viernes. 01.03.2024
obispo

La mañana era muy fría y húmeda pues el monasterio de Santa Cristina de Ribas de Sil estaba al lado del río, y nevaba copiosamente en Parada de Sil. La torre campanario de la iglesia se divisaba desde la distancia.

Tann Tan, Tan Tan, Tan Tan, sonaban las campanas para atraer a la gente a la misa que se iba a celebrar, por parte del Obispo, don Bermudo Bellido, apodado O´Lixeiro.

Los asistentes a la santa misa iban llegando, conducidos por un monje, a través del claustro, mientras lo rodeaban, podían ver su arcada, sus columnas sosteniendo capiteles decorados con formas de hojas y unos cipreses que casi llegaban en altura hasta el campanario de la iglesia. 

Las señoras de la limpieza del monasterio retiraban las ultimas basuras del claustro y limpiaban las piedras por donde un grupo de monjes, caminando de forma silenciosa, rodeaban el claustro en dirección contraria y al cruzarse con los asistentes a la misa, los observaban con temor, pues no estaban acostumbrados a la asistencia de foráneos.

Así llegaron a la iglesia donde un monje los introdujo por una puerta lateral y les indicó los asientos que les habían sido asignados. Entre los asistentes a la ceremonia religiosa, estaba la marquesa, reconocible por su bonito velo negro y su peineta, algunos feligreses, y monjes del monasterio.

Poco después, los niños entraron por una puerta lateral, e iniciaron su ascenso al coro, situado en la parte trasera. Al cabo de unos minutos iniciaron unos cánticos, que dieron lugar a la salida de O´Lixeiro, que cojeaba de forma ostensible, seguido de sus dos sacristanes y de dos monaguillos que lo asistirían en el oficio de la santa misa, y que al acercarse al altar, le levantaron sus ropajes para que al arrodillarse ante el sagrario no se mancharan sus vestiduras, mientras que otro tocaba su campanilla. Después el obispo, cogíó un botafumeiro que soltaba humo que extendía con habilidad moviéndolo por diferentes partes de la iglesia, dejando un agradable olor a incienso.

Una vez iniciado el oficio, don Bermudo se dirigió hacia el púlpito para pronunciar su sermón, iniciando la subida de las escaleras con un andar fatigoso, pues por su obesidad le costaba subir los peldaños del mismo. Se ayudaba con las manos en la barandilla y debido a su calza ortopédica que utilizaba para compensar la diferencia de longitud de sus dos piernas, y a que no podía doblar sus pequeñas piernas, necesitaba de la ayuda de un sacristán.

Superadas las dificultades de la ascensión, el obispo inició el sermón hablando de san Pedro y de su barca de pescadores, y de hombres pecadores, que solo piensan en satisfacer sus deseos carnales, desoyendo los mandatos de Nuestro Señor. Después arremetió contra los mercaderes que prefieren las empresas de los hombres a las de Dios, diciendo que Jesucristo los echó del templo.

—Las obras de la Iglesia, continuó, son la construcción de ermitas y de catedrales para que los hombres puedan rezar y conseguir que sus pecados les sean perdonados, y así liberarse del castigo eterno de las llamas.

—Siguió su discurso diciendo que las empresas son como barcos que no resistirán los embates de las olas del mar, porque son construidas por hombres pecadores, y continuó diciendo qué si Dios hubiera querido que los hombres construyesen empresas más grandes, las barcas de san Pedro, habrían sido más grandes, y que como no fue así, mejor harían en donárselas a la Iglesia, y que los dineros de los mercaderes deberían de darlos a los representantes de Dios en la tierra, pues ellos ayudarían a lavar sus pecados.

Terminó hablando sobre el adulterio que cometen las mujeres al tener hijos sin estar casadas, diciendo qué ante los ojos de Dios, es un pecado horroroso porque ofende a toda la cristiandad y a las enseñanzas de la Iglesia.

Después del sermón, O´Lixeiro inició el descenso gustándose por el discurso pronunciado, y algo más seguro, bajó del púlpito solo, para proseguir con el oficio de la santa misa.

Una vez en la consagración, acudió el monaguillo para servirle vino en la copa, y el chico que no conocía su afición al morado, le echó solo un chorrito, y el obispo enfadado, le dijo:

—Echa más joder, echa más, cabrón, joder.

De nuevo, le volvió a servir solo otro poco, provocando que O´Lixeiro le dijese:

—Que eches más, hostia, que eches más, joder.

Y el monaguillo le sirvió más vino.

Finalizada la ceremonia, se retiró seguido de los sacristanes y de los monaguillos hacia la sacristía y los niños iniciaron el descenso desde la plataforma donde se ubicaba el coro. El obispo, después de cambiarse sus ropajes, se dirigió hacia la puerta para saludar a los presentes, encontrándose con la señora marquesa.

Esta después de una marcada genuflexión ante el eclesiástico, le besó el anillo pastoral y lo saludó.

—Me alegro de verla en la ceremonia, señora, le dijo.

—Es mi obligación asistir a la iglesia todos los domingos, le contesto la marquesa.

En ese momento, llegó Lupetia, la encargada y lavandera de la ropa de los niños y del obispo, quien le dijo que los niños ya estaban bañados y listos para acostarse, antes de saludar a los presentes.

—Vamos a la cámara, dijo el eclesiástico.

—Venga usted también, señora marquesa, le dijo el deán.

El obispo inició el ascenso de las escaleras con premura y ayudándose de las manos, para subir a la cámara de los niños del coro. Una vez arriba una gran chimenea con unas pocas teas encendidas y débiles brasas, calentaba de forma muy débil la estancia, y no era suficiente para caldear el dormitorio donde los niños iban a dormir.

—El eclesiástico se llevo una gran alegría, pues Lupetía los había bañado y estaban con sus pantalones de dormir bajados y exclamó:

—Dios mío, Dios mío, que alegría, que alegría, que alegría, decía don Bermudo, al verlos así de esa manera, mientras se llevaba su mano izquierda a la boca.

—Tócales sus colitas, le decía don O´Lixeiro a Lupetia, la lavandera, mientras miraba la escena extasiado y embelesado, y se le caía un hilillo de baba al verlos.

—¿Quiere que le preparare un par de ellos para esta noche?, le preguntó Lupetia.

—No, esta noche prefiero a la niña.

—Pero mire su barriguita, don Bermudo, le decía Lupetia, quejumbrosa.

—Es la semillita de la Iglesia, decía el eclesiástico.

—Pero si solo tiene once años, terciaba la lavandera.

—Dios sabe muy bien porque hace las cosas, no me respondas, no me respondas.

—Por Dios, don Bermudo, que está muy entristecida, y ni siquiera sabe que está embarazada.

—Nosotros la ayudaremos y cuidaremos de ese niño, para que cante como los ángeles, y le daremos trabajo a la madre como lavandera de nuestras ropas.

Su hermanito de cuatro añitos se pasaba llorando todo el día, porque no quería ver al obispo que iba por las noches a dormir con él, y lo penetraba, causándole un gran dolor.

Su otro hermano de ocho años había sido castrado para que cantara en el coro, y después de estar entre la vida y la muerte y superar la castración, ya empezaba a cantar y a recibir le educación eclesial, como mandan los cánones.

La marquesa, presente en la escena, observó a los niños de la estancia y bajó la escalera con gran rapidez. El obispo bajó unos minutos después y cuando vio a la marquesa, se dirigió hacia ella cojeando y apoyándose en su báculo.

—Que misa tan bonita señor obispo, le dijo la marquesa.

—Gracias señora, le contestó el eclesiástico.

—Estoy encantado de su presencia en esta ceremonia, decía.

—Y que sermón tan sabio ha pronunciado, continuó.

El obispo reía sin disimulo.

—Y que vestimentas tan elegantes, don Bermudo, y a juego con sus zapatos, decía la marquesa.

—¿Se ha fijado usted?, señora marquesa, que observadora y que lista.

—No puede ser de otra manera. Tenía un aire muy distinguido con esa mitra. Por cierto ese gorrito de color morado es muy llamativo y también lo enaltece a usted, ¿cómo se llama?

—Es un solideo, señora. Significa solo a Dios. Solo me lo quito ante el santísimo sacramento o durante la misa. Tal vez algún día, si los méritos son suficientes a los ojos de los cardenales, pueda llevarlo blanco, continuó don Bermudo.

—Ojalá, le respondió con sorna soterrada la condesa. A todos nos interesa en este pueblo tener un papa como usted.

El obispo sonreía sin disimulo, ladeando la cabeza ligeramente hacia abajo.

—Y la casulla de color blanco que llevaba usted conjuntaba de maravilla con la mitra.

—Es de lana, le respondió el obispo.

—La lana significa la aspereza de la reprensión a los rebeldes, y el color blanco la benevolencia hacia los humildes y penitentes, continuó el eclesiástico.

—Por cierto, continuó la marquesa, ha elegido muy bien el color verde de su estola.

—Es un orarium, señora, le volvió a responder el deán, que no cabía en sí de gozo enseñando la doctrina de la Iglesia embebida en sus ropajes.

—Hasta el báculo realza su figura y le da a usted un toque de distinción.

—El báculo, señora, es un símbolo de la función pastoral. Es curvo en la parte superior para atraer a los pecadores y recto en la parte vertical para corregir, sostener a los débiles y empujar a los indecisos, al enfermo y al perezoso, continuó O´Lixeiro.

—Simboliza al pastor que guía y apacienta a las ovejas, continuó el pastor gustándose con sus explicaciones.

—Y sus zapatos de piel de cabritilla le dan a usted una gran prestancia combinados con las medias de seda de color violeta.

El obispo no cabía en sí de felicidad. Su sonrisa era amplia y reía de satisfacción por las palabras de su feligresa.

—Los ropajes y los complementos, los utilizamos para destacar nuestro legítimo carácter de sucesores de los apóstoles, de la diócesis de la cual soy pastor. El obispo debe poseer vida, ciencia, doctrina y poder. Los prelados debemos de cuidarnos de dudas y de pensamientos nocivos, continuó.

—Además debemos de tener coraje, para no sucumbir a la adversidad, y templanza para no descontrolarnos en la prosperidad, siguió el prelado.

—Que bribón es usted, le decía la mujer, mientras el obispo reía a mandíbula abierta, un día de estos por la tarde, lo invitaré a merendar en mi palacio.

—Será un placer acudir, señora marquesa.

—Por cierto, que bien cantan sus sobrinos.

—Entonces el obispo ya no pudo disimular su alegría y su satisfacción, y le dijo que los llevaría también para que cantarán en su presencia.

—¿Y cómo hace para que a esos chicos no les cambie la voz?, le preguntó la marquesa.

El obispo sonrió nuevamente, y no le contestó.

—Que bribón es usted, señor obispo, volvió a decirle, que bribón es, cuantas cosas sabe.

—Todo se hace por el bien de la Iglesia, señora, y se reía.

—Ya me contará algún día.

—Un monje los llevara hasta fuera, les dijo don Bermudo.

—No hace falta, obispo, conocemos el camino y nos veremos pronto.

La marquesa había realizado una gran averiguación

La marquesa había conseguido lo que llevaba varios años tratando de averiguar.

Ahora conocía porque sus sobrinos habían desaparecido.

¡¡¡ Los eclesiásticos los habían robado !!!

Los ropajes del eclesiástico y la marquesa