domingo. 03.03.2024
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Que pasmo sentí aquella mañana cuando tras leer con cierto interés la prensa en la terraza de mi cafetería habitual, tras un buen rato de lectura descubrí que el camarero aún no había comprado el periódico del día y caí en la cuenta de que las noticias que minutos atrás me parecían interesantes se volvieron de pronto desfasadas al saber que eran de la prensa del día anterior.

Que influenciables podemos ser los humanos, me dije mientras en mis fosas nasales aún percibía el olor a tinta fresca del periódico que acababa de tener en mis manos. Y es que, discernir lo real de lo que no lo es, así como asumir la relatividad para ubicar las experiencias en un contexto determinado, puede enfrentarnos a arduos dilemas si no somos capaces de conferir a cada contingencia la entidad que en justicia le corresponde.

Conocí en mi juventud a un viejo galeno que en el verano de 1976 me regaló sabios consejos cuando, apenas un mes después de finalizar mi licenciatura en la Facultad de Medicina, inicié los primeros pasos profesionales en la práctica médica. Una tarde, tomando los dos un café en la terraza del modesto hotel de dos estrellas donde me alojaba en un pueblo de la costa mediterránea, aquél médico jubilado me dijo algo que jamás olvidé aunque no le otorgara la importancia que merecía en aquél momento: «Amigo mío, nunca caigas en el error de creer que nada hay más rancio que el periódico del día anterior».

Aunque no entendí que me quería decir don Andrés al formular aquella sentencia, tampoco le di mayor importancia ni sentí la curiosidad de saber si era suya o bien citaba a alguien desconocido para mí. Mi sabio acompañante, un hombre proclive a la nostalgia y a enaltecer los tiempos pasados como una fuente de experiencias propias y ajenas, dijo a continuación: «La juventud actual no sabe reconocer el valor del pasado porque prefiere lo último, lo más novedoso, acceder a la tecnología más avanzada, tener un televisor en color en lugar de blanco y negro, y hasta acceder a complejas operaciones matemáticos en unos segundos gracias a esos artilugios que engullen tarjetas perforadas y pueden conseguir proezas como que el hombre viaje a la Luna y pueda pasear por su superficie para luego regresar a la Tierra».

No olvidemos que nuestras charlas tuvieron lugar en el verano de 1976 y que aún faltaban cinco años para que IBM lanzara el PC 5150 como respuesta a los ordenadores personales que estaban dando alas a empresas muy modestas como Apple, Commodore o Atari. El mundo estaba en un punto de inflexión que ascendía casi en vertical en su evolución tecnológica. Pero que nadie se lleve a engaño, pues don Andrés no renunciaba a la modernidad y al progreso, ni mucho menos. Valga como muestra que en aquella segunda mitad de los setenta, solicitó a la fábrica automovilística Ford de Almussafes que le consiguieran un vehículo con cambio de marchas automático, y era tan terco que, tras mucho insistir, le trajeron uno procedente de Alemania.

El motivo de su aparente capricho no era una especial pasión por los automóviles, sino sólo una necesidad debida a las molestias que le producía el implante defectuoso de una prótesis de cadera izquierda (una de las primeras realizadas en España) que le desencadenaba fuertes crisis de dolor al pisar el pedal del embrague.

A lo largo de los tres meses que compartí hotel y muy buenos ratos con don Andrés, en las reuniones que manteníamos tras finalizar mi jornada laboral en la clínica de la Casa del Mar, mi sabio consejero me insistía en que el valor que se confiere a lo novedoso nunca debería subestimar lo que en un reciente pasado nos pareció inmejorable e irreemplazable.

Pues bien, transcurridos más de cuatro decenios después de que don Andrés se esforzara para que un joven licenciado en medicina abriera los ojos ante una realidad que en muchos aspectos ignoraba —tal vez por mi juventud y aún más mi inexperiencia—, hace muy pocos días que una simple casualidad me permitió descifrar el mensaje que contenía aquél consejo que recibí de don Andrés: «no caigas en el error de creer que no hay nada más rancio que el periódico del día anterior».

Todo sucedió en un santiamén cuando en uno de mis desayunos en la cafetería que frecuento, descubrí que esas palabras formaban parte de una reflexión formulada por el filósofo, ensayista y poeta francés Charles Péguy. De repente vi la la luz cuando el joven camarero que atendía las mesas se acercó a la mía y me ofreció el periódico, después de disculparse porque el que me había traído diez minutos antes era del día anterior:

—  Lo siento pero hoy se me ha olvidado comprar el periódico y nos lo acaba de traer la señora del quiosco.

—  No pasa nada —le respondí— la verdad es que sólo he leído un par de artículos y he ojeado los titulares, pero no he reparado en la fecha.

—  A mi me habría sucedido lo mismo, pues son tan previsibles las noticias que parecen intemporales, pero como se suele decir: Homero es joven cada mañana, y el periódico de ayer terriblemente viejo —me respondió el joven licenciado que trabaja en la cafetería de su tío en verano hasta que lo vuelven a contratar en septiembre como profesor de filosofía en el Instituto Luis Vives, el mismo don hice yo el bachiller.

Así fue como el destino quiso saldar una deuda conmigo al hacerme saber que la intención de don Andrés al darme aquel consejo fue reivindicar la fresca vigencia en nuestros días del autor de “La Ilíada” y “La Odisea”, y lo hizo con la ayuda de una sentencia de Charles Péguy según la cual, Homero seguiría siendo joven cada mañana por los siglos de los siglos, mientras que quienes viven sometidos a la obsesiva necesidad de disfrutar de lo novedoso a expensas de relegar al olvido lo que antes consideraron el súmmum, son necios hasta el extremo de considerar viejo y rancio el periódico del día anterior.

No es honesto ensalzar lo nuevo denigrando lo que ayer nos agradaba