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viernes. 12.08.2022
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Fachada del teatro Calderón de la Barca tras su remodelación de 1999. (El Día de Valladolid)

JESÚS ANTA ROCA | Corrían buenos años en aquel Valladolid de la década de 1860. Las obras de la línea ferroviaria Madrid-Irún avanzaban, y la provincia y capital tenían una potente industria harinera; hacía pocos años (1857) se había fundado el Banco de Valladolid con capacidad de emisión de moneda. Todo apuntaba a que Valladolid se estaba convirtiendo en una próspera ciudad que salía de casi tres siglos de decadencia desde que la corte se hubiera marchado a Madrid apenas iniciado el siglo XVII.

Al calor del nuevo y próspero Valladolid se fue consolidando una burguesía que se movía entre la especulación urbanística gracias a los terrenos obtenidos en la Desamortización, las nuevas industrias y los prósperos negocios, como los modernos cafés. Una burguesía que necesitaba de espacios y símbolos que dejaran constancia de sus gustos ya un tanto refinados… entre ellos, el teatro.

El Corral de Comedias

El único teatro que había en la ciudad mediado el siglo XIX era el de la Comedia, un viejo corral de comedias del siglo XVI.  Aquel teatro estaba en la actual plaza Martí y Monsó que antes, precisamente, se llamaba de la Comedia. A pesar de las reformas que se iban haciendo en él, la verdad es que estaba en un estado deplorable. Y los amantes del teatro, especialmente la burguesía, reclamaban un nuevo teatro. Así que en 1856 se comienza a pensar en construir un nuevo coliseo, ante la perspectiva de que el Corral de Comedias estaba abocado al cierre.

El Ayuntamiento toma la iniciativa de levantar un nuevo coliseo, mas después de diversos avatares renuncia a la empresa. A partir de este hecho, se produce una especie de carrera por llevar a efecto la construcción del teatro que la ciudad necesitaba.

El teatro de la burguesía

Un empresario avispado, José León y su socio Guerra, inicia los trámites para llevar a cabo la construcción de lo que terminaría siendo el teatro Lope de Vega, inaugurado en diciembre de 1861. Mas, en abril de aquel mismo año 1861 un grupo representativo de la nueva burguesía vallisoletana constituye una sociedad con la intención de levantar algo más que un mero teatro: querían un edificio entero dedicado al ocio y entretenimiento que diera satisfacción a los nuevos gustos de las clases refinadas: querían una especie de “casa teatro”, con dependencias y servicios, como café, casino y salones, en los que la sociedad burguesa tuviera su exclusivo lugar de ocio y cultura: abierto al público el teatro, pero restringido a selectos socios el resto de las dependencias. Y para eso consiguieron comprar el viejo palacio del Almirante, un edificio que ocupaba una gran extensión frente a la iglesia de las Angustias.

Fue el proyecto de la emergente burguesía, que para materializarlo contrató al arquitecto Jerónimo de la Gándara y Gándara el mismo que había contratado José León para construir el Lope de Vega. Jerónimo de la Gándara, que residía en Madrid, contrató como director de obras al afamado arquitecto afincado en Valladolid Jerónimo Ortiz de Urbina. El primero, además del Lope de Vega, había construido el Teatro de la Zarzuela de Madrid y diversas residencias para la nobleza, y el segundo, además de numerosa obra residencial en Valladolid, también construyó uno de los pasajes comerciales más famosos de España: el pasaje Gutiérrez.

La verdad es que la construcción del Teatro Calderón de la Barca fue una carrera de obstáculos: el propietario del Lope de Vega arremetió contra el proyecto, la Iglesia trató de paralizarlo, los materiales de construcción llegaban con cuentagotas, etc. Pero finalmente se inauguró el 28 de septiembre de 1864: un coliseo que según la prensa de la época competirá con los mejores de Europa. El edificio, contando sus numerosas dependencias, sumaba la friolera de 3.058 metros cuadrados.

Un templo laico

El día del estreno el público se quedó boquiabierto por la magnífica arquitectura del teatro, por la iluminación que salía de cientos de apliques repartidos por toda la sala, por un techo ricamente decorado, por las sedas de damasco… las musas… las escaleras de acceso a los palcos… En fin, por una riqueza decorativa que surgía por doquier, pues los detalles eran numerosísimos y todos sorprendentes.

El teatro tanto por su construcción inicial como por las reformas que tuvo posteriormente albergó la maquinaria escénica más moderna de Europa. Una maquinaria capaz de dar servicio a espectáculos que requirieran incluso más de cincuenta decorados diferentes. Todo ello movido por decenas de tramoyistas que de forma individual o haciendo grupos, cargasen decorados, accionaran poleas, manejaran los telares y movieran tornos y carretones.

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Interior del teatro. (InfoValladolid)

Además, el patio de butacas se podía elevar a la altura del escenario para habilitar un enorme salón en el que organizar cualquier acto social multitudinario: banquetes, bailes, etc. El complejo y resistente entramado de madera se le encargó al taller de Federico Delibes, abuelo del escritor Miguel Delibes.

Inspirado en La Scala de Milán, la gran referencia de la arquitectura europea del siglo XIX, el Calderón fue el tercero más importante de España después del Teatro Real de Madrid y el Liceo de Barcelona. En cierto modo era una especie de templo laico dedicado al arte escénico en el que asistir a sus representaciones formaba parte de un acto social para los círculos selectos y culturales de la ciudad.

El teatro mostraba ostensiblemente la diferencia de clases sociales, que se manifestaba en la existencia de unos palcos especiales. Estaban ubicados junto al proscenio, y su ornamentación y estructura eran muy diferentes al resto de los palcos. Eran de uso exclusivo de los miembros de la Sociedad Constructora y del selecto Círculo del Calderón. Disponían de una pequeña sala de estar bellamente decorada con todo lujo de comodidades.

Sede de la Seminci

Mas, el panorama y la demanda del público iría cambiando con los años. En la década de 1910 se comenzó a emitir cine, fue (y es) sede de la famosa Seminci.

También ha sufrido el abandono y decadencia, pues estuvo cerrado varios años. La Caja de Ahorros Provincial lo compró en 1968, y en el año 1983 el Ayuntamiento de Valladolid su vez se lo compró a la Caja.

Luego vino la gran reforma y este magnífico teatro conoció, en 1999, un nuevo renacer 135 años después de su primera función. Si aquel 28 de septiembre de 1884 se representó El Acalde de Zalamea, el 9 de abril de 1999 de nuevo lució el Calderón con la Compañía Nacional de Danza, dirigida por el coreógrafo Nacho Duato.

Teatro Calderón de la Barca, de Valladolid
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