miércoles. 19.06.2024

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Carlos Valadés | @carlosvalades

En 1998 los directores de cine daneses Thomas Vinterberg y Lars Von Trier firmaron el manifiesto “dogma 95”.  Con ello quisieron poner la piedra fundacional de un nuevo movimiento cinematográfico en el que dejaban de lado todo lo superfluo y artificial. El sonido no podía mezclarse separadamente de las imágenes, todo debía filmarse cámara en mano, con la luz que hubiera en la localización y sin utilizar ningún efecto óptico ni filtros. Bajo estas premisas, Vinterberg presentó “Festen”, la primera película del movimiento. Y fue un bombazo. Ganadora de la Palma de oro en Cannes entre otros premios internacionales, puso el listón muy alto a esa nueva corriente. 

En “Celebración” los miembros de una familia de la alta burguesía se reúnen para celebrar el sesenta aniversario del patriarca. Todo salta por los aires cuando el hijo mayor confiesa a todos los asistentes que su padre abusaba de él y de su hermana cuando ellos eran pequeños. 

Un montaje atrevido al que quizás le sobre violencia y sexo explícito. Menos es más. Lo más terrible ya está en casa, debajo de la alfombra.

En esta adaptación a cargo de Lucía Astigarraga y María Goiricelaya la acción se traslada al País Vasco. Jon, el hijo mayor, interpretado por Aitor Borobia, es el encargado de abrir la caja de los truenos al confesar el incesto que sufrió junto a su hermana. En Aitor vemos que algo se va gestando en su interior. Los recuerdos al volver a la casa familiar y rememorar lo allí acontecido van cambiando su expresión y su presencia en escena. Alfonso Torregrosa interpreta a Javier, el padre. Quizás el mejor del elenco, con una actuación muy meritoria, no cede en sus maneras ante la revelación de su primogénito. La catarsis que sufre Aitor no afecta a los invitados que se niegan a aceptar la oscura realidad y continúan la fiesta como si nada hubiera ocurrido. 

La escenografía es espectacular. Una cámara, como un personaje más, sigue a los personajes del montaje y sus imágenes se proyectan sobre unos paneles blancos situados en mitad del escenario. La utilización de este tipo de tecnología, donde se mezclan imágenes cinematográficas con la escena en sí, es bastante habitual. El último ejemplo lo vimos en “Hedda”, en los teatros del Canal. Allí, el escenario de la obra de teatro donde se montaba Hedda Gabler se mostraba en la pantalla mientras que la escena transcurría en la parte trasera del teatro en una suerte de camerinos. 

Las relaciones de los hermanos con sus parejas y algunos familiares ponen de manifiesto que estamos ante una familia donde donde el patriarcado sigue imponiendo la ley del espalda plateada

En “Festen” se puede justificar bien como un homenaje al movimiento dogma 95 o para mostrar al espectador la acción que transcurre paralelamente a la fiesta, en las habitaciones donde se alojan los diferentes personajes que van llegando. En otras ocasiones, más que aportar, distrae la atención del ojo que involuntariamente a veces se fija más en lo proyectado que en lo que está ocurriendo entre todos los personajes que comparten escenario. Las relaciones de los hermanos con sus parejas y algunos familiares ponen de manifiesto que estamos ante una familia donde la comunicación se produce de forma violenta y soterrada y donde el patriarcado sigue imponiendo la ley del espalda plateada sin cuestionar su palabra. El clasismo y las apariencias moldean el comportamiento de los personajes hasta la revelación del delito. A partir de ese momento todo se vuelve más sórdido y acelerado, con algunas escenas muy bizarras. 

Un montaje atrevido al que quizás le sobre violencia y sexo explícito. Menos es más. Lo más terrible ya está en casa, debajo de la alfombra. 

“Festen”, la fiesta debe continuar