martes. 05.03.2024
Pablo Derqui y Blanca Portillo
Pablo Derqui y Blanca Portillo

Carlos Valades | @carlosvalades

Almudena Grandes, en la serie de seis libros llamada los “Episodios de una guerra interminable” en homenaje al gran Galdós, compone un fresco de España durante la época franquista. Las novelas narran de una manera realista y descarnada la vida en nuestro país tras finalizar la guerra civil, mezclando personajes reales y ficticios. La directora Carme Portacelli se atreve con el montaje de “La madre de Frankenstein”, la quinta entrega de la saga. Es una tarea titánica, dada la extensión y la complejidad de la trama. 

La historia se fundamenta en tres pilares, los tres personajes centrales de la obra. 

Blanca Portillo se encarga de dar vida a Aurora Rodríguez Carballeira, madre de Hildegart Carballeira, una niña prodigio concebida por Aurora para ser el modelo de mujer del futuro, una joven precoz que estaba predestinada a cambiar la historia de la humanidad. Desgraciadamente fue asesinada a los dieciocho años por su propia madre en un parricidio que conmovió a la opinión pública de entonces. Aurora es internada en el centro de salud mental de Ciempozuelos, donde pasará el resto de su vida.

La directora Carme Portacelli se atreve con el montaje de “La madre de Frankenstein”, la quinta entrega de la saga “Episodios de una guerra interminable” de Almudena Grandes

Pablo Derqui interpreta el papel de Germán Velázquez, un psiquiatra que decide regresar a España tras un exilio forzoso para ocupar una plaza en el sanatorio mental y experimentar el nuevo tratamiento con clorpromazina que ya le funcionó en Suiza, país donde ejercía la medicina. Germán se reencuentra con su madre y su hermana en un país gris, reprimido bajo el nacionalcatolicismo en el que todo son trabas y donde las apariencias son fundamentales para no ser señalado por comunista.

Macarena Sanz, como María Castejón, es el único personaje de carácter humilde. Una enfermera que se encarga de leer cuentos a Aurora y de prestar ayuda en el sanatorio. Hija de dos republicanos muertos en el triste episodio de La Desbandá, donde más de 3.000 personas fueron ejecutadas en el trayecto que recorrían a pie entre Málaga y Almería, fue criada por sus abuelos que prestaban servicios de jardinería en Ciempozuelos.

La función abre con una Blanca Portillo de espaldas al público tocando una pieza de Schubert al piano. El personaje de Aurora es un reto, pero también un caramelo para la actriz que está acostumbrada a la interpretación de mujeres con mucha fuerza, como ya vimos en Maixabel, Antígona o Madre coraje. Inmensa en la evolución temporal del personaje quizás quede pendiente la resolución del monólogo final, un apéndice al texto de Almudena Grandes que sobra por redundante.

Pablo Derqui, descomunal a la hora de enfrentar al personaje de Germán confronta con solvencia los poderes fácticos de la época: la iglesia, encarnada por la monja roba bebés y por el padre Armenteros, que sigue viendo a las enfermas mentales como criaturas del señor sin un tratamiento posible, y el ejército, representado por un Vallejo Nájera, general del franquista que buscaba entre los republicanos el gen rojo responsable de la malformación que los llevaba al marxismo.

Una historia imprescindible para conocer nuestro pasado más reciente y dar voz a todas esas personas que lucharon para que nuestro país fuera un sitio mejor

María Castejón, es quizás el personaje que más cambios de registro experimenta a lo largo de la función debido a los avatares que experimenta en la historia. Macarena Sanz, es tan veraz interpretando a la chacha de los señoritos, como a la entregada enfermera de Aurora. 

La escenografía la componen unas inmensas tiras oscuras, reflejo de la España del momento y que sirven de pantallas para la proyección de imágenes en blanco y negro, unas cortinas gigantes cómo un inmenso muro oscuro del que es imposible escapar. La parte central del escenario es ocupada por la cama de Aurora y su habitación, espacio donde transcurre mucha parte de la acción dramática.

Una empresa nada fácil la adaptación de una novela tan extensa. Anna María Ricart es muy fiel al texto original y no se deja casi nada fuera de la puesta en escena, salvo la parte central del libro donde se nos cuenta la historia de Germán en Suiza, que carece de interés. Difícil meter tijera y cortar texto en una función en la que a pesar de estar todo tan condensado, dura tres horas y cuarenta y cinco minutos, y que resulta a veces agotadora por su duración. Una historia imprescindible para conocer nuestro pasado más reciente y dar voz a todas esas personas que lucharon para que nuestro país fuera un sitio mejor, alejado del oscurantismo y la represión. Una autora que nos ha dejado un legado imborrable y que sonreirá al ver como su obra llena cada día el teatro María Guerrero. 

España en los 50, escala de grises