viernes. 21.06.2024

Tres goliardos, MarcusGorka y Antxon, llegan al monasterio donde se iban a encontrar con el obispo. Este quería para hablar con ellos de su viaje por Europa, y de su negocio, la construcción de barcos. Descabalgaron de sus monturas, cogieron las bridas, acercaron los caballos al establo, e iniciaron una charla con un hombre que cepillaba a unas burras.

- Por dios, por dios, por dios, buenos días, dice uno de los goliardos, al mismo tiempo que alababa el esfuerzo por mantener el pelaje de los equinos limpio y lustroso.

- Buenos días, buenos días, le contesta el hombre de los jumentos.

Mientras tanto otro goliardo se acercó a la puerta y golpeó la pesada aldaba de hierro de la puerta.

- Un fraile salió a recibirlo y le dijo.

- ¿Sr. Marcus?, le preguntó. 

- Lo esperábamos, le dijo el portero. ¿Sus amigos van a pasar?, le pregunto.

- Pasaremos todos. Le contestaron los tres al unísono.

- ¿Quieren ustedes dejar sus ballestas y sus espadas?, le preguntó, atemorizado por la altura de los tres amigos y por sus armas.

- No gracias, siempre las llevamos con nosotros. No nos molestan.

- Y Usted Sr. Marcus, ¿no quiere dejar su espada?, es la casa de Dios. Somos gente de la Iglesia.

- No se preocupe, las llevaré también conmigo, le dijo.

- Acompáñenme, les dijo, un poco angustiado ante la vista de las armas.

Los condujo a través del claustro y mientras lo rodeaban, pudo ver su arcada, sus columnas dobles sosteniendo capiteles decorados con formas de hojas y unos cipreses que casi llegaban al campanario de la iglesiaMarcus observó el arco de hierro del pozo, donde unas aves córvidas negras estaban posadas. Un grupo de monjes caminando de forma silenciosa, rodeaban el claustro en dirección contraria y al cruzarse con los tres amigos observaron sus armas con temor. Así llegaron a la iglesia donde el monje los introdujo por una puerta lateral y les indicó los asientos que les habían sido asignados.

Un grupo de monjes caminando de forma silenciosa, rodeaban el claustro en dirección contraria y al cruzarse con los tres amigos observaron sus armas con temor

- Dándole las gracias, le contestaron que se situarían en la parte trasera de la nave, cerca de la pila bautismal, que contenía agua bendita.

Entre los asistentes a la misa, estaban algunos feligreses y monjes del monasterio.

Los tres goliardos, miraban estupefactos lo que veían, pues nunca habían estado en una ceremonia de la santa misa.

En el sermón del obispo oían lo siguiente:

- “Las obras de la Iglesia, son la construcción de ermitas y de catedrales para que los hombres puedan rezar y conseguir que sus pecados les sean perdonados, y así liberarse del castigo eterno de las llamas. “

- “Continuó el predicador su discurso diciendo que hay obras que no resistirán el paso del tiempo, porque son construidos por hombres impíos. Si Dios hubiera querido que los hombres construyesen barcos más grandes, las barcas de san Pedro habrían sido más grandes, y que como no fue así, mejor harían en donárselas a la iglesia”.

- “Siguió diciendo que los dineros de los mercaderes deberían de darlos a los representantes de Dios en la tierra, pues ellos ayudarían a lavar sus pecados”.

- “La soberbia ante los ojos de Dios, es un pecado horroroso porque ofende a toda la cristiandad y a las enseñanzas de la Iglesia”.

Después inició el descenso del pulpito gustándose por el discurso pronunciado, y algo más seguro de sí mismo, para proseguir con el oficio de la santa misa.

Una vez finalizada la ceremonia, se retiró seguido de los sacristanes y de los monaguillos hacia la sacristía, y los niños iniciaron el descenso desde la plataforma donde se ubicaba el coro. Después de cambiarse de vestimenta en la sacristía, se dirigió hacia la puerta para saludar a los presentes.

Los tres goliardos, miraban estupefactos lo que veían, pues nunca habían estado en una ceremonia de la santa misa

- El obispo Álvaro del APortillo empezó a hablar para los asistentes y decir:

- Los obispos deben de poseer vida, ciencia, doctrina y poder, decía.

- Los prelados debemos de cuidarnos de dudas y de pensamientos nocivos, continuó, Álvaro del APortillo.

- Además debemos de tener coraje para no sucumbir a la adversidad y templanza para no descontrolarnos en la prosperidad, siguió el prelado.

- Dirigiéndose a una condesa presente le decía en un breve aparte:

- Mañana cuando vaya a verla le comentaré algo que tenemos que hacer con esos constructores de barcos, le decía a una condesa.

- Cuando quiera me explica, señor Obispo, le contestó la condesa.

-Se trata de tres socios que están amancebado, le decía el APortillo. 

- Imagínese nuestra turbación cuando decidí recibirlos, decía don Álvaro. Estaba muy nervioso. Se llaman Marcus, Gorka, y Antxón.

- Y son amigos de un tabernero que se llama Vilio, que como ellos también es apostata, continuó.

- Hay que difamarlos y calumniarlos, para luego incapacitarlos y quitarles sus naves y sus posesiones, para que vuelvan al redil de la iglesia y salven su alma de la condenación eterna, y que trabajen limpiando establos y ayudando en labores de este monasterio. 

- Así es. Hay que decir que están locos, y después enloquecerlos y romper la amistad de los tres socios, decía el del APortillo.

- Así lo haremos. Así lo haremos. Sabemos cómo hacerlo porque alguien nos enseñó, le dijo la condesa.

- Pero usted señor obispo donde aprendió el arte de la difamación y la calumnia, le preguntó la condesa con cierto aire de admiración por el deán.

- En Ovetum, señora marquesa, en la iglesia de Ovetum. Allí saben cómo hacerlo, y allí aprendí.

- ¿Y esta vez como lo vamos a hacer?, señor obispo.

- Como de costumbre, como siempre, le dijo el obispo, mirándola con cara de satisfacción. Utilizando nuestros perros.

- Todos los perros son suyos, señor obispo, no sea usted tan humilde.

- El eclesiástico reía a mandíbula latente. Que sagaz es usted señora condesa.

- Por cierto, donde adquirió el amor por los niños?

- Como de costumbre, como siempre, le dijo don Álvaro, riéndose, en la Iglesia, en la iglesia.

Un monje que asistía discretamente al deán, se acercó a este, y le dijo:

- Están aquí los tres caballeros que Usted mando llamar.

- Dígale al que se llama Marcus, que pase solo él. Los otros dos que esperen.

- Señor Marcus, puede usted pasar.

Hay que difamarlos y calumniarlos, para luego incapacitarlos y quitarles sus naves y sus posesiones, para que vuelvan al redil de la iglesia y salven su alma

- Pasaremos los tres, que somos socios, le respondió un goliardo.

- De acuerdo, dijo el Obispo de Ovetum, Don Álvaro del APortillo

- El monje los introdujo en una sala con una chimenea en la que quedaban débiles rescoldos de un pequeño fuego.

- Tengo entendido que acaba usted de venir de países muy lejanos y muy fríos, le dijo la condesa. Cuéntenos algo de esos países, le pidió con interés.

- El frio es muy intenso, la noche dura mucho tiempo, y el hielo congela los mares.

- Además están naciendo muchas ciudades donde los hombres son libres y no son siervos, muchos de estas llevan la palabra burgo, continuó Gorka. Sus habitantes se llaman burgueses.

- También puedo decirle, que en estos países, la religión es diferente a la suya. Tienen otros dioses y otras deidades, pero no tienen intermediarios en la tierra, como su amigo el señor obispo, siguió el goliardo.

- La condesa ante lo dicho, comunico que se marchaba.

- Mi asistente la acercará hasta la puerta, le dijo Álvaro del APortillo.

- La nuestra es la única religión y lo que decimos nosotros, los intermediarios de dios en la tierra, es la verdad, dijo Álvaro a Gorka, reprendiéndolo con aspereza.

- Nosotros hablamos por boca de Dios, continuó el pastor.

- Es probable que sepa que a ninguno de los tres nos interesa su religión, señor obispo, le dijo Marcus.

- Es probable que no sepa que somos apostatas, continuó Antxon.

- Su soberbia los llevará al fuego eterno, le respondió, el deán.

- Son ustedes pecadores e impíos, continuó. 

- Además están amancebados, contra la ley de Dios, siguió con su perorata.

-¿Para qué nos mandó llamar señor Obispo? Le dijo Marcus con un gesto de enfado y poniéndose a su lado, acto que fue seguido por Gorka y por Antxon, provocando que el obispo tuviera que levantar su cabeza hacia arriba, atemorizado.

- Me tienen Ustedes que entregar los planos de los barcos que están construyendo.

- Los tres se miraron estupefactos. Gorka puso discretamente su mano en la empuñadura de su espada.

También puedo decirle, que en estos países, la religión es diferente a la suya. Tienen otros dioses y otras deidades, pero no tienen intermediarios en la tierra

- El obispo, un poco disminuido por el gesto de los tres amigos, le dijo que tenía que comprobar que los planos del barco no habían sido hechos por el maligno. Corren voces que dicen que demonios de la iglesia católica, disfrazados de dioses normandos y vikingos, les habían proporcionado la forma de construirlos, y que por tanto son contrarios a la ley de la iglesia y que se hundirán.

- Esos planos y esos conocimientos nos pertenecen, señor Obispo, y le reiteramos nuestra decisión de no darles nada. No pertenecemos a su Iglesia, y si perteneciéramos tampoco se los daríamos.

- Además nos está usted irritando, le dijeron, y mucho.

- Mando llamar a su monje asistente, y le dijo atemorizado “quédate conmigo”.

- No solo me entregaran los planos, sino que me escribirán en pergaminos, todos los conocimientos que haya conseguido señor Gorka, en ese viaje por los países del norte. Sabemos que es usted un hombre de letras y que ustedes señor Marcus y señor Antxon, también son personas instruidas y que saben leer y escribir, dijo don Álvaro del APortilo.

- También me escribirán en pergaminos las rutas comerciales por las que hayan viajado y los productos que transportan, de puerto a puerto, les dijo el deán y en adelante cesaran de construir barcos y darán el dinero a la iglesia, para ser utilizado para salvarlos del fuego eterno, mediante la construcción de ermitas e iglesias dirigidas al engrandecimiento de la Iglesia

- Y por último, sabemos que están ustedes buscando un aparato que permite mejorar el conocimiento de la posición en el mar. Ese conocimiento también nos lo tiene que entregar, señor Marcus.

Todos esos conocimientos los va usted a poner por escrito, pues solo a la iglesia nos corresponde su posesión, para utilizarlos para nuestro engrandecimiento

- Le repetimos que nos pertenecen. 

- El conocimiento y su administración en la tierra solo corresponde a los representantes de la iglesia, continuó el Obispo, creciéndose, casi iracundo.

- El conocimiento solo vale para salvar almas en pecado, para luchar contra los infieles y engrandecer a los curas, continuó, el prelado

- Además, usted señor Antxón, sabemos que es un hombre instruido en la elaboración de planos, que sabe interpretarlos y que tiene muchos conocimientos de ferrerías de monte, de molinos y de aserraderos hidráulicos, que como usted sabe están muy ligados a los ejércitos y a las armas. Todos esos conocimientos los va usted a poner por escrito, pues solo a la iglesia nos corresponde su posesión y administración, para utilizarlos para nuestro engrandecimiento. 

- ¿Que le importan a usted señor obispo, las ferrerías de monte y los molinos hidráulicos?, le respondió Antxón.

- Usted sabe que el hierro es cada vez más importante. Todos los aperos de labranza se construyen con hierro, y el hierro es necesario para proteger a los caballeros y a los caballos en las contiendas militares, y los molinos hidráulicos no solo sirven para la molienda, sino también para mejorar la calidad del metal que se extrae de las ferrerías, señor Antxón, le decía don Álvaro.

- Se los traeremos en breve señor Obispo. Hemos oído su petición y es muy justa, y por eso la atenderemos de forma conveniente, dijo Marcus.

- Y ahora si nos disculpa, nos queda un largo camino por recorrer.

- Un monje los llevara hasta fuera, les dijo el deán.

- No hace falta, obispo, conocemos el camino y nos veremos pronto, le dijeron los tres, sacando un poco sus espadas y volviéndolas a introducir en sus respectivas vainas, provocando una expresión de angustia en su cara.

Una vez que se fueron, el Obispo lleno de inquietud tras la conversación con los constructores de barco, le dijo al monje:

- Llama a Ajosefo, el mozo de mulas, a Ajosefo Antuanido.

- Cuando llegó el arriero le dijo, hay que darle un bebedizo, un toxico a una persona para volverlo loco.

- De acuerdo, señor Obispo. ¿Cómo siempre?, le preguntó.

- Así es, como siempre.

- Además Ajosefo, vete a buscar a Xermanxito, que quiero hablar con él.

- ¿A Xermanchito el Salmonidas?

 - Al mismo. Obedécelo en todo lo que te diga, le dijo el obispo.

- Pero señor obispo, hay gente que dice que es un orate.

- Es cierto, pero es un gran difamador y un gran calumniador.

- No sabe hacer nada. No le gusta sacar nabos, ni lechugas, ni ordeñar las vacas, ni limpiar los establos. Solo le gusta estar con las condesas, organizar idus y nunca paga a los taberneros.

- Además dicen que le causa un gran placer difamar, calumniar y hacer daño a las personas.

- Así es. Es un gran desestabilizador, porque es un orate, dijo el deán.

- Destroza a las personas, les da Idus, provoca su suicidio o su marcha a otros países, y así la iglesia a través de testaferros compra sus propiedades a precios muy bajos. Por eso lo necesitamos. 

- El sabe cómo hacerlo aunque esté muy enfermo. Después nosotros le quitaremos sus propiedades. De momento hay que utilizarlo, y apoyarnos en él y en los sin fuerza, en los perros.

Corría el año litúrgico de 1079. 

El conocimiento de los eclesiásticos