martes. 23.04.2024
Foto: Real Academia de la Historia
Foto: Real Academia de la Historia
  1. Unamuno en el índice
  2. Golpe de Estado de Primo de Rivera
  3. Unamuno al destierro
  4. La intentona del Nobel en 1928
  5. El homenaje de 1934
  6. Asalto frustrado al Premio Nobel de 1935
  7. Unamuno, hereje y maestro de herejías
  8. Otras consideraciones
  9. A modo de colofón

Unamuno en el índice

En 1957, L´Osservatore Romano publicó un Decreto de la Suprema Congregación del santo Oficio incluyendo en el Índice de Libros Prohibidos dos obras de Miguel Unamuno, Del sentimiento trágico de la vida” y La agonía del cristianismo”. Además, se incluían otras doctrinas y costumbres heréticas contenidas en otros libros”. 

La razón de esta censura, según el Vaticano, se debía a que Unamuno se había convertido en un peligro, no por las doctrinas consideradas, sino porque al recibir grandes elogios del mundo intelectual; exaltando su grandeza se lo presentaba como un alto ejemplo en que debieran inspirarse las nuevas generaciones españolas”. 

PROHIBICION

Un pretexto que evidenciaba la nula confianza del Vaticano en la capacidad de su feligresía para afrontar de forma crítica el mensaje supuestamente heterodoxo del escritor vasco. ¿Qué pensaba la Iglesia? ¿Que la población que apenas podía llegar a fin de mes para comer dignamente leía a Unamuno? Se suponía que los lectores de Unamuno eran personas bien formadas y formadas en el nacionalcatolicismo.

Es cierto que en abril de 1956, hubo un II Congreso de las Academias de la Lengua en la Universidad de Salamanca y que en junio y lulio de ese año se organizó un Homenaje de Hispanoamérica a don Miguel de Unamuno, cuyas palabras eran para poner en alerta a toda la teología andante del Vaticano: “En homenaje de acatamiento al pensamiento de España en la persona del hijo que mejor lo representa en el mundo modernoA quien ejerce tan vasto y significativo imperio venimos a rendir nuestro homenaje diciéndole con sus propias palabras: “Llegan a hora a cantar sobre tu tumba -los que al fin dejaron de tenerte” (Cuadernos Hispanoamericanos, núm. 78.79 de 1956).

Un Decreto de la Suprema Congregación del santo Oficio incluyó en el Índice de Libros Prohibidos dos obras de Miguel Unamuno

Una alabanza que estaba en consonancia con lo que ya se había dicho del rector de Salamanca en 1935, al ser propuesto para Nobel de Literatura por la Universidad de Bruselas y el Instituto de Estudios Hispánicos de la Sorbona de París. Entonces, se dijo que lo era por ser uno de los representantes más importantes e interesantes de la espiritualidad y pensamiento españoles”. Y, al parecer, dicha importancia en el terreno espiritual en 1957 no había decaído.

Al contrario de esas instancias universitarias, al Vaticano dicha espiritualidad unamuniana no le parecía trigo limpio, sino todo lo contrario.

Pero en la España de 1957, instalada por la fuerza en el integrismo del nacionalcatolicismo, Unamuno molestaba a la Jerarquía del Vaticano, no solo por sus calvinistas reflexiones sobre la fe y el cristianismo, sino por su defensa del libre ejercicio de la inteligencia y de la razón por encima de cualquier tipo de dogmatismo. Pero no molestaba a la ciudadanía. Tampoco a cierta parte del gobierno franquista, en especial a los falangistas que, como muestra la correspondencia de algunos de ellos, Laín Entralgo, Castiella, mostraría absoluta perplejidad ante la consideración de Unamuno como hereje.

En cambio, para la obispada en general, Unamuno, también, Baroja eran “peligros graves para una conciencia católica y cómo forman parte de los que señalaba el Cardenal Primado entre los “falsos ídolos del pensamiento moderno” y “cuya contrafigura era Marcelino Menéndez y Pelayo” (Diario de Navarra, 2.8.1956).

Unamuno molestaba a la Jerarquía del Vaticano, no solo por sus calvinistas reflexiones sobre la fe y el cristianismo, sino por su defensa del libre ejercicio de la inteligencia

Veamos algunos hitos de este hecho que tanta repercusión tuvo en España y fuera de ella.

Golpe de Estado de Primo de Rivera

Parece pertinente sugerir que, en el caso de Unamuno, no se sabe bien si fue el contenido del Manifiesto del 12 de septiembre de 1923, por el que Primo de Rivera declaró su golpe de Estado, quien soliviantó mucho más a Unamuno que la misma Dictadura. Conociendo su traqueteo mental, bien pudo haber aceptado dicho Pronunciamiento militar, a regañadientes, sí, pero aceptado. Lo que rebasó el vaso de su pensamiento fue que el Manifiesto atentase contra la dignidad de la persona en su aspecto que lo hace más noble: el cultivo de la razón como fuente legitimadora de la conducta civil. 

Quienes se habían pronunciado eran militares “descabezados”, que habían sustituido el ejercicio de la razón por la fuerza o, dicho, más plásticamente “por los cojones”, con perdón. El Manifiesto, reproducido por los periódicos, lo decía claramente: “Este movimiento es de hombres: el que no sienta la masculinidad completamente caracterizada, que espere en un rincón, sin perturbar los días buenos que para la patria preparamos. Españoles: ¡Viva España y viva el Rey!”(Abc, 14.IX.1923).

¡Ah, caramba! ¡Qué sería de los militares sin esa masculinidad completamente caracterizada! La cosa iba de a ver quien tenía las bolsas seminales mejor puestas a la hora de amar la Patria y al Rey. Esa apelación a la testosterona sacó de sus casillas racionales a Unamuno y no dejó de ridiculizarla una y otra vez. 

El periódico La Tribuna recogería la arenga que Unamuno había dirigido a su alumnado en el comienzo de curso de 1923-1924: “Proclamad que no hay valor, ni energía, ni voluntad, ni patriotismo sin inteligencia, Es la inteligencia lo que ha de salvar a la patria. Porque la voluntad, que es racional, es inteligencia. Y es humana. Humana y no varonil No solo el varón tiene voluntad, ni solo tiene inteligencia. Ni la voluntad ni la inteligencia son cosas masculinas. Están por encima de las groserías del sexo” (La Tribuna, 30.9.1923).

“Proclamad que no hay valor, ni energía, ni voluntad, ni patriotismo sin inteligencia, Es la inteligencia lo que ha de salvar a la patria”

En otro artículo, publicado en El Liberal, decía que llevaba treinta y dos años “aprendiendo y enseñando que es la inteligencia, que es la razón, la que salva a los hombres” y, refiriéndose a la situación provocada por el pronunciamiento de Barcelona añadía: “Ahora, en momentos críticos para el porvenir de la civilización española, en momentos en que han de marcar uno de los hitos de nuestra historia, volvemos a afirmar el valor de la inteligencia. No hay valor sin inteligencia”.

Consideraba que, por encima de todo, su trabajo era seguir enseñando mediante “un magisterio que no es, que no puede ser, dogmático; tiene que ser crítico. Dictar normas es engañar al prójimo. Dictar normas es matar la libertad de la inteligencia, porque la inteligencia es libertad. Entender es lo único que liberta. La obediencia ciega, propia de esclavo, no es de hombres” (El Liberal, 3.10.1924).

El contenido y tono de estas reflexiones de Unamuno eran las habituales de su pensamiento. Y nunca hubiera sido desterrado por afirmarlas en la cátedra o en los periódicos liberales de la época. Había que ser muy obtuso para no aceptarlas. Y, de hecho, mientras Unamuno se mantuvo en los herrajes de este tono y contenido reflexivos no hubo problema con la autoridad gubernamental. Lo que llevó a Unamuno a la perdición fue la carta que envió en el mes de noviembre de 1923 al periódico bonaerense Nosotros y publicada en diciembre de 1923. Contenía una buena ración de descalificaciones personales de Primo de Rivera y Orbajena que Unamuno, conociendo la falta de libertad de expresión del momento, debió guardárselas por prudencia en la recámara para mejor ocasión. Pero no lo hizo. Unamuno reconoció posteriormente, en 1928, que el Manifiesto lo “leyó con asco” y de él nacieron los improperios que endilgó a Primo de Rivera. Claro que este no se había andado con delicadeza alguna hablando del rector de Salamanca. Como recordaría posteriormente La Voz, el dictador dijo; “Para mí, Unamuno no es sabio, ni nada que se le parezca, y de ello estamos convencido en España, donde haca falta quitarle la careta” (28.9.1934). Lo que viniendo de un militar tampoco era para cabrearse.

Fue el embajador de España en Buenos Aires quien remitió al Directorio esa maldita carta. En ella, Unamuno, no solo reflexionaba sobre el valor de la inteligencia, sino que vapuleaba sin piedad la persona de Rivera, a quien, dicho de pasada, desde antes del golpe no le guardaba simpatía alguna. En años anteriores, ya lo había calificado como “chulesco gobernador militar de Valencia”. 

Unamuno reconoció posteriormente, en 1928, que el Manifiesto lo “lleyó con asco” y de él nacieron los improperios que endilgó a Primo de Rivera

De las lindezas que Unamuno le dedicaba en la carta, rescato las líneas que pusieron a Primo en estado catatónico: “En aquel hediondo regüeldo que soltó́ de la sobreabundancia de un bilioso asiento Primo y que es su manifiesto prehistórico del 13 de septiembre de 1923, aquel en que barbotaba su masculinidad, barbotaba también la moral -¡moral!- de su profesión y de su casta”.

Rivera no lo dudó. Unamuno fue acusado por injurias y condenado al destierro.

Unamuno al destierro

ADELANTO 22.2.1924. UNAMUNO DESPEDIDA_665

El periódico de Salamanca, El Adelanto, publicó la noticia con este titular: “Don Miguel de Unamuno, desterrado y destituido de su cátedra” (29.2.1924). Añadía que, también, lo había sido Rodrigo Soriano, político y periodista republicano. Al mismo tiempo se clausuraba el Ateneo de Madrid, “nido de librepensadores”. 

El Adelanto, entonces periódico liberal -tras el golpe apoyará el franquismo-, sostuvo que “el destierro del sr. Unamuno se justifica por sus constantes campañas, que se califican de disolventes”. La noticia la expuso al público en el encerado del periódico en la Plaza Mayor de la ciudad “siendo leído con avidez, causando la natural impresión, pues aparte criterios y doctrinas del sr. Unamuno cuenta éste en Salamanca con grandes afectos y nutrido grupo de admiradores”. (El Adelanto, 22.2.1924). 

Unamuno comentaría que él no había recibido la notificación de su destierro y que si la pena que, se le imponía era la del destierro, “marcharía primeramente a Coimbra (Portugal) y luego adelantaría los viajes en proyecto que tiene a Italia y Buenos aires”. Declaración que puso en bandeja a las derechas motivos más que suficientes para hacerle unos buenos trajes. Aquello, con semejante plan, más que un destierro, era un viaje de placer, de turismo.

Los periódicos de derechas entraron a degüello. El Debate juzgó como “justo y popular el acto del Directorio deportando a Unamuno y a Rodrigo Soriano. El Directorio puede estar satisfecho de haber cumplido su deber, pues ha rendido un buen servicio a la disciplina social. La vida de Unamuno fue de completa rebelión contra el Rey”. Además, recordaría los contenidos de la carta publicada por Unamuno en el periódico Nosotros “en el cual se vierten conceptos de idiota plebeyez y se insulta a España presentándola al extranjero como un foco infecto. Ningún pedagogo, nadie confunde las prerrogativas del Magisterio con la licencia de libre circulación a través de los códigos. La opinión le seguirá en todas las medidas que tiendan al mantenimiento del orden y de la paz social. El Directorio nada tiene que temer de actos como el destierro de Unamuno y Soriano”. 

Y aclaraba: “El Gobierno no ha desterrado al catedrático, ha desterrado a un libelista de una Universidad española, que se presta a servir de instrumento de motín” (El Debate, 23.2.1924).

Garcilaso, alias del director de Diario de Navarra, Raimundo García, defensor a ultranza del Directorio, de la Censura y enemigo declarado de Unamuno desde siempre, diría que aquello no era ni un castigo, ni un destierro, sino una “leve molestia de ir a vivir una temporada a Fuerteventura”. Solo le faltó añadir que se trataba de pasar “una temporada de vacaciones pagadas por el erario” . He aquí el fragmento:

“¿Caído el señor Unamuno? ¿Cree El Liberal que el señor Unamuno está caído e indefenso por el castigo que le ha impuesto el Directorio? El escrito que le ha ocasionado la leve molestia de ir a vivir una temporada en Fuerteventura, es un escrito tabernario y soez, una sarta de hediondas palabrotas y de insultos impropios, no ya de un catedrático sino del más rudo gañán habituado al trato con la dula”. El Liberal ha escogido la peor ocasión para pedir respeto hacia un señor que después de todo se pasa la vida faltando a todos los respetos” (Diario de Navarra, 27.2.1924).

AHORA 30.9.1934 UNAMUNO EN HENDAYA_250

Por parte del sector de izquierdas, se sucedieron distintas peticiones públicas pidiendo el indulto, aunque en algunos lugares los gobernadores intentaron frenarlas. En Vizcaya, el Gobernador civil, general Echagüe, destituiría al concejal del ayuntamiento de Bilbao, don José San Pedro Inchauspe, por “la forma incorrecta e insidiosa en que pidió el indulto de Unamuno en la sesión que ayer celebró el Ayuntamiento. En la Diputación, se presentó una proposición por el diputado Ercoreca pidiendo que la Diputación se interese por el indulto de Unamuno” (Diario, 24.2.1923).

En marzo fue El Liberal quien lo pidió con estas palabras: “General, España necesita que se levante el castigo impuesto a don Miguel Unamuno. Se trata simplemente de declarar ante el mundo que en esta Patria nuestra en medio de las luchas inevitables para su renovación política se rinde el mismo tributo que en los demás pueblos cultos y sin excitaciones ajenas, a los derechos de la inteligencia, reparando a tiempo los agravios que la pasión de la contienda pudo causar sin querer”.

Y, nuevamente, la derecha saldría al paso de esta petición: “El Liberal ha pedido al General Rivera el indulto del señor Unamuno Todo movimiento de piedad, todo impuso generoso hacia el perdón es respetable. Acerca pues de la petición de indulto no hay nada que decir a El Liberal. Lo que no es respetable, lo que no puede pasar sin comentario es la base en que fundamenta el Liberal su petición de indulto. Sabe perfectamente el periódico citado que el escrito por el cual ha sido castigado el señor Unamuno es un insulto grosero impropio de una inteligencia sana y de una pluma que exige respeto para el pensamiento que la guía” (Diario de Navarra, 6.3.1924).

Y en un tono más que elevado, afrentoso, añadirá: “No hay tal necesidad de que se levante el castigo, ni se trata de un atentado contra los derechos de la inteligencia, ni es prudente ni admisible que se trate de situar este asunto más allá de las fronteras para vestir un nuevo monigote con el caprichoso ropaje del supuesto verdugo del pensamiento a fin de que se nos afrente. El General Primo de Rivera ha salido al paso de esa maquinación que recuerda una de las campañas más infames de cuantas se han realizado por los enemigos de España. ¿De dónde, ni por dónde puede colegirse que las soeces palabrotas escritas por el señor Unamuno son un producto de la inteligencia? ¿A que no las suscribe ningún claustro de Profesores de España ni del Extranjero? Solo se trata del mal genio y de la grosería de un escritor? Y como ciudadano, como funcionario, como hombre de inteligencia -cuanta más se le atribuya, peor está lo que hizo-. No puede hacer esas cosas el señor Unamuno; ni nadie”.

Por parte del sector de izquierdas, se sucedieron distintas peticiones públicas pidiendo el indulto, aunque en algunos lugares los gobernadores intentaron frenarlas

El DebateEl Siglo FuturoEl UniversalDiario de Navarra redujeron las protestas contra el destierro a “cinco o seis chispazos de protesta contra la campaña tendenciosa del señor Unamuno y felicitan al Directorio por su patriótica labor rogándole persista virilmente contra los difamadores y enemigos de la Patria” (Diario de Navarra, 19.3.1924).

Lo contrario harían los periódicos liberalesEl Liberal informaba que “la juventud socialista ha enviado un escrito al alcalde oponiéndose a que prosperen los deseos de la Juventud Monárquica que pretende que desaparezca el nombre de Unamuno, de la calle y Biblioteca que así se denominan” (El Liberal, 25.12.1924).

La noticia del destierro de Unamuno también transcendió más allá de los Pirineos. El periódico francés Le Quotidien -su director era M. Dumay amigo de Unamuno-, había publicado una carta de Primo de Rivera donde refutaba lo que, según el dictador, Unamuno venía diciendo acerca de lo que estaba sucediendo en España, en Marruecos, con la familia real, etcétera (Diario de Navarra, 27.8.1924). 

Le Quotidien era, según las derechas, la tribuna que el radicalismo francés ofrecía al señor Unamuno para hostilizar a la Monarquía española y maltratar a las personas de la familia real. Por esa razón, aplaudirían la decisión del Directorio para, no solo prohibir, sino evitar la entrada de dicho periódico en España” (Diario de Navarra. 4.9.1924).

A su vuelta a Salamanca, sería recibido como un héroe nacional

Unamuno llegó a Fuerteventura el 12 de marzo de 1924. El 9 de julio en el bergantín-goleta “L´Aiglon”, rebautizado como Libertad, viajará con Rodrigo Soriano, a las Palmas, que es cuando se entera de que Rivera ha decretado su libertad, pero no la restitución de la plaza de catedrático. Se exilia voluntariamente a Francia. El 21 de julio en el vapor holandés Zeelandia viaja hacia Lisboa con destino al puerto francés de Cherburgo. Permanecerá en Paris hasta 1930. A su vuelta a Salamanca, sería recibido como un héroe nacional.

La intentona del Nobel en 1928

En 1928, hubo un conato de presentar la candidatura de Unamuno al Premio Nobel de literatura. Obviamente, no tenía ninguna posibilidad de éxito. Unamuno se había opuesto frontalmente a la Dictadura y ni siquiera se encontraba en España cuando se oyeron algunas voces que postulaban su nombre para dicho premio. En cualquier caso, de haber prosperado, el Directorio la habría frustrado. 

Los rumores empezaron en mayo de 1927. El periódico madrileño La Voz se preguntaba cuál de los escritores de renombre entonces en España podría ser elegido como candidato a dicho galardón. Sonaron Valle Inclán, Blasco Ibáñez, Marquina y Unamuno y “a cuantos en la literatura vigente, frente o fuera de la Academia alzan con letras y ensueños los castillos de naipes del idealismo” (La Voz, 10.5.1927). 

Desde luego, ni Unamuno ni Blasco Ibáñez tenían posibilidad alguna, sabiendo que el gobierno de la nación había de filtrar negativamente su candidatura. Diario de Navarra, por poner un ejemplo, tenía atravesado al escritor desde principios de siglo. En 1906, lo había calificado como “escritorzuelo, modernista, excéntrico y lleno de extravagancias lunáticas”, añadiendo que es “matador de la sintaxis, descabellador del sentido común, del buen gusto, de la cultura legítima y puntillero de muchas cosas buenas” (Diario de Navarra.13.7.1906). 

En octubre de 1924, el ultra católico Miguel Peñaflor, en un artículo titulado “Unamuno o la envidia y sus émulos portugueses”, dirá que “Unamuno tiene indiscutiblemente potencia intelectual (…), pero la característica de él es la hostilidad a todo lo que sobresale, a todo lo que brilla, a todo lo que en algún sentido se destaca en la planicie monótona y gris del desierto o en la vulgaridad de la vida. No hay personaje moderno ni antiguo que haya valido algo o que tenga valimiento a los ojos de sus contemporáneos, o según el juicio de la historia, que no haya merecido las diatribas del señor Unamuno: es que señorea en absoluto su alma en pecado que responde principalmente al odio negro y secreto de la impotencia, que es la envidia” (Diario de Navarra, 3.10.1924). 

Unamuno, no solo era un pésimo escritor, sino un “orate de la revolución” y un impresentable especialista en “verter mentiras afrentosas sobre España” (26.11.1924). 

Luis Tapia, en La Libertad, observaba que veía “con tristeza que el Premio Nobel no se lo darían a ninguno de ellos, aunque los más bullangueros habían sido los seguidores de Armando Palacio Valdés” (La Voz, 1.11.1927).

Ni Unamuno ni Blasco Ibáñez tenían posibilidad alguna, sabiendo que el gobierno de la nación había de filtrar negativamente su candidatura

En el periódico La Voz se hacía esta consideración bien pertinente: “Unamuno, en quien los escandinavos pueden ver, aparte de otros títulos literarios un Kierkegaard español, tiene todo el corte de un Premio Nobel, es decir, la moral del empleo. No es mérito lo que le falta, sino circulación extranjera; pero ya va empezando a ser traducido” (14.11.1927).

Pero no hubo manera. 

El homenaje de 1934

Al cumplir los 70 años, se le rindió un homenaje como pocas veces en España se había hecho a un escritor. Un comité del Ayuntamiento de Salamanca se encargó de hacerle los honores con motivo de su jubilación. En él participaría el gobierno republicano en pleno, la mayoría de sus ministros y el Presidente de la República, Niceto Alcalá Zamora. Sería nombrado rector vitalicio de la Universidad de Salamanca, creando un cátedra llamada Cátedra de Unamuno, “en la cual el excelso profesor explicará las disciplinas que estime oportunas en los días y horas que él mismo señale”.

La Diputación de Vizcaya “acordaría poner el nombre de Unamuno al Instituto Nacional de Bilbao”. (El Adelanto,15.9.1934). 

Los festejos jubilares tuvieron lugar los días 29 y 30 de septiembre. Unamuno daría su última lección de su carrera ante Alcalá Zamora (El Adelanto, 18.9.1934).

El escultor Victorio Macho esculpió en bronce y mármol la figura de Unamuno, la cual, sobre un plinto de granito, decoraría la monumental escalera del Palacio de Anaya e instalada en la Facultad de Letras.

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El periódico La Libertad publicó íntegramente dicho decreto:

La importancia del acto fue de tales dimensiones que el Gobierno aplazó el comienzo del curso académico en las universidades españolas para que los catedráticos de España asistieran al homenaje. Se hizo una suscripción económica a favor de Unamuno y se anunció una edición de sus obras completas (El Adelanto, 25.9.1934).

Se hizo una suscripción económica a favor de Unamuno y se anunció una edición de sus obras completas

Como era preceptivo, las alabanzas al homenajeado tuvieron un tono más que elevado: “Unamuno, espejo de vida ciudadana, ejemplo y modelo de profesores, guía luminoso de la intelectualidad española, trabajador infatigable de la enseñanza, perteneciente a la estirpe intelectual más escogida y valorada”.

En el homenaje, “se premia una vida, una obra, una cultura, un talento, una escuela, una conducta. Ha llegado a sus setenta años con el mismo vigor intelectual y la misma alma creadora que forjaron y cincelaron páginas tan importantes como las de El sentimiento trágico de la vida. Nada pesan, ni nada cuentan en este homenaje sus escarceos de hombre político” (El Adelanto, 26.9.1934). 

Hubo discursos del Presidente Alcalá Zamora, de distintas personalidades y, obviamente, de Unamuno. Conmovido y emocionado dijo: “Aquí vine después de la vida de destierro y no olvidaré aquel entusiasmo del alma salamantina, que me recibió con regocijo inmenso y alegría porque retornaba a su casa. No olvidaré tampoco el día de la proclamación de la República y no puedo olvidar en aquel solemne y augusto momento cuando hicimos la proclamación en esa plaza que parecía un escenario de la civilidad salmantina y de la emancipación del espíritu de este pueblo dentro de la civilidad que traía la democracia republicana” (El Adelanto, 30.9.1934).

Y se aprovecharon estos días para recordar que el Premio Nobel de Literatura de 1935 “miraba hacia España” y que no podía perderse la excepcional ocasión de solicitarlo para Unamuno”. El primero en recordarlo fue un tal Fra Presto en El Adelanto que ziriqueará a la Universidad de Salamanca por su indolencia: “Basta ya, ¡Universidad de Salamanca! Toma a tu cargo dirigir los anhelos que sentimos tantos españoles de que sea otorgado el Premio Nobel a Miguel de Unamuno y, si entre tus maestros hay un hermano enemigo, que sea él quien lleve al viento el airón de los que recorriendo la ciudad fijaremos en sus muro un nuevo víctor: ¡A Unamuno, por España y por la Patria mayor! (El Adelanto, 23,9,1934). 

Los periódicos y semanarios gráficos publicaron páginas enteras describiendo la vida y milagros del homenajeado. He aquí algunas de ella recogidas en AhoraEstampa, Crónica, y Mundo Gráfico.

LALIBERTAD 30.9.1934 HOMENAJE

Asalto frustrado al Premio Nobel de 1935

Iniciado el año de 1935, los periódicos La Libertad y El Heraldo de Madrid daban la noticia de la petición de la facultad de Letras de la Universidad de Bruselas del Premio Nobel de Literatura para Unamuno, “nuestro insuperable escritor que no lo ha obtenido todavía, mereciéndolo desde hace tiempo como pudiera tener derecho a él quien lo haya ganado con más justicia”. 

La Voz anunciaba que “en Bélgica y Francia se pide el premio Nobel para Unamuno. El hecho nos produce noble satisfacción. En estas columnas, fuimos los primeros en lamentar que el galardón otorgado por la Academia de Estocolmo fuese a buscar por segunda vez a Pirandello, mientras pasaba de largo ante figuras tan universales como la de D. Miguel de Unamuno. No queremos caer en ciertos nacionalismos que nos parecen funestos, sino porque considerábamos injusta la reiteración, que dejaba desairados a otros candidatos que no eran menos dignos de aquel honor. Muy pronto, y por fortuna, ha venido de fuera de España una corriente de opinión a colocar de nuevo a D. Miguel de Unamuno en primer término como candidato al Premio Nobel”. 

Luego, se preguntaba: “¿Se le otorgará ahora? Suceda lo que suceda ya es muy honroso para España que esas naciones de tan elevado nivel cultural como Francia y Bélgica, el nombre de un escritor español sea llevado como una bandera”.

Terminaba su arenga con estas matizaciones bien oportunas: “Don Miguel de Unamuno, ciudadano de España, no tiene detrás, como candidato al Premio Nobel, cañones ni acorazados. Pero ¡cuántas naciones con cañones y acorazados quisieran para sí a D. Miguel! Don Miguel, paladín de la inteligencia, pensamiento y sentimiento en ejercicio perenne, hará honor al glorioso premio, si le es concedido, del mismo modo que honra a las letras españolas, y con premios o sin ellos, honrará a su país en el recuerdo de las generaciones futuras” (La Voz, 18.1.1935).

“Es muy honroso para España que esas naciones de tan elevado nivel cultural como Francia y Bélgica, el nombre de un escritor español sea llevado como una bandera”

Posteriormente, el Claustro universitario de Salamanca, presidido por el vicerrector Esteban Madruga, “ha conocido una solicitud de la Facultad de Letras recabando el Premio Nobel para don Miguel de Unamuno”. En consecuencia, “acordó apoyar la petición y comunicarlo a todas las facultades de España para que adopten igual acuerdo, así como mostrar su agradecimiento a Bruselas y al centro hispano de París por el acuerdo adoptado”. Noticia que, además de los periódicos madrileños y salmantinos liberales, recogería Diario de Navarra, sin ningún tipo de comentario, ni benévolo ni malévolo (26.1.1935).

Pero, si en 1928 fue la Dictadura de Primo de Rivera la causa por la que Unamuno no figuraría ni como candidato, en 1935 la responsabilidad de hundir su candidatura recayó en Hitler. Puede resultar extraña echar la culpa a Hitler, pero en el documental “Palabras para un fin del mundo”, elaborado por Manuel Menchón, se cuenta la existencia de un archivo del Ministerio de Exteriores alemán, donde un documento contaba una operación ordenada por el III Reich para impedir que Unamuno ganara dicho galardón. Tal oposición no era extraña. Unamuno fue siempre un antifascista.. Y, también, un antinazi radical. A Hitler lo había llamado "deficiente mental y espiritual". Es lógico, pues, que en el documental aludido se refleje que “Alemania debe negarse a apoyar la solicitud del Premio Nobel de Unamuno por motivos nacionales y político-culturales". En definitiva, para el nazismo Unamuno “se había convertido en el portavoz espiritual contra Alemania en los círculos intelectuales de España".

Recuérdese el manifiesto que en 1933 firmó Miguel de Unamuno, Marañón junto con Jiménez de Azúa y Recaséns Siches condenando a Hitler y al nazismo, hablando explícitamente de la peste del “fascismo hitlerista”. Estas fueron algunas de sus palabras más elocuentes: “Tras la toma del poder por el fascismo alemán que había colocado a Europa bajo el látigo de aventureros y de agentes sin escrúpulos al servicio de la industria pesada que preparar la guerra (…). El dominio fascista en Alemania es sinónimo del retorno a la barbarie. Quienes firman el presente manifiesto creen que debe formarse en España un Comité de intelectuales conscientes, capaces de comprender la amenaza que representa para el progreso el movimiento hitlerista, y dispuestos a una colaboración eficaz de acuerdo con los Comités de lucha antifascista y de ayuda a las víctimas del terror nazi que se han formado en otros países”.

El panorama que ofrecían estos intelectuales de la Alemania nazi era una denuncia completa: “De un lado, las prisiones llenas, los campos de concentración, las cámaras de suplicio en los cuarteles privados de los nazis, el asedio a las organizaciones obreras; de otro, la vida cultura detenida” (El Sol, 10.6.1933). 

La Academia Sueca en 2001 “desclasificó” las deliberaciones del Nobel a lo largo de la historia publicando un libro donde se recoge la enorme adhesión que había despertado Unamuno entre universidades y personalidades del mundo y el estatus que le concedía la Academia: "Quizás sea el personaje más importante de la literatura española contemporánea". Pero, tampoco, conviene olvidar que la Academia sueca ha sido siempre muy voluble y caprichosa, dejándose llevar por influencias ajenas al valor literario de la obra que premia. A Borges no lo premiaron por sostener ideas tan sublimes como que “la democracia es un exceso de estadística”. Y Graham Greene no lo obtuvo por “mantener relaciones” con la mujer del secretario de la Academia. 

Unamuno, aunque no se hizo con el Nobel de 1935, tampoco, lo perdió ante otro candidato. El premio quedó desierto

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Unamuno, aunque no se hizo con el Nobel de 1935, tampoco, lo perdió ante otro candidato. El premio quedó desierto. Y ojo, Unamuno competía con Chesterton y Valéry. Al año siguiente, Unamuno volvió a figurar en otra lista de candidatos, pero su apoyo al alzamiento alejó definitivamente sus posibilidades. Demasiado delito.

De hecho, el Gobierno Republicano lo destituyó de todos sus cargos y nombramientos realizados en 1934, aunque pronto la Junta de Defensa Nacional golpista se los restituyó. Lógico. Unamuno, para escándalo de las izquierdas, había apoyado a Franco, aunque, cabe señalar que ya en 1935 recibió a José Antonio Primo de Rivera en su casa y asistió al mitin de la Falange del 19 de mayo de 1935. La honorabilidad de Unamuno cayó en picado en el ámbito político y cultural de las izquierdas.

Para colmo, a partir del golpe de Estado, las derechas de Salamanca lo amarraron a su Glorioso Movimiento Nacional de mierda nombrándolo edil del Ayuntamiento fascista. Hay ingenuos que se preguntan por qué lo hizo. Pues para salvar el pellejo, porque, de no haberlo hecho, lo habrían llevado al paredón como hicieron con unos cuantos amigos suyos. En una fotografía publicada por El Adelanto -periódico que, también, prestó su incondicional apoyo al golpe a pesar de su cacareo liberal y democrático-, aparece junto con sus compañeros del municipio, donde apenas se le reconoce. 

La honorabilidad de Unamuno cayó en picado en el ámbito político y cultural de las izquierdas

EL ADELANTO 30.7.1936. UNAMUNO MUNICIPIO

Como edil se le nombró presidente de la Comisión de Instrucción Pública.

Durante meses, el periódico El Adelanto publicó la lista de suscripciones abiertas que la ciudadanía de Salamanca venía entregando para el ejército golpista. Al igual que su amigo, el vicerrector Esteban Madruga Jiménez, que entregó 7000 pesetas para ese ejército, Unamuno lo hizo con 5000 pesetas.

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EL ADELANTO. 11.8.1936 DONATIVO

Finalmente, Unamuno recuperará el aliento y se reconciliará consigo mismo el día 12 de octubre de 1936, día de la Raza, rebelándose contra el energúmeno Millán Astray y defendiendo lo que siempre había hecho: la inteligencia, ese jardín solitario donde solo puede brillar la defensa de la dignidad. 

Murió el 31 de diciembre de 1936.

Unamuno, hereje y maestro de herejías

Y la Iglesia, ¿cómo se tomó la figura de Unamuno? 

El vendaval inquisitorial de la Iglesia contra Unamuno tomó cuerpo institucional precisamente en 1934 cuando su figura era jaleada en España por incluso un gobierno republicano de derechas y el presidente de la República, cuyo catolicismo era notorio.

Hay que señalar que en esta persecución eclesial, pocos obispos de España se libraron de caer en el dudoso gusto censor de condenarlo mediante el acomodo de una pastoral. 

En 1934, Rafael García, obispo de Granada, sostuvo que Unamuno erró siempre y nunca encontró el camino”. Añadía que había medio Unamuno que es magnífico, pero está negado por el otro medio que es pedestre”. 

En 1938, Pla y Deniel, obispo de Salamanca y futuro primado de España, en la pastoral Los delitos del pensamiento y los falsos ídolos intelectuales” lo calificó de hereje máximo y maestro de herejes”. 

Unamuno recuperará el aliento y se reconciliará consigo mismo el día 12 de octubre de 1936, día de la Raza, rebelándose contra el energúmeno Millán Astray

Extraño juicio, si se tiene en cuenta que ambos sujetos habían mantenido amistosas relaciones desde que Pla fuera nombrado obispo de Salamanca en enero de 1935. Unamuno había muerto en 1936 y ya no podía defenderse de tal puñalada trapera. Para colmo, Unamuno había alabado ciertas pastorales de Su Menudencia”, como así llamaban al obispo por su estatura. 

El 19 de septiembre 1953, el guipuzcoano Antonio Pildain, natural de Lezo, publicó siendo obispo de Canarias, una violenta pastoral -D. Miguel de Unamuno, hereje y maestro de herejías”- motejándolo de modernista y luterano” y traidor intelectual”, pues había utilizado su razón para atacar el dogma católico. 

Con motivo de la celebración del séptimo centenario de la fundación de la Universidad, y con el fin de que tal celebración no se llevase a cabo, Pildain dijo que “no hay en España en los tiempos modernos ningún otro escritor que, continuando en llamarse cristiano de continuo, haya no solo puesto en duda, sino negado pertinazmente tantos dogmas y enseñado tantas herejías como don Miguel de Unamuno pues se dedicó a negar y renegar con plena conciencia y contumacia casi todos y cada uno de los dogmas más básicos del catolicismo”. 

Al mismo tiempo, recordaba el decreto de 1942 del obispo de Salamanca, donde se prohibían las lecturas unamunianas. En la revista Ecclesia del 3 de octubre de 1954, núm., 638, se reprodujo su texto, lo que daba a entender que la unanimidad en este campo entre el episcopado era absoluta. De hecho, no hubo ningún obispo que saliera en defensa de Unamuno. Paradójicamente, sí lo hicieron los jesuitas franceses de la revista Études. Y tiene su retranca el hecho si recordamos que Unamuno, en su libro La agonía del cristianismo, había llamado a los jesuitas como “los degenerados hijos de Iñigo de Loyola”.

El catálogo de herejías señalado por Pildain lo utilizó Roma en su decreto de 1957. Pildain. A propósito del personaje, recordaré que Pildain en 1931 siendo canónigo fue elegido Diputado a Cortes por la Minoría Vasco-Navarra e integrista. Sobre el Estatuto de Autonomía dijo entonces que vamos a pedirlo en nombre de la libertad vasca, en nombre de la libertad de Euzkadi, que está por encima de los Parlamentos de todos los Estados y de todas las Constituciones española y no españolas, habidas y por haber”. Un personaje de cuidado. Fernando Castiella, siendo embajador en Roma en 1957, lo recordaría como “campeón de los democristianos separatistas vascos”, aludiendo precisamente a sus relaciones políticas durante la República.

El obispo de Teruel, León Villuendas Polo, franquista acérrimo, arremetió contra Unamuno en 1953, tanto en el Boletín de la Diócesis como en el diario local de la ciudad, Lucha, con un texto titulado “La Notificación”. Sostenía que España no necesitaba para nada la inteligencia de los Machado y los Unamuno, “unos hombres de los cuales poco o nada podemos aprender. ¡Pobre educación nacional si volviese a caer bajo su dirección”.

En diciembre de 1953, Jesús Mérida, obispo de Astorga, en su extensa pastoral La restauración cristiana de la cultura” lo calificó de luterano racionalista”. El obispo no entendía que “la provisión de cátedras de las universidades fueran designadas personas que no acreditasen su capacidad científica y la condición religiosa. Pensamientos mezclados con errores y, a veces, calumnias contra la religión e inmoralidades por lo que no pueden leerse sin prevención ni dirección tales escritos. Unamuno no es recomendable a los jóvenes universitarios”.

El obispo de Teruel sostenía que España no necesitaba para nada la inteligencia de los Machado y los Unamuno, “unos hombres de los cuales poco o nada podemos aprender”

A ello, se le sumarían dos descalificaciones más. Una de Albino González Menéndez-Reigada, obispo de Córdoba, quien, curiosamente, había sido alumno de Unamuno. Publicaría un artículo en El Español, órgano del Ministerio de Información y Turismo, titulado “En torno a Unamuno, la persona y la obra”. Lo calificaría como masoquista torturante” y enfermo de megalomanía”.

Otra del obispo Zacarías Vizcarra y Arana, de Abadiano, quien presentó a su paisano como Peligro para el bien común” (Ecclesia, 20.2.1954). 

Todos esos textos serían publicados por un Boletín de la ACNdP, Asociación Católica Nacional de Propagandistas, el 15 de mayo y 15 de junio de 1954, y que el Vaticano en 1957 utilizaría como argumentos definitivos para poner en el Índice la obra de Unamuno

En cuanto al dictamen del Índice, no hubo periódico que no lo comentara. Abc, lo haría en dos artículos -“Dos obras de Unamuno, en el Índice” y “Misericordia”-, y que provocó la respuesta crítica de Libertad (2.2.1957), periódico falangista, fundado por Onésimo Redondo. 

El periódico Ya no era viejo en estas lides. Ya en 1954 Bartolomé Mostaza cuestionaba que Unamuno fuese filósofo, y que como guía, caso de serlo, era un pésimo guía” (18.2.1954). Así que en 1957 aprovechó la ocasión para soltar: “Quizá ningún escritor español, desde Prisciliano a nuestros días, ha hecho tantas declaraciones de heterodoxia en lo doctrinal, ni contra tal número de dogmas, ni con tano énfasis expresivo, ni con mayores incongruencias como Miguel de Unamuno. Ninguno quizás ha mostrado, por otra pare tan a las claras, la angustia de un alma que sentí irreprimible, de manera constante, el ansia de inmortalidad y el hambre de una auténtica verdad de salvación” también daba la noticia” (1.2.1957).

Todas las derechas se posicionaron mayoritariamente con la Jerarquía eclesiástica y así lo manifestaron públicamente. Pero, dada la intrínseca hipocresía de su ideario, quienes se movían en el mundo de la falange sí mostraron sus discrepancias en la intimidad. Ahí podían estar Tovar, Laín Entralgo, Castiella etcétera. De puertas afuera, sumisión total ante la autoridad de la Iglesia; de puertas adentro, críticos.

“Quizá ningún escritor español, desde Prisciliano a nuestros días, ha hecho tantas declaraciones de heterodoxia en lo doctrinal, ni contra tal número de dogmas”

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Lógico. La condena de Unamuno tenía efectos colaterales difíciles de controlar. Las obras de Unamuno se habían publicado libremente y sin problema alguno hasta la fecha, no solo en España. Consideraban que, al permitir esa circulación de los libros de Unamuno en España, “estaba demostrando al extranjero que el Estado español no era tan hermético ni tan intransigente con ciertos valores como las propagandas enemigas hacían suponer”. Incluso, Castiella, entonces embajador de España en Roma, añadía que “el hecho mismo de la condena y, sobre todo, las consideraciones que la acompañan en la primera página de L´Osservatore Romano no parece que hayan tenido lugar en el momento más oportuno y en las más adecuadas circunstancias”.

Luego, con razones de viejo zorro diplomático, añadía que “Unamuno será, hoy más que nunca, en vez de un pensador digno de serio estudio, para desbrozar precisamente la verdad del error, una escandalosa bandera política.” Aquí se equivocaba. Unamuno jamás se utilizó como señuelo político. Y, en lo que tampoco acertaba aunque utilizara el tópico del “prohíbe y todos querrán hacerlo”, era decir que “el efecto final será que sus obras serán rebuscadas como fruto prohibido y lograrán ahora una influencia, en lo que tienen de negativo, que no alcanzaron nunca”. Y nunca lo alcanzaron. Porque, a fin de cuentas, la gente no es tan tonta como algunos presumen. Si Castiella había leído a Unamuno y no había caído en su heterodoxia, ¿cómo iban a caer en ella quienes no lo leían que era la inmensa mayoría de españoles? Para dudar de la existencia de Dios, de la infalibilidad del Papa, de la virginidad de María y su embarazo estratosférico por el santo Pichón, no hacía falta leer a Unamuno.

Lamentaba, además, que la decisión de la Iglesia “no se hubiera comunicado al Gobierno católico como el nuestro”. ¿Qué esperaba, después de haber firmado en 1953 los acuerdos con la santa Sede, donde se decía que la Iglesia era una sociedad perfecta?

Otras consideraciones

El Decreto decía que no condenaba a Unamuno por su registro literario y filosófico, ¡Y yo con estos pelos! Como si fondo y forma se pudieran trocear so pena de falsear una obra. Cuando interesa, se fustiga la forma, y, cuando no, el contenido. Típica actitud del censor pajillero.

Según la condena de Roma, Unamuno negaba que se pudiera demostrar racionalmente la existencia de Dios, lo que es una negación de la fe en nombre de la razón y del orden trascendente”. Más todavía, rechazaba la espiritualidad e inmortalidad del alma, la Trinidad, la Divinidad de Jesucristo, el Pecado Original, la Transubstanciación de la Eucaristía, la Eternidad, las Penas del Infierno, rechazaba el culto a la Virgen y la infalibilidad del Papa”, que eran las acusaciones señaladas por Pildain.

Visto así, resultaba extraño que, además de hereje, no lo acusaran de comunista y de masón. El decreto terminaba diciendo que nadie que conozca, aunque sea superficialmente a la Iglesia Católica, podrá sorprenderse de la inclusión de Unamuno en el Índice”. Para nada. Se entendía muy bien. La medida se tomó para evitar confusiones doctrinales que podrían ser fatales para las almas y su salvación eterna”. Conocemos el eslogan eclesial: quemar libros, salvar almas”. Y, en ocasiones, achicharrar cuerpos. 

Unamuno negaba que se pudiera demostrar racionalmente la existencia de Dios, lo que es una negación de la fe en nombre de la razón y del orden trascendente”

También sostenía que la Iglesia no se mueve en un campo de interés humano, ni tampoco es su cometido el de señalar los valores humanos en el mundo de la cultura”. Lo que ya resultaba más difícil de comprender. Porque, si así era, extrañaba que dijera que la sociedad debería agradecer su decisión por negar que Unamuno fuese representante de valores culturales fundamentales”. ¿No aseguraba que solo juzgaba los valores sobrenaturales y que lo filosófico y literario no iba con ella? 

Resulta cínico que una institución, preocupada solo por los valores sobrenaturales, calificase su Decreto como un ejemplo digno de ser ensalzado en una época en que individuos y sociedades aceptan los dictámenes de los dueños de la opinión pública como un sistema de imposición calculado para sofocar precisamente toda libertad de pensamiento” (El Pensamiento, 2.2.1957). 

Pues esta Iglesia era la misma que, no solo negaba la libertad de leer los libros que uno quisiera, sino que, también, decretaba por el infalible Pío XII la excomunión ipso facto de los que intentan atacar a las legítimas autoridades eclesiásticas” (Diario de Navarra, 1.7.1950).

En cambio, y este hecho lleva la fecha del año 1946, los periódicos de derechas informaban de una declaración conjunta de los arzobispos de Triste, de Istria y de Goritzia en la que sostenían que “la libertad de religión en aquella zona está siendo violada y que los sermones son objeto de censura. Los obispos han formulado una protesta contra lo que califican una intensa campaña antirreligiosa en sus diócesis” (Diario de Navarra, 14.5.1946). 

Ver la paja en el ojo ajeno, pero no la viga en el propio ha sido una constante universal de esta Iglesia metida a ordenar el mundo civil que no le corresponde ni por mandato divino ni por decisión de la soberanía popular. ¿No recordaba los casos en que en España se prohibía tajantemente que los protestantes recorrieran las ciudades españolas predicando la doctrina luterana y calvinista?

A modo de colofón

En 1986, Olegario González de Cardedal retomó el caso Unamuno describiéndolo como “el drama de una iglesia y de una cultura que no estuvieron a la altura que sus propias exigencias más íntimas reclamaban”.

Ojalá que hubiera sido como decía González, que es una manera de edulcorar lo que, más que drama fue tragedia, debida a la secular intransigencia de la Iglesia. Una Iglesia que, en años posteriores, condenaría a sus propios teólogos al ostracismo, a pesar de la apertura anunciada por el Concilio.

Bastaría recordar la censura impuesta a los teólogos de la liberación que sufrieron por parte de la Jerarquía; Edward Schillebeeckx, Hans Küng, Leonardo Boff, Frei Betto, Benjamín Forcano, este destituido de la revista cristiana Misión Abierta en 1988 por Joseph Ratzinger, entonces Prefecto para la Doctrina de la Fe, y ahora, tras su muerte, presentado como un “gigante de la libertad”. 

Y así podríamos seguir con los nombres de los teólogos José María Castillo, Juan Antonio Estrada, Juan José Tamayo, José Antonio Pagola y Torre Queiruga, etcétera. Todos ellos han sufrido admoniciones y condenas por parte de la Jerarquía eclesiástica por su heterodoxia doctrinal incompatibles con el dogma católico. 

Tratándose de una institución que funda su permanencia, no en una roca ni su metáfora, sino en su absoluta impermeabilidad a la crítica, nada extrañará. Comportamiento más que lógico, teológico, en una institución esencialmente antidemocrática. Por lo que bien podría concluirse que “el drama de Unamuno”, en lo que a su persecución y condena se refiere, no sirvió más que para evidenciar una verdad que siempre se había sabido: a la Iglesia la libertad individual en cualquiera de sus acepciones le da repelús. Solo acepta de sus fieles absoluta servidumbre y acatamiento ciego.

Ni siquiera Iglesia ha presentado disculpas por sus abrasivas maneras de cargarse la libertad de los demás, ni ha mostrado propósito de la enmienda por ello. Así que pronto o más tarde incurrirá en la misma lacra. 

UNAMUNO -CONCHA

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