‘Niebla’, esencia de Unamuno
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Carlos Valades | @carlosvalades
Tras Electra y La persistencia, la actriz y directora argentina Fernanda Orazi, se atreve a desmembrar a uno de nuestros autores fundamentales: Miguel de Unamuno. No es una adaptación al uso de un texto narrativo, como estamos acostumbrados a ver en la cartelera madrileña. Orazi lee el clásico, lo reduce a lo fundamental, lo trasquila y le va quitando capas y capas hasta llegar a su verdadero núcleo, quizás al verdadero significado de la nivola.
Todo el texto está recubierto de una pátina surrealista. Para ello recurre a una escenografía y un vestuario de clara inspiración magritteniana, valga la expresión. Tanto es así que Juan Paños parece salir del cuadro “El hijo del hombre”. Mismo traje, mismos colores que los que utilizó el pintor belga. Paños nace en escena al calzarse unos zapatos que están en el centro del escenario. Su inocencia, su extrañeza, es tan verosímil que pronto entramos en su juego. El actor interpreta de manera magistral a Augusto Pérez, el protagonista de la novela/nivola de Unamuno. Como un niño perdido se pregunta qué está haciendo allí, porqué va en determinada dirección o porqué sigue a la bella Eugenia, la impetuosa pianista interpretada por Leticia Etala. Augusto, en su odisea personal, se hace preguntas de tipo existencialista. Duda, sufre e interroga a su perro Orfeo, interpretado por Javier Ballesteros, con el que se sienta a reflexionar bajo un olivo encastrado en una plataforma móvil. Carmen Angulo es Rosario, la empleada encargada de las labores domésticas de nuestro protagonista, la que demuestra un amor más incondicional, sin aristas, por Augusto. También la que más sufre a medida que se va acercando el final. Cierra el elenco Víctor Goti, el mejor amigo de Augusto, interpretado por Pablo Montes.
Es en el resto del elenco, sus salidas y entradas en escena, sus réplicas desde el patio de butacas, donde Augusto encuentra la urdimbre de su razón de ser, el misterio fundamental de su existencia, quizás su misión en la vida… y en la muerte. En esas repeticiones algo forzadas, en las risas impostadas, en la metatreatalidad de la vida, Paños se descubre como ente de ficción rebelándose ante su autor, un Unamuno que somos todos los espectadores.
Orazi ha destilado Niebla, ha jugado a la alquimia, y si algo hay que agradecer a esta directora es su inconformismo y la búsqueda de nuevas formas y lenguajes teatrales, una búsqueda que recuerda a Augusto, ese héroe de ficción en busca de sentido, reivindicando su realidad, renunciando a su finitud y a ser soñado por otros, aunque en esa rebeldía decida quitarse la vida para impedir que el autor siga jugando a ser Dios.