lunes. 04.03.2024
monja
Imagen: Pixabay

La monjita doña Benita iba a ver a los viejitos de la residencia geriátrica de la Ciudad de la Torre. A muchos les quedaba poco tiempo de vida, y quería que pusieran sus propiedades a nombre de la iglesia.

A sus veinticuatros años, la monjita prelatura había hecho los votos de la obra, era muy convincente y realizaba una excelente labor para la obra, consiguiendo que muchas propiedades y heredades de los ancianos pasaran a manos de esta.

Los convencía de una forma muy sutil, pues llevaba los notarios a la residencia para que les dejaran sus propiedades en el testamento y luego los prelaturos las vendían sacando un pingüe beneficio.

La monjita prelatura, doña Benita era:

-Una mujer muy piadosa.

-Una mujer muy rezadora.

-Una mujer muy buena.

-Una mujer muy dócil.

-Una mujer muy sumisa.

-Una mujer muy obediente.

Vestía toca y hábitos opuseiros, y a sus años estaba de buen ver, a decir de los que la conocían. Un día que salía del convento donde vivía, se iba diciendo a sí misma:

-Dios mío, Dios mío, decía.

-Dios mío, Dios mío, Dios mío, volvía a decir.

-Que no me aforniquen hoy, que no me aforniquen, pedía a la virgen de los desamparados.

-Que no me aforniquen, volvía a pedir a la virgen, doña Benita, pues era muy devota de ella

Iba por el camino que la llevaba a la Ciudad de la Torere donde tenía que trabajar y oír misa

-Iba por el camino alegre y cantando.

-Iba por el camino.

-Cantaba y cantaba la monjita prelatura, por el camino.

-Por el camino que lleva a la Ciudad de la Torre, iba cantando.

Iba por el camino que lleva a Torreciudad, para ir a la misa de todos los jueves, a las doce, y después a hablar con don Leocadio un eclesiástico del sitio con el que trataba.

Iba por el camino con alegría cristiana y cantando:

-Que no me aforniquen hoy, que no me aforniquen, y se reía.

-Que no me aforniquen hoy, que no me aforniquen, seguía riéndose.

-Y seguía rezando las oraciones y jaculatorias que le había dado su confesor espiritual para que ahuyentara al demonio de los malos pensamientos e impulsos nocivos.

Cuando llegó a la Ciudad de la Torre e iba a entrar en el monasterio, al atravesar la portería del mismo se encontró con el eclesiástico de la portería, don Joaquín Cabeza de Vaca.

-¿Que tal llevas los negocios?, Benita, le preguntó el deán de la portería.

-Ella le respondía que bastante bien, que esperaba conseguir unas donaciones en breve tiempo, que don Leocadio le había hacho algunos comentarios de las visitas de los médicos respecto de los viejitos, del tiempo de vida que les quedaban, y que con esa información podía meterles miedo y navegar muy bien para forzarlos a hacer un testamento en su favor.

-Tenemos que hacer obras en el techo de la iglesia que cuestan mucho dinero, dijo, y también arreglar la sacristía y el refectorio, porque se están cayendo, dijo el eclesiástico.

El eclesiástico don Joaquín gastaba mucho dinero con las chicas en los bares de la zona aledañas a la Ciudad de la Torre, donde era muy conocido y reconocido por ser de la obra.

-Por eso, es importante que consigas que esas propiedades y herencias, y que nos las dejen como donaciones en el testamento.

-Y continuaba, porque si tenemos los testamentos ya podemos pedir anticipos al banco para que nos dejen el dinero, decía el eclesiástico.

Don Joaquín y también don Fernando eran las personas que dirigían todo el trabajo de la monja doña Benita para que esta lo ejecutara.

-Hay que visitar a las personas que se sienten mal y que están débiles, pues es más fácil conseguir las donaciones, decía don Joaquín.

-Mientras tanto las campanas empezaron a sonar: ¡Tan-Tan, Tan-Tan, Tan-Tan!, sonaban en la iglesia de la Ciudad de la Torre.

-Era el primer repique para llamar a la misa de doce, y doña Benita ya llevaba esperando unos minutos en la iglesia, llena a rebosar de gente, cuando el eclesiástico don Leocadio Fernández de los Monteros, salió a oficiar la santa misa.

-Después de las maniobras iniciales de ésta, subió al pulpito para pronunciar su sermón, ayudado del sacristán, prelaturo también, pues tenía una gran calza de hierro que no le permitía ir rápido. Además no pisaba la raya de las baldosas.

-Una vez en el pulpito, don Leocadio, comenzó su sermón hablando en contra de “los adúlteros y afornicadores, pecadores decía, que se verán entre las llamas del infierno, entonces será el crujir de dientes”.

-Y continuaba, “que al final de este verano, vendrá el otoño, y algún día se acabará el mundo, y todas las criaturas serán juzgadas por el Creador de Cielo y Tierra”.

Con estas palabras se expresaba el prelaturo, de corta estatura, de pelo y barba blancos, de gran y oronda barriga, mientras esgrimía la garrota en la que se apoyaba, de forma amenazadora, ante la multitud congregada en la iglesia para escucharlo.

Al oír el sermón de don Leocadio, doña Benita se iba poniendo más y más colorada.

-Y continuaba diciendo don Leocadio: “El cielo estallará en truenos y relámpagos, que encenderán los bosques y los tejados de las casas y la tierra se abrirá y tragará a todos los culpables de pecado de afornicamiento".

Doña Benita no sabía si quedarse o marcharse, aduciendo que no se encontraba bien, pero al final desistió pensando en que ya terminaría pronto su discurso.

-Pero seguía don Leocadio, “el agua de los ríos y de los lagos no podrá apagar el fuego pues caerá por las grandes grietas abiertas, y por estas saldrán legiones de demonios que tirarán de aquellos que hubiesen logrado agarrarse a algún árbol, o a alguna de sus raíces. El fuego y el humo harán irrespirable el ambiente, haciendo imposible sobrevivir y desaparecerá la luz y se harán las tinieblas”.

-Completaba su discurso diciendo el eclesiástico: “Los animales domésticos, como las vacas, los cerdos y hasta los corderos atacarán a las personas. Las gallinas, los pavos, y las palomas acosarán con sus vuelos, a los culpables de pecado contra Dios”.

-Doña Benita ya casi no podía más, más colorada y atemorizada.

-Y continuaba con su perorata: “Los zorros y los raposos indicarán a los demonios, las casas donde habitaban los pecadores fornicadores. También los perros dejarán de ser dóciles con sus amos, los traicionarán, y se volverán contra ellos, mostrándoles sus fauces con fiereza”.

-Y no contento, seguía: “Los caballos y los asnos se encabritarán y derribaran a aquellos que quisieran montarlos o cargarlos con sus pertenencias para escapar. Las lechuzas y los búhos los perseguirán de noche, para indicar a los diablos y demonios donde moran, y si alguno lo lograse, las águilas y los buitres se abatirán desde los cielos sobre ellos, desgarrando su cabeza, su cara y su cuerpo, con sus garras y sus picos”.

-Las premoniciones eran cada vez más graves: “El alma de las mujeres adulteras se la llevará el demonio, y sus cuerpos se transformarán en cabras salvajes enfurecidas, con grandes cuernos retorcidos, que atacarán a sus amantes, pues la lujuria es uno de los pecados que más molestan a los santos y santas que habitan en el cielo”.

Doña Benita, intranquilizada en extremo, pues el nerviosismo ya podía con ella.

Después del sermón, el sacristán ayudo a bajar del pulpito a don Leocadio que siguió oficiando la santa misa.

-Cuando terminó, saludó a los fieles y le dijo a doña Benita, pásate por mi refectorio y charlamos, que tenemos que hablar, le dijo don Leocadio.

Doña Benita, subió al piso de arriba y tocó la aldaba de la puerta de don Leocadio:

-Tac-tac, tac-tac, tac-tac.

-¿Quién es este pecador?, pregunta don Leocadio.

Doña Benita no decía nada, pues no se atrevía.

-¿Por quién pregunta este pecador ?, repetía don Leocadio.

-Por Dios, por Dios, Por Dios, quiero hablar con Usted, don Leocadio, dijo doña Benita.

-Por Dios, por Dios, quiero hablar con el prelaturo.

-Por Dios, por Dios, solicita que la oiga usted en confesión.

-Quien es esta pecadora, repitió don Leocadio.

-Por Dios, por Dios, soy yo, doña Benita.

-Soy yo. Soy yo.

-¿Me mandó llamar?, preguntó doña Benita, abriendo la puerta, para que la viera.

-Así es, le contestó.

-Así es, dijo el eclesiástico, así es, que no es de otra manera.

-Pues ven conmigo, le dijo a la monjita.

-Vamos a mis aposentos, dijo el deán.

-Allí te confesaré, le dijo, como siempre.

-El eclesiástico no ponía los pies en el medio de las baldosas, para no pisar las rayas entre las piedras. Caminaba despacio por las escaleras que conducían hasta los aposentos de don Leocadio, pues era allí donde le gustaba realizar el mandato divino de la confesión.

-Una vez en sus aposentos y sentado en su gran silla, le dijo a doña Benita:

-“Arrodíllate delante de mí”, que soy tu confesor.

-Doña Benita se arrodilló delante de él.

-El eclesiástico la acomodó entre sus piernas, se desabrocho la sotana y el alzacuellos y le dijo entonces, empieza, hija mía.

-Por Dios, por Dios, Por Dios, soy pecadora.

-Por Dios, por Dios, Por Dios, que soy pecadora dijo doña Benita, al eclesiástico.

-Mientras decía mirando al cielo, Dios mío, Dios mío, ¡que pecado ¡, ¡Dios mío ¡, ¡Dios mío¡, ¡que pecado ¡, ¡que pecado ¡, exclamaba don Leocadio.

-Transcurridos unos minutos, le dijo a la pecadora: “ya está”, “ya está”, “ya estas perdonada”.

-Le impuso la penitencia. Rezarás todas las noches, dos rosarios completos y unas jaculatorias.

-Y le recordó que la confesión era una vez a la semana, como mínimo, le dijo, como siempre, como siempre.

-“Arrepentidos los quiere Dios”, le dijo a doña Benita

-La monja prelatura procedió a marcharse, y cuando iba caminando por el pasillo, se encontró con el sacristán don Joaquín, que le dijo que quería hablar con ella.

Don Joaquín y don Fernando eran las personas que dirigían todo el trabajo de la monja doña Benita para que esta lo ejecutara con los viejitos.

-Ven conmigo, vamos al refectorio, le dijo don Joaquín.

-Fueron caminando mientras le decía que las donaciones eran muy importantes para nuestra iglesia. Nosotros no sabemos crear empresas ni administrarlas, dependemos de ciertas iniciativas con las que nos hacemos ricos y vivimos muy bien decía don Joaquín Cabeza de Vaca a la monjita prelatura doña Benita.

-Es así como hemos acumulado este patrimonio durante siglos y siglos. Decía. Así, y acusando de herejes a muchas personas para quedarnos con su hacienda.

-Una vez en el refectorio le dijo que tomara asiento a su lado, mientras hablaba con ella, le puso la mano sobre su falda diciéndole que suave era esa tela, y le subía la toca hasta dejar al descubierto sus muslos, y se los acariciaba.

Poco a poco se entregó a la faena del amor y cuando estaban en ella la monjita doña Benita decía una y otra vez:

-Por dios, por dios, que placer me da usted señorito.

-Por dios, por dios, que placer me da usted señorito.

-Y seguía afornicando, la monjita.

-Por dios, que placer me da usted señorito, decía.

-Por dios, por dios, que placer tan grande me da usted señorito.

Y siguieron, hasta que terminaron su amor.

Se vistieron, y salieron al pasillo.

-En ese momento pasaba don Fernando Ortiz de Guzmán, el tesorero de la organización que también le dijo que quería hablar con ella y terció diciendo que hoy nuestros papas viven como marqueses en el estado más rico del mundo, por eso es muy importante esta labor que hacéis.

-Tienes que ganarte la confianza de las personas mayores y adquirir conocimiento sobre ellas para conseguir los objetivos que todos necesitamos, seguía.

-Hay algunas que son más crédulas que otras, y cuando se sienten mal tienen una especial forma de ver su enfermedad, como una relación con Dios y con la iglesia.

-Por ejemplo, a doña Piluca que está sola y que no viene a verla su familia desde hace años, vete a verla, porque yo creo que forzándola un poco aceptara que venga un notario para que haga testamento de sus heredades. Tiene una finca de gran importancia con una casa de campo muy grande. Vale mucho dinero y tenemos un testaferro para administrarla.

-Doña Leonor tiene Alzheimer pero no lo sabe el notario, y aunque lo supiera, nos interesa su testamento para que nos deje sus propiedades, decía don Fernando.

-A María Luisa, continuaba don Fernando, su familia no viene por aquí desde muchos años, y aunque esta bien de cabeza, en la confesión manifestó que se siente muy sola y hay que hacer lo posible para que nos deje sus fincas y sus dineros, decía el eclesiástico don Fernando Ortiz de Guzmán

-Tendremos éxito en nuestra labor de traer a notarios si sabemos leer los sentimientos de debilidad de las personas cercanas a la muerte, es nuestra gran baza. La debilidad tanto física como mental, continuaba, don Fernando.

-Después de analizar minuciosamente el trabajo de la monjita con los enfermos, ya desahuciados muchos de ellos y con sus facultades mentales alteradas, y antes de despedirla le dijo que pasara por el refectorio, pues quería hablar con ella más personalmente.

-Doña Benita asintió y entró de nuevo en el refectorio.

-Una vez dentro le dijo que se sentara a su lado, mientras le hablaba y le ponía una mano sobre su toca, y se la subía hasta dejar al descubierto sus piernas blancas.

-Le acariciaba sus muslos y poco a poco se entregaba al amor, y cuando estaban en ella, la monjita doña Benita decía:

-Por dios, por dios, que placer me da usted señorito.

-Por dios, por dios, que placer me da usted señorito.

Y seguía afornicando.

Y continuaba con grandes gritos de placer.

-Por dios, que placer me da usted señorito.

-Por dios, por dios, que placer tan grande me da usted señorito.

-Y seguían, hasta que finalizaron.

Cuando terminaron, se vistieron y salieron al pasillo.

Una vez estando reunidos los tres, don Leocadio, don Joaquín y don Fernando, se preguntaban quién será el señorito. Cuando estaban en estas averiguaciones vieron pasar al hijo del jardinero del convento.

Y rápidamente comprendieron quien era el señorito.

-Doña Benita era una mujer muy piadosa

-Era una mujer muy rezadora

-Era una mujer muy dócil.

-Era una mujer muy sumisa.

-Era una mujer muy buena.

-Era una mujer muy obediente.

Pero no era casta!!!

La monjita prelatura doña Benita