TEATRO

'Todos los ángeles alzaron el vuelo'. La poética del lumpemproletariado

Ir a ver a La Zaranda no es ir al teatro: es aceptar una invitación en la que sales distinto a como entras, aunque no sepas explicar muy bien por qué.

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Carlos Valades | @carlosvalades

Ir a ver a La Zaranda no es ir al teatro: es aceptar una invitación en la que sales distinto a como entras, aunque no sepas explicar muy bien por qué.

Todos los ángeles alzaron el vuelo es exactamente eso: un réquiem escénico sin solemnidad impostada, silencios que dicen más que cualquier parlamento bien proyectado.

La obra se sitúa en un espacio indefinido. Podría ser un asilo, un limbo, una habitación abandonada o la celda de un preso. Los personajes son una muestra quirúrgica de lo mejor de cada casa: dos prostitutas, un loco, un proxeneta y un expresidiario.

El texto, fiel al estilo de Eusebio Calonge, es puro material zarandiano: frases que parecen proverbios rotos, sentencias que suenan bíblicas, pero aterrizan en lo cutre, en lo humano, en lo patéticamente reconocible. El texto otea lo que no sabemos, abre la puerta al misterio. La fe tan viva y la esperanza muerta. Hay un humor que te hace reír y al segundo siguiente te preguntas de qué demonios te estás riendo. Un humor negro, seco, con olor a tiempo perdido. No busca el aplauso fácil, ni al público que va al teatro a dejar el abrigo en el guardarropa.

En La Zaranda los actores no interpretan personajes: habitan ruinas. Cada gesto tiene algo de penitencia, de desgaste, una prueba de haber estado demasiado tiempo viviendo en la universidad de los arrabales. Todo ocurre más en la carne y menos en lo discursivo.

La escenas son pura coreografía, ritmo y compás, palmas y un quejío que te atraviesa. Los personajes interaccionan con violencia verbal, se relacionan a contrapelo, todo es incómodo pero adictivo: el glutamato escénico. El nivel actoral es impresionante y la expresividad, excepcional, destacando corporalmente a Ingrid Magrinyá.

La escenografía, a cargo de Paco de la Zaranda, es tan simple que asusta su efectividad. Una cama de muelles, una silla de ruedas, una caja vacía de refrescos, unas mantas y varios zapatos de tacón son suficientes para que se haga la magia. Podría ser una foto fija del Raval o de Pan Bendito. Todo se mueve en los bordes de la sociedad biempensante. Es en lo chusco, en el mal rollo, en los espacios turbios donde transita la obra. No hay discursos explícitos sobre la vejez, la prostitución o el abandono social, pero todo eso está ahí, filtrándose por las grietas. No es un texto panfletario ni adoctrinador. La obra no te dice qué pensar. Te deja solo con imágenes, con sensaciones, con frases que se quedan resonando mucho después de que se apaguen las luces. No hay moraleja, ni redención.

Todos los ángeles bebe de la misma fuente que la reciente Euforia y desazón. Es un teatro que exige paciencia y una cierta disposición a dejarse afectar sin entenderlo todo, que camina a otro ritmo y que, con una inusitada valentía, recorre esos espacios inexplorados en la previsible cartelera teatral.

La Zaranda vuelve a recordarnos que el escenario puede ser desconcierto, incomodidad, un lugar donde si miras con atención, puedes encontrar belleza en el vertedero, sin edulcorantes ni otros añadidos que modifiquen el verdadero significado de lo que tenemos delante: TEATRO.