de germanización, y el pequeño Nicolás (genial Sempé) la sigue para no perder un ápice de grandeur.

La canciller de hierro actúa en clave nacionalista para proteger las inversiones de los bancos alemanes en deuda griega, pero también ha actuado así en el pasado: en clave partidista al posponer medidas para toda la Unión pensando en las elecciones a los lander, y en clave nacionalista al incumplir los acuerdos del Pacto de Estabilidad (Maastrich) superando el límite de la deuda (60% del PIB) desde 2002 a 2010, y el límite del déficit (3% del PIB) desde 2002 a 2005, en total 14 veces. Y otro tanto ha ocurrido en Francia, que desde 2002 a 2004 y desde 2008 a 2010 superó el límite del déficit, y desde 2003 a 2010, superó el límite de deuda. En total 14 veces. No se entiende, por lo tanto, tanta exigencia a los gobiernos de Grecia, Portugal o España para que cumplan lo que no han cumplido ni el gobierno alemán ni el francés.

Sarkozy ha pedido a Papandreu que dé explicaciones en la reunión del G-20. Pero sobre todo debe darlas en otro sitio, ¿o es que Sarkozy ya da por muertas las instituciones de la Unión Europea?

Esta es otra de las consecuencias de la crisis: el capital financiero, moviéndose a sus anchas buscando la máxima rentabilidad en el mínimo lapso de tiempo, ha logrado desregular las instituciones políticas existentes. Un selecto grupo de financieros multinacionales, escondidos tras en la impersonal denominación de <mercados>, impone cada día sus criterios sobre la voluntad de 7.000 millones de personas al actuar sobre las finanzas del mundo.

Y la Unión Europea es una de las estructuras económicas y políticas que ha sucumbido al envite; sus instituciones parecen haberse esfumado ante un nuevo gobierno de facto, surgido de un golpe de mano palaciego, que ha concentrado todo el poder en un triunvirato formado por Ángela Merkel, Nicolás Sarkozy y Jean Claude Trichet (ahora reemplazado por el banquero Mario Draghi, con un expediente poco limpio, pero da lo mismo, pues su currículo en los años dorados de Goldman Sachs es adecuado para el trabajo que va a realizar).

Es difícil saber a qué se debe realmente la decisión de Papandreu, si se trata de una respuesta a las tensiones internas del Pasok, a la intención de aplacar de alguna manera el malestar que los griegos muestran a diario en las calles o al intento de salir de un situación difícil comprometiendo a la derecha, que está teniendo un comportamiento irresponsable. En todo caso es una decisión que entraña riesgos, qué duda cabe, pero revela talante democrático y confianza en la ciudadanía. Y hasta ahora, las medidas dictadas por el triunvirato han dado resultados negativos, pues no trataban de salvar a los griegos, sino a los euros.

Papandreu ha hecho bien en intentar otra salida y escapar de la consabida respuesta de que no hay alternativa. Debería cundir el ejemplo.

Un referéndum, ¿sólo en Grecia?
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