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martes. 28.06.2022

Mientras en el Congreso de los Diputados discutía (y aprobaba a trancas y barrancas) la putativa reforma de la negociación colectiva, dos manifestaciones mostraban su radical desacuerdo “cerca” del Parlamento. Una congregaba a los sindicalistas de Comisiones y UGT; en la otra participaban los componentes del Movimiento 15 de Marzo. Pues bien, miremos las cosas de la siguiente manera: las dos movilizaciones compartían (diversamente) el mismo objetivo, vale decir, la indignación contra las medidas que se iban a discutir en las Cortes. Seguramente todavía no se dan las condiciones, en esta ocasión por parte del 15-M, para confluir en una presión unitaria, pero no conviene echar en saco roto que este movimiento estaba allí con las mismas (o parecidas) reivindicaciones. Tampoco hay que olvidar que el 15 M es el primer movimiento –hasta donde la memoria me alcanza-- que hace de la cuestión social un llamativo banderín de enganche. Lo que, al menos en teoría, le lleva a compartir (diversamente) todo un elenco de planteamientos que los sindicatos han puesto encima de la mesa desde hace muchos años. El hecho de que, de momento, vaya cada uno por su lado (los sindicatos por aquí, el Movimiento 15 M por allá) confirma que existe una unidad de acción, todavía no explicitada, sobre cuestiones de envergadura. Así pues, como dijo el clásico en la Cueva de Montesinos: “Paciencia y a barajar”.

El sindicalismo confederal lleva más de una centuria dale que te pego; el 15 M cuenta una biografía de un escaso mes y medio. De manera que los primeros han de tener en cuenta que el nacimiento de todo colectivo –social, cultural, artístico— tiende a ciertas formas de adanismo. También de equidistancia: ni con los capuletos ni con los montescos. De equidistancia formal, quiero decir, en este caso. Pues, como se ha dicho, ambos compartían diversamente el mismo (o parecido) planteamiento.

Desde mi condición de sindicalista emérito, y en mi retiro de observador comprometido, miro las cosas de la siguiente manera: de momento –salvo los estúpidos incidentes de Zaragoza— no veo especiales motivos de alarma en esa equidistancia formal de los componentes del 15 M. Lo importante, ahora mismito, es esa confluencia de planteamientos en torno a la cuestión social. El problema empezaría, a mi juicio, si unos y otros iniciaran un proceso de travestismo. Esto es, el sindicato intentado hacer casi lo mismo que el 15 M, y éste entrara en una deriva pansindicalista. El sindicato, disfrazado de movimiento para no infundir sospechas de adocenamiento; el 15 M, afanándose en un substitucionsimo sindical, en una reactualizada versión del Cartismo inglés del siglo XIX, que tenía aquellas características protosindicales precisamente porque el sindicalismo todavía no había tomado suficiente pelargón.

A estas alturas, todavía no sabemos cuánto tiempo durará esta equidistancia formal del 15, y ni siquiera estamos en condiciones de suponer qué derroteros adquirirá en el futuro a medio y largo plazo. No hace falta decir, sin embargo, que –al menos, en parte— la superación de esta fase puede depender de: a) la capacidad de renovación del sindicalismo confederal, acelerando las reformas que tiene pendientes en el campo de la representación; y b) la acumulación de madurez del Movimiento 15 M y, en concreto, del lifting que haga de su normal, lógico y ostentoso adanismo.

El problema, a mi entender, está en buscar los argumentos de por qué el 15 M entiende que es poco amigo de (o, peor aún, indiferente a) los sindicatos mayoritarios. La cuestión, por otra parte, estribaría en la necesidad de una profunda reflexión, sin hacer trampas en el solitario, en el 15 M sobre la bondad de su distancia con el sindicalismo confederal.

El sindicalismo y el Movimiento 15M
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