viernes. 01.03.2024
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Crédito foto final de página(*).

Corría el año litúrgico de 1267, en un pueblo de montaña de Cantabria

Las dos antorchas situadas sobre la chimenea de la taberna se iban extinguiendo poco a poco al igual que los candiles. Era ya muy entrada la noche cuando los amigos y vecinos que habían estado escuchando durante varias horas el viaje de Annío al mar Báltico, decidían marcharse. El ambiente en la taberna era todavía cálido, debido a la leña que había ardido en la chimenea, e invitaba a quedarse y a seguir la charla.

—Tengo que cerrar la taberna, les dijo Antón.

—Estáis todos invitados a unos orujos y a unos vinos mañana por la tarde para celebrar el regreso de nuestro amigo, les dijo el tabernero. Vendrán también unos goliardos, unos clérigos errantes que andan por la zona.

La tarde siguiente, y casi al anochecer, fueron entrando vecinos que saludaron a Annio alegrándose de verlo y de compartir un rato con él y con el resto de sus socios del astillero.

También llegaron los monjes goliardos, amigos del tabernero, que nada más entrar se sentaron junto a la chimenea y entonaron la siguiente canción:

“Por Dios, por Dios, por Dios, por el perpetuo socorro”, decía un goliardo.

“Por María santísima”, decía otro.

“Kirie leison”, decía otro.

“Tráiganos más vino tabernero”, decían a coro los clérigos errantes.

“Un pellejo de buen vino”, decían mientras iniciaban sus risas.

El tabernero se lo llevó junto con una bandeja con trozos de asado de cordero, recién salido del horno, cuyo olor impregnaba la taberna de buenos humores, después atizó el fuego, puso más troncos de leña en la chimenea, y encendió las antorchas y los candiles.

Se fueron acercando amigos y vecinos que saludaban y felicitaban a Annio por el éxito de su largo viaje, lo abrazaban con efusividad y pedían su orujo y un trozo de asado.

Cuando llegaron los dos socios de la construcción de barcos a la taberna, Abilio y Talanio, el ambiente estaba ya caldeado. Se saludaron todos y brindaron por la ocasión.

Los goliardos iniciaron los cánticos en honor a la gallina:

“Ma que cosa e una gallina”, decía uno de los monjes, simulando una voz cascada.

—“Gallina e il nuomo de un huomo que diche no al matrimonio”

—“Y Annio ¿e una gallina?”

—“No, Annio non e una gallina”

—“Marcus e un gallo”

—“Ma perqué Annio e un gallo”

—“Perque tutil le jorni, tuti le noti, pelea con la sua ragazza”

—“Y cual e il resulatato de la sua pelea”

—“Il resultato de la pela, e Salio.”

—“Y el obispo O´Lixeiro, ¿e un gallo?”

—“No, el obispo O´Lixeiro non e un gallo”

—“O´Lixeiro e una gallina”

—“¿Ma perque O´Lixeiro e una gallina?”

—“Per que none jorni, none noti, pelea con none ragazzi”

—“Capitto”

De nuevo los goliardos, solicitaban la presencia del tabernero:

“Tráiganos más vino tabernero”, decían a coro los goliardos.

“Por Dios, por Dios, por Dios, por el perpetuo socorro”, decía uno de ellos.

“Por María santísima”, decía otro.

“Kirie leison”, decía otro.

—¡Salio!, le decían los monjes, invitando a subir al barril, al hijo pequeño de Annio.

—“Que sí, que sí, que eso es así”

—“Que no, que no, que es de otra manera”

Y se bajaba del tonel, muerto de risa, a refugiarse con los amigos de su padre hasta que los monjes errantes lo llamaban de nuevo, y subía de nuevo de un brinco y cantaba divertido.

—“Si zorro era el padre”.

—“Zorro era el hijo”.

Entre risas y chanzas de los presentes, un goliardo les dice a sus compañeros: Ahí van los cánticos al padre prior:

Uno de los clérigos errantes, disfrazado de prior, muy anciano, simulando alucinaciones, demencia, sin dientes, envejecido y con arrugas muy marcadas, decía cuando simulaba estar postrado antes de morir:

—“Quiero salir a la calle”.

—“¿Para qué padre prior?”.

—“Para buscar una doncella”.

—“¿Y para qué padre prior?”.

—“Para jodella y jodella hasta que no sea más doncella”.

—“Acuéstese, padre prior, por Dios, por Dios”.

—¡Salio!, le decían los monjes, y subía de un brinco al tonel a echarse otro zapateado.

—“Que no, que no, que eso no es así”.

—“Que sí, que sí, que eso es de otra manera”.

—“Si zorro era el padre, zorro era el hijo”.

Y corría divertido a refugiarse con sus amigos, que se reían.

—Salio, cuéntanos la historia del arriero devoto, le decían los goliardos.

Salio, saltando al tonel, zapateaba mientras algunos vecinos cantaban, y contaba la historia,

—“Esta es la historia de un hombre corajudo”.

—“Esta es la historia de un hombre valiente”.

—“Esta es la historia de un gran hombre”.

—“Esta es la historia de una lengua que chupaba una orejilla”.

—“Esta es la historia de un hombre con una gran lengua”.

—“Esta es la historia de un gran lenguatero”.

—“Esta es la historia del arriero devoto”.

—Salio, otro zapateado, decían los clerigos.

—“Si zorro era el padre”.

—“Zorro era el hijo”, decía el chico con gran regocijo.

Un goliardo simulando ser un hombre muy rústico, devoto de dios y con pocas luces, les dice, os voy a contar las confesiones del arriero.

—“El devoto arriero, llega con las seis acémilas del señor obispo, al monasterio para ser oído en secreta confesión”.

—“Me confieso ante Dios todopoderoso, señor obispo”.

—“¿De qué te acusas,?”.

—“He fornicado”, dijo el arriero, compungido, de rodillas en el confesionario.

—“Pero ¿cómo haces eso?”, le dijo el deán.

Se hizo el silencio.

—“¿Cuál ha sido?”, inquirió el obispo.

—“La Bernarda”.

—“¿La Bernarda? ¿La Bernarda? Pero, si esa es la más fea”, le decía el obispo.

—“Lo se padre, pero es la que me gusta”.

—“No lo vuelvas a hacer, no lo vuelvas a hacer”, dijo muy irritado el deán, saliendo a darle un gran madrazo.

—“Perdone, disculpe, no sabía que era la suya”.

Los goliardos de nuevo, llamaban a Salio, que subía al tonel.

—“Si zorro era el padre”.

—“Zorro era el hijo”.

Y se marchaba corriendo divertido. De nuevo el goliardo rústico, simulando ser un eclesiástico:

—“¿De qué te acusas?”

—“Que forniqué”

—“¿Y cuántas veces?”, le preguntó el confesor.

—“Muchas, padre”

—“¿Y con cuál?”, le preguntó el cura con apremio.

—“Con la Bernarda”, contestó el mozo de mulas.

—“¿Con la Bernarda?”, le pregunta el eclesiástico otra vez.

—“¿Con la Bernarda?”, volvió a inquirir el obispo.

—“Así es”, le contestó el arriero.

—“¿Pero, cómo haces eso?”

—“¿Por qué padre?”.

—“Porque esa no es la tuya”.

—“Disculpe padre prior”.

—“Márchate de aquí, pervertido”.

El goliardo prior simulaba salir del confesionario como una exhalación para escorrerlo y darle de madrazos. El arriero devoto preocupado e intranquilo porque no tenía la absolución se fue a otro confesionario y de nuevo empieza con su confesión:

—“Vengo a acusarme, padre”

No tuvo respuesta, y de nuevo inicia la retahíla de sus pecados.

—“Vengo a confesarme padre, he fornicado”

—“Pero, a mí que hostias me dices, si yo soy el carpintero”

Y así el carpintero que lo conocía, enterado de sus desvaríos y ardores amorosos, salió riéndose del confesionario que estaba arreglando, y le dijo con sorna:

“¿Con cuál?”, le preguntó riéndose.

El arriero devoto escarnecido, se alejó raudo del confesionario. Como el de los jumentos no se quedó a gusto con la confesión y sin la absolución, y necesitado de esta y de consuelo fraterno busco otro clérigo. Esperó unos minutos a que acabara la discusión simulada de monje y obispo, y se dirigió al primero, para preguntarle si lo podía oír en confesión:

“Pasa por aquí”, le dice el goliardo, que se percató que necesitaba del ejercicio del santo sacramento.

—“Confieso que he pecado”, le dijo al monje.

—“¿En qué has pecado?”, le preguntó.

—“Que he fornicado”, le dijo al fraile.

—“¿Y con quién?”.

—“Con la Bernarda, padre. Estoy muy arrepentido y me voy a quitar”, le dijo al monje, así de esta manera, para que no lo escarneciera.

Después de unos minutos de silencio, y mientras el clérigo discernía y se acicalaba la barba con la mano izquierda, le respondió:

—“¿Pero por qué te vas a quitar? ¿por qué te vas a quitar?”

—“No tienes porque hacerlo, le decía el clérigo errante. No lo hagas, si es la que te gusta.

De nuevo los goliardos, se reían y solicitaban la presencia del tabernero:

—“Por Dios, por Dios, por Dios, por el perpetuo socorro”

—“Por María santísima”

—“Kirie leison”

—“Tráiganos más vino tabernero”

El tabernero les repuso su frasca de vino. Los goliardos iniciaron los cánticos en honor al abad Narcho el Vidaurio. Uno de los clérigos se arranca cantando:

—Esta es la historia de un hombre que iba y venía.

—Esta es la historia de un hombre que aparecía y desaparecía.

—Esta es la historia de un armario.

—Esta es la historia de Narcho el Vidaurio.

Y otro de ellos continúa riéndose:

—Esta es la historia de un hombre que quería subir.

—Esta es la historia de un hombre que no podía subir.

—Esta es la historia de un hombre que fue aupado.

—Esta es la historia de Narcho Vidau.

Los dos monjes cantan:

—Esta es la historia de un hombre que era del supremo.

—Esta es la historia de un hombre que era juez del supremo hacedor.

—Esta es la historia de un hombre que prevaricaba.

—Esta es la historia de un hombre que así fue aupado.

Los tres clérigos continúan los cánticos:

—Esta es la historia de un hombre que engañaba a las baldosas.

—Esta es la historia de un hombre que no pisaba la raya.

—Esta es la historia de un hombre que no pisaba la raya de las baldosas.

—Esta es la historia de un aupado.

Y continúan:

—Esta es la historia de un opuseiro.

—Esta es la historia de un hombre que daba halos e IDUS.

—Esta es la historia de un hombre que mandaba en los perros.

—Esta es la historia de un hombre que era un perro.

Los goliardos iniciaron los cánticos en honor a la monja lavandera del convento:

—Esta es la historia de la Lavandera.

—Esta es la historia de una mujer piadosa.

—Esta es la historia de una mujer rezadora.

—Esta es la historia de una mujer dócil.

—Esta es la historia de una mujer sumisa.

—Esta es la historia de una mujer temerosa de Dios.

—Esta es la historia de una mujer que lavaba y lavaba.

Esta es la historia de una gallina, decían los monjes:

—Esta es la historia de una gallina.

—Esta es la historia de una estúpida.

—Esta es la historia de una mujer estúpida como un gallina.

—Esta es la historia de la monjita lavandera.

—Esta es la historia de una lavandera.

La última, dijeron los goliardos, en honor al felón Salmónidas:

—Esta es la historia de un hombre que no quería sacar patatas.

—Esta es la historia de un hombre que no quería sacar nabos.

—Esta es la historia de un hombre que no quería limpiar establos.

—Esta es la historia de un hombre que solo quería dar halos e IDUS.

—Esta es la historia de un hombre de corto recorrido.

Esta es la historia de la alferecía del felón.

Esta es la historia del felón Salmónidas.

—Esta es la historia de un complejo de inferioridad.

—Esta es la historia del felón que necesitaba medirse con los demás.

—Esta es la historia de un hombre que no consiguió nada en la vida.

—Esta es la historia de un felón que necesitaba dar IDUS, para compensar su sentimiento de inferioridad.

(*) Crédito foto: 

Canciones Goliardas