sábado. 02.03.2024
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Historia de la lluvia

Esther Peñas
Chamán Ediciones, 2023


Alejandro Tarantino Aréchega | 

Comienza el libro con una cita de un traductor de Catulo, de Virgilio, y de este río romano que atraviesa la Edad Media y el Renacimiento, lo es de Shakespeare… hay en Salvatore Quasimodo un alma de gozne, una poética de pasos hacia lo desconocido, un algo del ayer que entra en el ahora, en su caso, en el siglo XX, del cual tiene intuiciones fulgurantes y terribles… de ahí quizá la presencia del agua, para practicar las abluciones; de ahí quizá la lluvia, para limpiar el cuerpo manchado por la historia de la ignominia.

La Historia de la lluvia es una genealogía de la desnudez

Este libro es una galería de nombres perlando la historicidad de cada percepto, un bestiario biográfico de una poeta que entra en el decir de lo elidido, porque en su metaforización lo que fue ocluido, por fin, emerge desde su voz. Quizá, este libro, dimensione un dar sin deudos intentando guarecerse de la lluvia infinita sobre el alma europea; quizá, solo quizá, porque ni una fe inquebrantable atesora verdad alguna, en sus páginas, de máscaras a través de las que suena su voz, se vaya deshaciendo la apariencia hasta la desnudez blanca y limpia, sobre la que en realidad fue escrita cada imagen y sobre ella cada poema. Lo que no es parece haberle dictado lo que del otro lado adviene, y ella parece querer lavar con la lluvia cada grafo, cada huella escrita en su piel. ¡Qué se le puede pedir a una poeta salvo la conciencia de su cuerpo! No sé si Dios, pero al entrar en la lluvia, para estar en la lluvia, tantos no encontraron nada…; la nada está en la lluvia como un hueco para el hombre, por eso llueve… y así nos dice Esther, que comienza en el renglón penúltimo del desacato… la lluvia es para los sacrílegos y los expulsados, y de ellos ella sabe… porque son poco más que palabras corpóreas, quizá porque tras escribir este libro haya lavado las huellas sacras de los significados, en su propio cuerpo. La Historia de la lluvia es una genealogía de la desnudez.

Y en la lluvia la sed, la que siente la periodista que investiga desde el costumbrismo de las letras y el modus vivendi de lo irreconciliable aquello que, quizá, solo sea vivible en Tristán de Acuña; quizá, la geografía adecuada para leer este libro o vivir junto a la bestia que venció la barbarie en los tiempos de la agonía de Eros, del olvido de Afrodita. La Historia de la lluvia cuenta los impulsos para un exilio en uno de los confines del mundo, en una nueva Arcadia, eco de las amazonas [¿podremos, junto a Esther, recorrer un día todas las arcadias poéticas, las innúmeras tierras feacias, la topografía de los paraísos humanos, la red civil de la arquitectura amurallada que resiste, porque lo conoce, ante lo distópico?]. Comer pan, beber lluvia, quizá después el relámpago de la poesía… y otra vez la sed de lluvia.

La Historia de la lluvia cuenta los impulsos para un exilio en uno de los confines del mundo, en una nueva Arcadia

¿Son, para Esther Peñas, los otros, el engendrado tiemblo de sí por el que es? Y así, ¿es que piensa que toda palabra es una derrota, tópicamente necesaria? ¿Es ella, por los otros, palabra derrotada? Sí, si la derrota es sentido o destino incierto, dirección, quiere ella, hacia la misericordia que los pináculos hilan con la luz atrapada en el zaguán gótico… pero, ¡cuánto románico hay en estas páginas!: Ese resguardo donde el ángel rebelado sana sus alas de la caída; desde entonces llueve, quizá, como nos dice Esther, sin tiempo, porque la lluvia precede, sí, pero vino con la caída, con el expulsado… y el libro se cierra con un yo digo lo que dice, y dice lo que la luz silencia, la luz más bella resguardada de la lluvia de fuego en la penumbra románica, donde todos los capiteles anuncian que allí, adentro, está el fuego de la palabra. Hay dulcedumbre en este libro. Y en ella, ella, adora a las palabras, o, quizá, su transgresión innata, como una vehemencia que en la quietud se niega al transcurso del regreso marcado por la dispersión de los áureos, los áureos, ¡ay!, tan bruñidos por la lluvia y que son esos otros que en el libro son solo alteridad. Y todos ellos son ella.

Imaginad una tierra de gacelas lorquianas y espliego machadiano, y la luz en ella golpeando lo real para hacerse con las esquirlas de sintagmas oníricos, imaginad esa luz y la lluvia y a la poeta con su función de anagnórisis, y estaréis en la Historia de la lluvia, entre los aurigas del pueblo saeteados por ausentes cazando incógnitas habitadas por la llovizna. Esther sabe que la verdadera sed está en las alfaguaras del alma, y en lo vertido para que otro y no solo uno sepa que lo sagrado sucedió mientras se vivía y se derramaba en salmos profanos para los insostenibles, para los incontenibles, para los que como ella se ven tullidos por no ser imaginados, porque en la tierra que imagináis no hay sibilas, sino una clara inteligencia aristotélica, un ser olvido en la historia antes de la lluvia tormentosa. Imaginad todas las sombras de la tierra que ella humecta en el cónclave de soledades en esta isla perdida a la que llegaron sus metáforas, como un caminante que se adelanta, sabiendo que nada es posible por entre un desfiladero de claveles. Imaginar, aquí, se convierte en proclamar. Y se proclama el motín hermosísimo de la lluvia.

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Esther Peña

Los ramos de espliego son el túmulo donde las luciérnagas sacrifican su luz a la poeta, y esta sufre la metamorfosis de la luz en bestia, bestia de amor vertida en la torrentera de la lluvia ya en tierra, que no demora, que no frena, que sabe su sino acuífero, su latir freático, su ser de la sed, que ni todos los pechos del mundo saciarán. Bestia no saciada, pero pecada. Extraviada en la multitud de los alumbrados, entre los innúmeros ruidos de lo que es antes de existir: lleva la soledad de haber nacido abrazada a la soledad que ha construido entre los otros. Es una oscura luciérnaga.

Y llegan las tormentas, caen grietas como puñales de hielos distintos, cae lo distinto sobre la claridad de la fe, y la alimenta moralmente para la espera, y así conocemos que llueve sin auxilio, que solo queda la espera sin consuelo; y de pronto, ella escribe… ese odio de roca ausente lleva ventiscas que arrasan el ser… y emerge el odio de querer vivir de otra respiración… y la contemplación de la mano desarmada, la pérdida del cetro de lo justo. Arrecian y las convierte en el lugar de la despedida, son secas y errantes; otras habrá de agua fresca para las bocas abiertas al cielo y amores habitados. Esther conjuga el adiós en la tormenta, resucita en la cellisca.

Ya aliterado el cuerpo de lluvia, los interrogantes han de encender luciérnagas, abrir el alma misma, para matar la sed de las bestias despertadas a la vida que oran sin pudor en la catedral de los sueños, donde limitan con los otros. Y en esta simbolización ella descubre que nunca resultó tan bello el desastre… Así, la Historia de la lluvia se trueca teoría del límite, donde habita la contingencia que pasea junto a Alejandra Pizarnik bajo la lluvia del coraje. Aunque creo que Esther prefiere ser flâneur en los lupanares de las luciérnagas, acompañarse de las que rutilan tenues entre todas ellas, amar en ellos las palabras lucífugas; ya vendrá el tiempo subjuntivo de la indulgencia, o no, quién sabe de los matices de la confesión en que, a veces, se convierte este libro… lagarto, lagarto… porque Esther es fiel a su propia naturaleza, en la que sacrifica a las palabras, para permanecer, entre las odaliscas luminosas, en la senda de su destino. Es mujer, y pecadora… y ya no quedan lagartos que haciéndola posible lleguen antes… ¿Hay en los lupanares rododendros? Creo que en el lugar descrito hasta aquí todo parece haberse construido alrededor de flores y arbustos, de árboles que estaban antes y nos hicieron posibles como sus orbes. ¿Anidan en ellos los vencejos tras fertilizar azules y blancos de los cielos con nitrato de Chile? ¿Es en los cielos de las tierras arcádicas donde, Esther Peñas, caza a lazo poemas descendientes de los dinosaurios, o el primer canto del zorzal antes, incluso, de la luz poemática?

La Historia de la lluvia se trueca teoría del límite, donde habita la contingencia que pasea junto a Alejandra Pizarnik bajo la lluvia del coraje

Detenedla, luego declinadla hasta la cimentación de su silencio, no por amor, sino para que ella sea amada por sí y para sí en su propio nombre: el nombre desnudo de la lluvia caída en el Mirto, que nadie sabe. Así, el libro escrito por la poeta cumplirá su función: no será abandonada por nadie. ¡Cuánta labranza, de manos llagadas, en la carne, y en ella el surco afecto de la lengua!

Que nada impida, que nada detenga, alegrías y esperanzas, de vencejos y luciérnagas; que toda estatura se mida por las huellas de los errantes; que amar sea el pago de la carne; que los sueños queden vacíos como los infiernos. De ello surgen los salmos ágrafos y la última afonía de Esther, sorteando las raíces del mal, gritando un silencio tan solo… que, ojalá, la aleje de la cueva platónica, de la gruta de Polifemo, del acre sabor de lo exacto.

Estas páginas nacen del quicio entre la niebla al alba y la lluvia de la erótica solar, lo atraviesan, entran en lo que nos insiste en lo finito y lo frágil: a galopar, a galopar… amazona de esta Hispania de lengua febril, de acequia y cármenes, de colibríes y gacelas árabes, de espliego y acebuches, sí, de luciérnagas danzantes con el canto de las cigarras, de zorzales y vencejos… baila, ¡baila!, porque todo anuncia lluvia y es hora de que zarpe el temple… y que nada sea preservado, si nada, todo, que todo sea preservado… ¡qué más dará entre los conmovidos…!

«La hermandad de los conmovidos, los poetas, las putas, los tarados, los que miden el tiempo con el pulso, los rotos, los frágiles que van dejando reguero de sí mismos que huelen los perros apaleados, los ángeles que perdieron su antorcha y su túnica, los que ignoran si les queda algo de corazón ahí dentro para sí, los que no se defienden de las fuerzas contrarias, los que abren el surco y amansan las tribulaciones ajenas, los que habitan las zonas más altas porque conocen su anhelo profundo».

[Esther Peñas: Historia de la lluvia. 2023, p. 113]

La propia lluvia desnuda