jueves. 04.06.2026
TEATRO | MATADERO MADRID

‘A la fresca’, el Walden agropecuario

Pablo Rosal es un rara avis de la escena actual española que ha sabido elaborar un estilo poco habitual.

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Carlos Valades | @carlosvalades

Un acto tan anacrónico, incluso subversivo, que se salta el algoritmo, cualquier algoritmo que nos incite a consumir algo (una serie, unas zapatillas, o un 2x1 en cerveza artesanal), un sencillo gesto que parece reservado a los jubilados de edad provecta, es más, a los seniors de provincia, esa ancestral costumbre de sacar una silla a la puerta de casa y conversar con los vecinos, de parar el tiempo y el espacio y charlar, es lo que transita la última obra del dramaturgo y director Pablo Rosal: A la fresca.

El argumento es sencillo. El señor Eusebio es un escritor que regresa a la casa familiar después de veinte años de ausencia buscando la inspiración. Allí se encontrará con Matilde, la cocinera de la casa, y con Manolo, el albañil al que encarga la construcción de una cabaña en mitad del bosque.

Es la conversación lo que moldea el transcurrir de la función, diálogos a veces rozando el absurdo beckettiano, y otras rozando el costumbrismo rural

Con estos trazos Rosal compone una trinidad conversacional, un homenaje al diálogo sin más, al compartir frases y escucha por el solo placer de charlar, sin la polarización que se da en los encendidos debates con los que los tertulianos de televisión esparcen sus ideas peregrinas sobre todo lo que se les ponga por delante en un opinodequé total.

Estos tres personajes se sientan confrontando el horizonte, pocas veces se cruzan la mirada y evitan entrar en problemas propios y ajenos generando liviandad, abandonándose a la inocente plática, jugando como niños, retándose y riendo con sus ocurrencias. Es la conversación lo que moldea el transcurrir de la función, diálogos a veces rozando el absurdo beckettiano (“es gracias a las sillas que hay personas”, “estaba caminando esta mañana y como no sabía qué pierna tocaba me he caído”), y otras rozando el costumbrismo rural. Quizás se eche en falta algo más de dinamismo en escena, todo es muy estático, sin apenas cambios en el lugar que cada personaje ocupa.

Alberto Berzal, Israel Frías y Luis Rallo dan vida a estos tres conversadores. Quizás es Israel Frías el más inspirado de los tres, dentro de las buenas interpretaciones de todos, metiéndose en la piel de la cocinera Matilde, manejando sutilmente muchos registros de manera orgánica.

Es estupendo que se apueste por autores jóvenes y talentosos como es el caso de Pablo Rosal, que esta semana hace doblete con otro de sus montajes en el Teatro del Barrio, su “Hoy tengo algo que hacer” protagonizado por Luis Bermejo. Rosal es un rara avis de la escena actual española que ha sabido elaborar un estilo poco habitual, un detective que recoge pistas en lo cotidiano para elaborar textos poéticos y enigmáticos, donde el lenguaje a veces alambicado y lleno de giros construye una estética y una posición ante el mundo.

Ojalá todos tomásemos el ejemplo de Manolo el albañil y cada vez que una discusión estuviera a punto de estallar comenzásemos a nombrar nombres de flores:

  • Es que estoy harto de rododendros.
  • Lo que no puede ser es crisantemos.

‘A la fresca’, el Walden agropecuario