domingo. 14.07.2024
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Retrotrayéndonos al mito de la Torre de Babel podemos apreciar que el conflicto lingüístico no es una novedad. Una vez castigados por Dios ante la osadía de querer ser visto con ojos ajenos, sus constructores se dispersaron por el planeta, lo que nos lleva a la sospecha de que el entendimiento hubiera sido complejo entre ellos de haber coexistido en una misma tierra.

La separación de lenguas por aspectos geográficos es un hecho. El rumano que se habla en Moldavia se llama de ese modo a la vez que moldavo, si miramos la constitución de este país. No distan entre sí mayores diferencias que las que puedan existir entre el castellano de Salamanca y el de Lima. Aceptan esta realidad, al igual que los checos y los eslovacos que, aunque sus lenguas sean llamadas de forma diferente, no tienen que hacer un gran esfuerzo para entenderse. Igualito a lo que sucede en el este de nuestro país - entiéndase la ironía –.

“Hablar una lengua no debería estar vinculado a una ideología y/o afinidad política”

Catalán, valenciano, mallorquín... Si soy sincero, vivir en una zona bilingüe es una suerte. Piensan y aman, aparte de los beneficios derivados de poder utilizar dos lenguas, sobre todo el de la comunicación con mayor número de personas en la lengua que desarrollan sus vidas, el nexo entre territorios que se expresan del mismo modo puede ser muy útil para cuestiones tan dispares como abrir mercados cercanos a tu negocio, descubrir nuevas obras literarias que puedan entender en el contexto de la lengua de quién las escribió o, ya que estamos, hacer amigos y ligar. Todo son ventajas, si se mira desde tal punto de vista... Hasta que personas individuales, bajo la excusa interesada de aludir a la política, se adueñan de ellas; y es aquí cuando la cosa se enturbia.

Hablar una lengua no debería estar vinculado a una ideología y/o afinidad política. Se suele vincular el hablar castellano con gente de derechas y hacerlo en la lengua regional con la izquierda u otras opciones progresistas. Si rascamos un poco, nos damos cuenta de que esa creencia carece de sentido cuando hay opciones de derechas que defienden la lengua propia y regional – ellos le llaman nacional – como parte de su ADN o su identidad más valiosa. En cambio, las zonas donde más se vota PSC, por no salir del ejemplo catalán, es la zona metropolitana de Barcelona, donde la mayor parte de su población habla y se comunica en castellano. Por esto, discutir sobre si una lengua es o no es lo que nos interese que sea se convierte, a la larga, en una pérdida valiosa de cualquier tiempo por afrontar, ya que, digamos lo que digamos, la señora Pepa seguirá dando los buenos días como le plazca.

“A la gente normal le importa poco el nombre de un idioma, prueba de ello somos los muchos castellanohablantes que sabemos expresarnos a la perfección en la lengua regional”

Por eso. Cualquier medida política que retire revistas, vete publicaciones o redefina términos existentes por otros inventados para estar más cerca de una población concreta, de un territorio concreto y que deja a un lado otro colindantes que hablan del mismo modo, nos lleva a la absurda confrontación territorial.

No se generan nuevos puestos de trabajo, el sol sigue siendo el centro de nuestra galaxia y los soldados no se van a dar largos besos en la boca si se llama catalán o catalón. O si es mejor hablarla o no hablarla. A la gente normal le importa poco el nombre de un idioma, prueba de ellos los muchos los castellanohablantes que sabemos expresarnos a la perfección en la lengua regional, esto gracias a medidas políticas de fomento de la lengua en las que nada ni nadie chafaba a la que ya nos hablaban desde la cuna.

Por eso, querido lector, si escuchas a alguien que te diga que la lengua que tú hablas no es lo que creías, si no lo que él o ella interpretan que es, corre. Si alguien te anuncia, en lengua distinta a la que hablas, que otros de fuera vendrán a robar la tuya, pasa de largo. Esos sólo saben hablar lo que les han enseñado y, quizás como milagro a revisar por la curia vaticana, sean capaces de respirar y hablar a la vez.

La lengua es uno de los patrimonios propios que más pronto aprendimos a usar. Para entonces, ya hubo quien contaba la historia de una torre que quería llegar hasta donde Dios habitaba.

La propiedad de una lengua