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En El único carterista vivo en Nueva York, John Turturro protagoniza una película de aire nostálgico. Su personaje añora los viejos tiempos en que su pericia como ratero de poca monta pasaba desapercibida y le permitía cuidar de una esposa postrada en la cama. Se recorren los distintos barrios neoyorquinos, homenajeando con ello a una ciudad convertida en coprotagonista del relato.
Entre otras cosas, el film enfatiza la brecha generacional impuesta por una implacable digitalización. Las carteras ya no llevan dinero y los relojes únicamente aparentan ser buenos. El dinero se mueve de otro modo y el veterano carterista se ve confrontado con esta nueva realidad al robar un USB al benjamín de una temida familia gansteril.
Se siguen con agrado las desventuras de un personaje que no sabe adaptarse a los nuevos tiempos y se siente fuera de juego, pese a mantener intactas sus habilidades y seguir teniendo mucha inventiva para salir del paso. El diálogo final con la veterana matriarca del clan gansteril no tiene desperdicio, por la solidaridad generacional que testimonia.



