sábado. 22.06.2024

Carlos Valadés | @carlosvalades

Javier Gutierrez y Luis Bermejo. No voy a descubrir nada nuevo de esta dupla de actores. Después de disfrutar de su presencia en “Los santos inocentes”, vuelven a trabajar juntos. Y yo como espectador lo celebro. Nuestros Walter Matthau y Jack Lemmon. Verlos en escena es asistir a un combate circense, un enfrentamiento en el que no intentan ser el más gracioso de la clase, sino que procuran que el contrario sea el que más empatía genere. Cada frase es aprovechada por el otro como un escalón para subir la intensidad. No hay atropello. Hay una escucha sincera y una réplica que tanto en lo gestual como en lo textual hace que el espectador se ría, aunque lo que estamos viendo no tenga ninguna gracia. El texto de Juan Cavestany empieza como una comedia negra, oscura. Transita el thriller e incluso el drama, como ya es habitual en sus películas. Es un montaje que ya habían puesto en escena doce años atrás, y se nota. Todo es fluido, está muy masticado y esa complicidad entre los dos actores es pura química teatral.

La totalidad de la obra se desarrolla en el corazón mismo del centro comercial, donde los sueños y la felicidad de las compras se ven realizados

La trama es aparentemente sencilla. El primer día de rebajas en unos grandes almacenes, el personaje interpretado por Javier Gutierrez lucha con una señora por conseguir un traje rebajado y la golpea. Es conducido a un cubículo donde es interrogado acerca de lo sucedido por el guardia de seguridad, interpretado por Luis Bermejo.

Escrita hace más de 12 años, en el epicentro de la trama Gürtel. La sociedad asistía al impune espectáculo judicial en el que desaparecieron más de 120 millones de euros en contratos públicos. Pasado ese tiempo no ha perdido ni un ápice de vigencia. El personaje de Javier es un empresario de baja estofa que quiere hacer las cosas bien, pero acostumbrado a que le pasen por encima, compra el traje como recompensa para la adjudicación de un contrato de instalación de sanitarios en una urbanización de próxima construcción. Su atuendo es una declaración de intenciones. Una pulsera con la bandera de España, el periódico El Mundo bajo el brazo y calzando unos náuticos. Un neoliberal de manual. 

Habla de la codicia, pero también de la soledad, del deseo de conectar con el otro y de la importancia de la amistad en medio del tsunami del individualismo consumista

Luis Bermejo, el guardia de seguridad, despliega todo un repertorio de gestos que se adecúan al insólito carácter de su personaje. Nada chirría, todo es orgánico.

La totalidad de la obra se desarrolla en el corazón mismo del centro comercial, donde los sueños y la felicidad de las compras se ven realizados. El reverso de ese edén es ese cuarto sórdido y gris donde tiene lugar la acción. Desde las entrañas del edificio de hormigón asistimos a un inmenso duelo interpretativo que a veces recuerda a Pinter. “El traje” habla de la codicia, pero también de la soledad, del deseo de conectar con el otro y de la importancia de la amistad en medio del tsunami del individualismo consumista. De necesitar un abrazo en lugar de un cheque.

Un consejo: no se pierdan a estos dos púgiles de las tablas. No se arrepentirán.

'El traje': la comedia es bicéfala