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Pablo D. Santonja | @datosantonja
Hubo un tiempo en el que el Circo de los Horrores incomodaba, sacudía y provocaba. PrisionIA, su nuevo espectáculo, parece tomar un rumbo diferente, alejándose de esa vocación inicial. Lo que antes era transgresión ahora se presenta como una propuesta más contenida, que apuesta por reflexiones ya conocidas sobre el uso de las redes sociales o la inteligencia artificial. El planteamiento resulta reconocible, aunque quizá se queda a medio camino y desaprovecha la oportunidad de profundizar en una crítica más afilada o irónica sobre estos fenómenos contemporáneos, como el uso de inteligencia artificial para crear versiones funko pop de cada uno, o la capacidad nula de crítica de los espectadores ante el contenido que consumen, cayendo ante contenido generado por IA y fake news.
El terror, elemento fundacional de la marca, pierde aquí gran parte de su protagonismo. En su lugar, se percibe un claro intento de construir un relato que vertebre el espectáculo. Sin embargo, esa historia no termina de hilvanar con claridad: se insinúa, se fragmenta entre escenas y acaba diluyéndose, dejando una sensación de indefinición narrativa.
El discurso que articula el espectáculo se apoya en mensajes masticados y reflexiones sencillas, pensadas para llegar a un público amplio, sin mucha reflexión crítica
PrisionIA funciona también como carta de presentación de Sara Silva como nueva maestra de ceremonias, un reto que afronta con solemnidad, aunque sin llegar a destacar especialmente. En las cuatro escenas en las que aparece, sus intervenciones se apoyan en frases de tono grandilocuente que buscan impacto, pero que podrían beneficiarse de un mayor desarrollo dramático y de un hilo conductor más claro.
En cuanto a los números, la sensación general es de repetición. Algunos actos recuerdan a propuestas anteriores del propio circo o a fórmulas ya conocidas dentro del género. La puesta en escena tampoco termina de elevar el conjunto: el atrezzo y el vestuario resultan funcionales, pero con poca variedad visual y escasa diferenciación entre personajes. Luego existen ciertas decisiones escénicas que no entendí, como que todos los hombres que actúan en escena se quitaran la camiseta en mitad de sus números.
El discurso que articula el espectáculo se apoya en mensajes masticados y reflexiones sencillas, pensadas para llegar a un público amplio, sin mucha reflexión crítica más allá del post motivacional de Facebook. Esa intención de universalidad hace que algunas ideas resulten previsibles, con un desenlace que vuelve a recurrir al amor como solución última, sin demasiados matices ni riesgos.
Se echa especialmente en falta una mayor presencia del clown, tradicionalmente uno de los elementos más potentes del Circo de los Horrores. Los intentos de humor —como el número de la toalla— no terminan de conectar, y los monólogos optan por un tono prudente que busca no incomodar siendo políticamente correcto, pero que también limita su impacto.
Resulta, cuanto menos, llamativo que uno de los ejes temáticos sea la crítica a la inteligencia artificial, cuando buena parte del apartado visual —desde las proyecciones hasta la cartelería— parece hecha por IA, cosa que te saca un poco de la denuncia.
PrisionIA es, en definitiva, un espectáculo que plantea temas actuales y ambiciosos, pero que se queda en la superficie de sus propias ideas. Una propuesta correcta en lo técnico, pero que deja la sensación de que el Circo de los Horrores podría —y solía— ir mucho más allá. En esta ocasión, el horror cede terreno a una experiencia que resulta más distante que perturbadora.

