viernes. 01.03.2024

Carlos Valadés: @carlosvalades

Se abre el telón. Vemos una pintura, un cuadro barroco, los claroscuros de un Caravaggio o un Ribera. La silueta recortada del señorito en la puerta de entrada. En primer plano un amasijo de sillas, maletas y aperos de labranza. Delante, la familia de labriegos que alzan su mirada hacia el espectador, con dignidad y templanza.

El tiempo detenido en una zona indeterminada de Extremadura en la España de los años 60. Una foto fija que define la sociedad feudal de cortijos y señoritos en la que se encontraba nuestro país. Por encima de todos ellos una bandada de aves. Y el Azarías, interpretado por Luis Bermejo, que grita “quía quía”, rompiendo la quietud de la escena inicial, corriendo atropellado entre los espectadores. Un espíritu libre que con su inocencia nos enternece desde el primer momento.

Es inevitable la comparación con la santísima trinidad de la película: Juan Diego, Alfredo Landa y Paco Rabal (recordemos que Landa y Rabal consiguieron ex aequo el premio a la mejor interpretación masculina en el festival de Cannes en 1984). El lenguaje teatral es diferente y los papeles de Azarías y Paco el Bajo son regalos para estos dos actores con mayúsculas, Luis Bermejo y Javier Gutiérrez. Ambos están sobresalientes, así como el resto del elenco, sobre todo la Régula (Pepa Pedrocha), que por momentos me hizo recordar a mi propia abuela, pilar fundamental y totem femenino al que vuelve la familia, y un Jacobo Dicenta que interpreta al señorito Iván de manera magistral, mostrando la crueldad y la chulería del capataz.

En esta versión del fallecido Fernando Marías, de una manera sutil, se intenta dar más peso y profundidad a los personajes femeninos. Tanto a Nieves, a la que Paco insiste en que estudie, “con una pizca de conocimientos se puede salir de pobre”, como a Régula o a la misma Pura, la mujer de don Pedro, que se siente presa en una cárcel rodeada de campo y hombres que la desean.

Un feudalismo que ahora se hace presente de una manera más edulcorada, un caciquismo de siglo XXI en la que los señoritos no salen de caza, pero la violencia se ejerce en los salarios de miseria, la precarización laboral, o los alquileres en las grandes urbes. Nada nuevo bajo el sol. Cambia la forma, no el fondo. “A mandar señorito, que para eso estamos”.

Y es que en nuestra sociedad aún hay muchos Pacos que ante el miedo a perder el trabajo (si no lo quieres tengo una cola ahí fuera esperando), no piden la baja o trabajan agachando la cabeza. Un texto que después de tantos años no ha perdido vigencia y que sirve, como todo buen teatro, para hacernos preguntas desde nuestra trinchera.

Azarías y su milana bonita, que con su inocencia es capaz de abonar con sus excrementos los geranios del cortijo, lo es también para poner fin a las vejaciones que sufre su familia. “La carne cuando se pudre se llama así. Carroña, ¿sabías? Y eso es tu milana, Azarías. Carroña”. La tragedia rural llega a su cenit.

Completan la escenografía tres puertas al fondo del escenario, símbolo de las diferencias sociales en un sistema de castas en el que la opresión y la injusticia eran corrientes en los latifundios españoles y en el que el mantra ver, oír y callar era el más repetido.

Un consejo: Vayan a verla.

Los santos inocentes