jueves. 13.06.2024

Atrás habían quedado los horrores y las pesadillas del año 1000, cuando Gorka y Servando dejaron Hamburg, para iniciar el camino que los conduciría hasta Lübek, encontrándose con numerosas carretas tiradas por caballos que transportaban mercaderías y cargas de sal destinada a los caladeros y pesquerías cercanas a esa ciudad. 

Atravesaron poblados de fondas, de casas de comidas, de tabernas y de casas donde se ofrecían cambios de monturas, y continuando después por sendas permitidas solo a los que íban a caballo. Un camino muy transitado con numerosas gaviotas que sobrevolaban el río Elba

- Sorprende la gente que hay viajando y los numerosos grupos de policías a caballo, dijo el navarro Gorka.

- La policía se creó por los ayuntamientos de las ciudades costeras de Alemania y del Balticum, y por las fluviales como Köln, para proteger los intereses de los mercaderes y de los artesanos y vigilar el intenso tráfico de comercio, contestó Servando.

La Ruta de la Sal, une la ciudad de Lünenburg donde la extraen, con el puerto de Lübek, principal puerta al Balticum

Después de cinco días de viaje llegaron a Lübek ya de noche y se acercaron a la fonda donde vivía Remigio, amigo de la infancia de Servando.

- ¿Está el Sr. Remigio?, preguntó Gorka a la posadera.

- Un momento, le contestó una mujer alta y corpulenta.

- fue a avisarlo y al poco tiempo salió Remigio, que al verlo, exclamó lleno de alegría, ¿Cómo estás?, le dijo a Servando con un grito de sorpresa.

- Que alegría, casi dos años sin vernos, le dijo a su amigo de la infancia.

Después de un gran abrazo y de risas, comentó dirigiéndose a Gorka: un colega que construye barcos en Cantabria, con sus socios.

- Vamos a celebrar vuestra visita con unas cervezas, dijo Remigio

- Fueron a una taberna que tenía un gran fuego en la chimenea, donde había muchos extranjeros y grupos de cántabros, de extremeños y de navarros, cenando.

- Servando y yo hemos sido pastores en Extrema Dorii, comentó a Gorka, de ahí viene nuestra amistad.

- Lo sé, le dijo Gorka.

Cuando llegó el camarero encargaron un asado de corzo y cervezas, y mientras comenzaban una animada charla en la que Servando le preguntaba por su negocio de transporte de la sal.

- Me va muy bien. Antes hacía varios viajes al mes desde Lünenburg. Ahora el transporte lo dejo en manos de otras personas que trabajan para mí, y yo me dedico a temas relacionados con la venta, le explicó Remigio.

Hay muchos mercaderes germanos que se están estableciendo allí, y que disfrutan de derechos de comercio con los pescadores norteños

- También estoy ampliando mi negocio, continuó, y he mandado construir un barco para llevar sal hasta Bjöorguin, en Norvegia para la salazón del bacalao que viene de las pesquerías del norte, continuo.

- Hay muchos mercaderes germanos que se están estableciendo allí, y que disfrutan de derechos de comercio con los pescadores norteños que cada verano navegan con dirección a Bjöorguin. Es una ciudad que está creciendo mucho, y quiero aprovechar la oportunidad, dijo Remigio.

- Mi negocio es la sal, siguió. Además, transportaré otras mercaderías de Bjöorguin Lübek. Y tú, amigo Gorka, ¿qué haces aquí?, le preguntó.

- Soy socio, con otros amigos, estamos construyendo barcos en Cantabria y viajo por el norte de Europa para conocer rutas comerciales, los tipos de mercaderías que se transportan, visitar ciudades y personas y adquirir conocimientos y contactos para sacarles provecho a los viajes que hagamos.

- Por esto he aprovechado la oportunidad que me brindó Servando para conocer en detalle lo que está pasando en torno a este Balticum, continuó Gorka.

- Remigio, y a ti, ¿qué te hizo llegar hasta aquí?, le preguntó el navarro.

- Era pastor en un pueblo de Extremadura, llamado Trujillo. Allí conocía a Servando y juntos decidimos emigrar. Llegamos a Bilvao y un barco nos llevó hasta Antverpia. Allí conocimos la transformación de la lana y nos iniciamos en su comercio. Aquí podemos progresar, porque dependemos de nosotros mismos, pero en Extrema Dorii siempre seríamos pastores y siervos. Aquí soy parte de la burguesía y tengo derechos y unos dineros que reinvierto para conseguir más, expresó Remigio.

- Todos los que estamos por el Balticum hicimos algo parecido. En las ciudades y en los burgos podemos avanzar dedicándonos a la artesanía o al mercadeo, dijo el extemeño.

- Pasamos algunos años juntos, como socios, en Antverpia y en Bryggia, y después yo decidí apartarme del mundo de la lana y de los telares, e iniciarme en el negocio de la sal, continuó.

- La sal es una de las principales fuentes de poder y riqueza que se están creando en torno al Balticum y me brinda más posibilidades. Su comercialización y las vías de su transporte son arterias vitales de la economía, continuó.

- Empecé transportando la sal yo mismo en carretas desde Lüneburg, después poco a poco me dediqué a organizar el transporte de sal por mar, y a la venta a las factorías de salazones de arenques, de bacalao y otros pescados en otras regiones.

- La Ruta de la Sal, une la ciudad de Lünenburg donde la extraen, con el puerto de Lübek, principal puerta al Balticum y que precisa más sal que la que es capaz de producir. Necesitan unos veinte días para recorrer el camino que conduce desde Lüneburg hasta Laüenburg y después a Lübek, que es el puerto más importante porque tiene acceso a los caladeros del Mare Germanicum. Está a unas ocho leguas del río Elba y en sus alrededores existen muchas fábricas de sal, prosiguió Remigio.

La sal es una de las principales fuentes de poder y riqueza que se están creando en torno al Balticum y me brinda más posibilidades

Lübeck goza de gran riqueza y de poder y creó alianzas con otras ciudades que controlan el acceso a las rutas de la sal.También se embarca y es suministrada a toda la costa del Balticum y Scandinavia, donde existen numerosas instalaciones para la salazón del pescado procedentes de los caladeros de arenques de estos mares del norte. 

- Cambiando de tema, Remigio nos contó el problema que tenía con unos eclesiásticos que lo estaban acosando para que les regalara el barco que estaban construyendo a cambio de conseguirle un buen sitio en el cielo, próximo a san Pedro, para pasar la eternidad, pues san Pedro era pescador de hombres y sabía de barcos. Les comunicó en sucesivas ocasiones que no estaba interesado ni en sus rezos ni en sus plegarias, ni en ninguna posición de privilegio en el cielo. Y que además era muy dudoso que él fuera allí.

- Insistían y volvían otra vez, con los sobrinos de los obispos, comentaba Remigio.

- Son simoniacos pederastas, decía Gorka. Hay que quitarles esos niños, que aprendan un oficio para que puedan ser independientes y autónomos.

- El daño hecho a esos niños es tremendo, y hay que intentarlo. Además, hay que darle una paliza al obispo y a los eclesiásticos, dijo Servando.

- En Flandes, los obispos se quieren hacer con los mejores paños de cada telar y de cada taller aduciendo que les preocupa mucho nuestra salvación eterna, decía con sorna Servando y por eso nos reunimos todos los gremios de artesanos y de comerciantes y lo arreglamos en seguida, continuó.

- ¿Cómo lo habéis hecho?, le preguntó Gorka.

- Hablamos con la policía que se creó para proteger el comercio entre BryggiaAntverpia, y otras ciudades, y cuando los veían, les daban unas palizas tremendas, e incluso se localizó a algunos de los obispos y a los abades que los enviaban, y a algunos de estos, también se les dio lo suyo. Cuando comprendieron que no nos interesaban sus intercesiones ante la Virgen o ante Dios, o ante Jesucristo, ya nos dejaron en paz. Pero todavía hubo algunos que se empecinaban en salvar nuestras almas a costa del dinero de nuestros telares y tuvimos que organizar a un grupo de hombres, una policía paralela. Las palizas fueron horrorosas, y a pesar de todo, algunos volvieron, pues los obispos los enviaban de nuevo, y otra vez se les volvió a dar su merecido. Cuando quedaron lisiados y no pudieron caminar, ya comprendieron que sus propuestas de salvación eterna no le interesaban a nadie.

En Flandes, los obispos se quieren hacer con los mejores paños de cada telar y de cada taller aduciendo que les preocupa mucho nuestra salvación eterna

Remigio se reía.

- Las palizas cuanto más enérgicas mejor, comentó Servando. A los eclesiásticos, hay que darles palos, si tú no sabes por qué les pegas, ellos sí, y es suficiente.

Y de nuevo se rieron.

- Creo que dentro de dos semanas vendrán por aquí y ya tienen una golpiza encargada le dijo Remigio.

- Aparte de la tuya, tendrán la mía, les dijo Servando.

- De acuerdo, pero ten cuidado, pues los eclesiásticos son gente cruel y vengativa, aunque también cobardes y canallas.Nunca sabrán quien fue, pero sabrán que fue, y eso es suficiente, dijo Gorka, y volvieron a reír.

- Si vienen con sus sobrinos los vamos a liberar y a llevar a alguna ciudad, donde puedan ser ciudadanos con todos sus derechos para que no los puedan utilizar. Conque luchen por sí mismos y se olviden de sus abusadores, podrán olvidar los traumas que les crearon. Les buscaremos trabajo en Vlaanderen para que se puedan recuperar y se inicien en algún taller de artesanos y ganen su dinero, que, con eso, poco a poco podrán evolucionar.

- Al cabo de dos semanas, llegaron los eclesiásticos a hablar con Remigio, aduciendo que debería de ponerse a bien con el todo poderoso, con el altísimo, y con el santísimo sacramento, y que la mejor forma era entregar ese barco al obispo.

- Eso está muy bien, señores, pero ¿qué garantías tengo yo de que ustedes van a cumplir su propósito y van a hablar bien de mi a san Pedro, para que me deje pasar?

- Nosotros somos eclesiásticos, señor Remigio, somos intermediarios de Dios en la tierra. Tiene que confiar en nosotros.Le decía uno de los eclesiásticos, mientras los sobrinos callaban entristecidos, con la mirada en el suelo.

- Tengo un conocido que hizo tratos con un obispo francés, que le dio una gran heredad, y que sospecha que ustedes, los hombres de la Iglesia no hicieron todo lo que estaba en sus manos para arreglar el asunto de su futura posición en el cielo de forma satisfactoria ante Dios todopoderoso, dijo Remigio.

- Tal vez, continuó el extremeño, es que ustedes los eclesiásticos no rezaron lo suficiente, y por eso, este señor sospecha que no tendrá ese lugar privilegiado en el cielo, sino otro de inferior valor cuando llegue a presentarse ante san Pedro.

- Eso no puede ser, señor, le contestó uno de los sacristanes. Nosotros oramos muchas horas al día para lavar los pecados de los hombres. 

- Comprendo su postura, les contestó, pero entienda usted, que no estoy dispuesto a entregar el barco, si no se redacta un escrito en el que quede constancia de todas las condiciones y circunstancias pactadas de una forma clara e inequívoca, le dijo el empresario, y que debe ir firmado por el obispo e incluso por un cardenal, para que cuando suba a los cielos no me pongan problemas, porque mis pecados son muchos.

Nosotros somos eclesiásticos, señor Remigio, somos intermediarios de Dios en la tierra. Tiene que confiar en nosotros

- ¿Nos puede decir que tipo de pecados?

- Los pecados de la carne.

- ¿La gula es su pecado, señor Remigio?, le preguntó uno de los sacristanes.

- Si solo fuese la gula, no tendría problemas para entrar en el reino de los cielos. Así que háblenlo con su superior, dijo Remigio.

- Lo hablaremos con el obispo, a ver qué se puede hacer, dijeron los sacristanes

- Creo que es mejor que le diga a su eminencia que venga a verme para hablar personalmente del tema, dijo Remigio.

- De acuerdo, señor Remigio, vendrá el obispo, a condición de que sea una reunión discreta, le contestó otro de los sacristanes eclesiásticos.

- A los pocos días llegó el obispo, acompañado de cuatro sacristanes y de sus sobrinos. Después de los saludos pertinentes, el eclesiástico le dijo: «Parece que quería Usted verme.

- Mire señor obispo, iré al grano, no les entregaré el barco si no firma usted y un cardenal, un documento que recoja las condiciones y circunstancias de la donación, incluyendo sus obligaciones para conseguir que san Pedro me admita en el cielo cuando suba. No quiero que arriba me pongan algún problema o me pidan alguna donación adicional.

- ¿Pero, ¿quién se ha creído usted que es?, le contestó el obispo. Es usted un desvergonzado.

- ¿Cómo que soy un desvergonzado?, le dijo Remigio, enfadándose.

- Es usted un cabrón, le dijo el obispo.

- A mí no me llama cabrón, que no soy hombre casado.

- Entonces, es usted un maricón.

- Servando que lo oye, le dice al obispo: «Usted ha venido a insultarme a mí, y eso no se lo tolero. Que yo no le hice nada y ni siquiera le conozco. Los maricones solo hablan con maricones, y si usted llama a mi amigo maricón, me está usted llamando maricón también a mí, y eso no se lo voy a tolerar.»

- Entra Remigio en juego y le dice: «Usted solo vino aquí a insultarme, y no se lo voy a permitir. ¿Quién se cree que es usted, para venir a vituperarme?», «Aquí solo hay un desvergonzado y ese es usted. Que yo no lo conozco, y ha venido a hacerme de menos, y bajo ninguna circunstancia lo voy a pasar por alto, que soy un burgués y tengo derechos. Los maricones son los pederastas simoniacos como usted.»

Señor obispo no les entregaré el barco si no firma un documento incluyendo sus obligaciones para conseguir que san Pedro me admita en el cielo cuando suba

- Los maricones son los eclesiásticos viciosos, como usted, expresó indignado Remigio otra vez.

- Los maricones son los perros como usted, le gritaron Gorka y los dos amigos.

De forma rápida, Remigio le amordazó, le ató los pies, y le introdujeron un saco por la cabeza y Servando le dio una tunda con un palo fuerte que tenía preparado.

- No le pegues más, Servando, por Dios, por Dios, no continúes pegándole, le decía Remigio.

Otra tunda de bastonazos durísimos.

- De acuerdo, de acuerdo, no le pegaré más, no le pegaré más.

Y otra tanda de palos.
- Vamos a desatarlo ya, decía Gorka, que ya ha sido demasiado, pobre hombre.

- De acuerdo, decían los tres amigos, de acuerdo.

Y otra tunda de palos durísimos.

- Por Dios, por Dios, no le pegues, no lo hagas, que es un eclesiástico.

- Por Dios, por Dios, que es un representante de Dios.

Todos nos reímos. 

Después, lo llevaron hasta el puerto y allí lo tiraron a las heladas aguas del Balticum. Uno de los sacristanes, al verlo, avisó a unos pescadores para que ayudaran a sacarlo. Al cabo de unos minutos, unos marineros que pasaban en un bote, lo recogieron.

- Diantre de eclesiásticos, decían entre risas.

- Ahora, ya andarán más derechos, dijo Remigio.

- Cogieron a los niños. Los llevaron a la fonda y les dijeron: Sois libres, no volváis a caer en las garras de esos hijos de puta, de esos hijos de la Iglesia. Os ayudaremos.

Corría el año litúrgico de 1060

La Ruta de la Sal y los eclesiásticos simoniacos