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Carlos Valades | @carlosvalades
“¡Vete al médico!” le gritó el diputado popular Carmelo Romero al entonces diputado Iñigo Errejón cuando puso sobre la mesa el grave problema de salud mental que existe en España, con una media de seis psicólogos por cada 100.000 habitantes, tres por debajo de la media europea. Con una tasa de más de diez suicidios al día y un silencio informativo de un problema que está entre nosotros, nadie parece ser consciente de la necesidad de una mejora en los servicios públicos en materia de psicología. Y uno va al médico de cabecera y recibe una receta de un antidepresivo o de un ansiolítico que parchean el problema momentáneamente pero no lo solucionan. A llorar a la llorería. Si tienes dinero y tiempo puedes costearte un terapeuta que te ayude a poder con la vida, eso si das con alguien disponible, que después de la pandemia no dan abasto. Tiempos dorados para los psicólogos y psicólogas. Y así andamos. De eso precisamente nos habla “El efecto”.
Juan Carlos Fisher dirige este drama de Lucy Prebble en la sala verde de los teatros del Canal, donde ya nos presentó Prima Facie con una descomunal Vicky Luengo. Antes de entrar a la sala ya se escucha un chunda chunda de discotecón, un sonido que se mete en los huesos con la vibración de los bajos. Pum pum pum. La escenografía es sencilla. Un cuadrilátero dividido en líneas que se iluminan con la posición de los actores en el escenario. Ciencia ficción.
Itzan Escamilla y Elena Rivera son los encargados de seducirse mutuamente incumpliendo las normas de un ensayo clínico
La trama: dos jóvenes, Tristán y Connie, se someten voluntariamente a un ensayo clínico en el que prueban los efectos de un medicamento que libera descargas de dopamina para reducir los efectos de la depresión en el cuerpo humano. Poco a poco se van enamorando, y se preguntan si todo esto no será debido a las pastillas que están tomando o realmente sienten los típicos efectos que la atracción y el flirteo causa en la mente. Itzan Escamilla y Elena Rivera son los encargados de seducirse mutuamente incumpliendo las normas del estudio. Esta última con el personaje de Connie es tal vez la interpretación que sobresale del resto, la que más sufre, la que más intensamente se ve atravesada por el amor y el dolor. El personaje sufre una gran evolución y Elena Rivera sale transformada al final de la función. Itzan pone el contrapunto macarra, el pillo de barrio, el seductor y caradura que cae bien a todo el mundo.
Una solvente Alicia Borrachero interpreta a la psiquiatra encargada del ensayo. Siempre una garantía del buen hacer actoral. Fran Perea, el director de la clínica, tal vez demasiado estático, con las manos en los bolsillos gran parte del tiempo que está en escena, resolvió muy bien el sonido de un teléfono móvil entre en público incorporándolo a la escena con total naturalidad.
En resumen, una función que investiga sobre los efectos que tiene la química en nuestro cerebro, tanto la producida en un laboratorio, como la dopamina liberada en cantidades industriales al sentirnos atraídos por otra persona o la norepinefrina que inhibe la sensación de hambre y sueño mezclando alegría y euforia al recibir un whatsapp de nuestro objeto de deseo. La chica que tenía sentada a mi lado en el patio de butacas no paró de mirar su móvil buscando la noradrenalina en una pantalla, obviando lo que ocurría en el escenario. Le deseo la mejor de las oxitocinas.



