Wittgenstein, Cervantes y la RAE
Reflexión sobre el lenguaje, su diversidad y el papel de la RAE en el español.
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Eduardo Sánchez Gatell |
“Imaginar un lenguaje significa imaginar una forma de vida”. El lenguaje no es un reflejo especular de las relaciones humanas, de nuestra forma de vida, de las prácticas que constituyen las relaciones sociales; no es un instrumento para comunicarlas, referirlas, transmitirlas a los otros. El lenguaje es el material del que están hechas las prácticas que nos hacen específicamente humanos. Vivimos, nos comunicamos, somos, por tanto, en el lenguaje, y no somos posibles sin él. El hacer humano, en tanto que tal, es un hacer dentro del lenguaje. El maestro Wittgenstein nos lo enseñó.
El lenguaje, por tanto, es un ser vivo, imparable, un animal que, como todos, extiende sus dominios o muere; un animal cuyo sentido lo dan sus hábitats, sus relaciones con otros animales… sus variedades.
El español es, como los pinzones de Darwin, un pájaro que ha variado el color de su plumaje, de sus patas, la robustez de su pico, de mil diversas formas. Lo que quiere decir, más precisamente, que ha construido mil diversidades (y no que ha sido construido por ellas, pero ese es otro debate).
No es, por tanto, un mastodonte con una pata en Madrid, otra en Texas o Veracruz, en Lima o en Buenos Aires. Menos aún con la cabeza en Madrid y las patas allá donde quiera ponerlas. No es un Abascal con morrión y celada jugando a reconquistar América, sino el Cervantes que lo enriqueció y lo hizo universal. Un Cervantes que, por ello, es hoy tan chileno como mexicano, como argentino, peruano o español… en contraste con el, por algunos, añorado imperio que ya no es de nadie…
Poner en valor el español significa admirar la diversidad de su plumaje —un plumaje bellísimo, por cierto—, admirar la diversidad de las culturas de las que forma, indisolublemente, parte.
No se puede LIMPIAR porque las lenguas son sucias por naturaleza, porque se mezclan con el sudor de los trabajadores, con la sangre de las guerras, de las colonias, porque todo lo vivo es sucio, porque son metabolismo y producen detritus, y sin metabolismo no hay vida. Pero, sobre todo, porque no se puede formar una brigada de limpieza. ¿A quién corresponde decidir lo limpio y lo sucio, lo verdadero y lo falso? ¿A un funcionario del lenguaje que acude puntual los jueves a su reunión semanal? ¿Al campesino de Arequipa? ¿Al minero chileno? ¿Al camarero de la Ventilla? El pinzón de plumajes diversos se acicala, se despioja, sabe hacerlo y lo hace conforme a sus necesidades, que también son diversas.
Menos aún se puede FIJAR: sería algo así como disecar a nuestro pájaro de hermosas plumas, matarlo, secarlo y exponerlo en la vitrina de un museo, repintando sus plumas cada pocos años en un intento vano de preservar la apariencia que un día tuvo. Mal destino para la lengua de Cervantes, a la que restan, con toda seguridad, pese a los genocidas culturales que hoy asoman de nuevo, aún muchos tesoros que proporcionar.
DAR ESPLENDOR ya es pecado de soberbia. Suena a metrópoli, a Roma. A trompas y cuernos, a añafiles, a tambores… El esplendor de una lengua solo pueden darlo sus hablantes, los que trabajan en ella y los que trabajan con ella. Tal vez una buena forma de contribuir al esplendor del español sería empezar por suprimir la zafiedad de las intervenciones parlamentarias, del discurso público, de la tertulia televisiva… Ya que se trata, al parecer, de “limpieza”, probemos a lavar a algunos —a muchos— la boca con jabón. El esplendor de una lengua no puede ser otro que su uso digno, el respeto por ella y por sus hablantes, por su diversidad y por ese mestizaje que constituye la propia naturaleza del lenguaje.
Las instituciones que estudian, difunden y protegen la riqueza de nuestra lengua deben ser más testigos que prescriptores. Deben dirigir sus esfuerzos más a la riqueza de muchos que a la pureza de pocos; deben estar más atentas al reconocimiento de las infinitas variedades del plumaje de esa hermosa ave que es el español, para reconocerlas y protegerlas, que a la absurda determinación de un plumaje “verdaderamente” propio.
Ningún ave cambia sus colores en función de lo que prescriben los biólogos; son estos últimos a quienes les corresponde dar cuenta de los cambios de color.