lunes. 04.03.2024
Antonio Manilla
Antonio Manilla

Poesía | JESÚS CÁRDENAS

Además de la confluencia de la huella que deja el paso inexorable del tiempo, el otro referente empleado por Antonio Manilla en sus poemas, el que ensueña con la atemporalidad, no es otro que el entorno natural. El poeta leonés nos entrega la antología poética Lenguas en los árboles, publicada en la editorial granadina Averso. Una gran oportunidad para poder acercarse a su universo lírico.

Tomado el título de la cita de Shakespeare que abre el volumen, donde se nos aclara su significado: «Y esa existencia asilada del gran mundo / ve lenguas en los árboles, libros en los arroyos, / discursos en las piedras y el bien en cada cosa. / No la cambio por nada». Es la naturaleza quien crea con el mismo tesón que crea el poeta. El entorno no sólo sirve de elemento inspirador sino que es creador por sí mismo. Naturaleza y creación poética se dan la mano, en las dos se contienen un rasgo atemporal contra el que la fragilidad y precariedad del ser humano nada pueda hacer. En las palabras de Manilla, que sirven de aclaración sobre las vértebras poéticas, hallamos esa constante: «es la convicción de que el cruce del instante con la eternidad, de la belleza con la verdad, hacen al poema». Esta perspectiva puede rastrearse en nuestra mejor tradición lírica: en la poesía de Juan Ramón Jiménez, «fui saliéndome a la orilla»; en el poema de Neruda, «Dejarme a la orilla»; en Paz, «A la orilla, de mí ya desprendido»; y, entre otros, en «el árbol viejo solitario en la orilla», de nuestro universal Antonio Machado. Ajeno al tiempo que transcurre en la sociedad urbana y materialista, el escritor leonés opta por aposentar su mirada en la naturaleza; su perplejidad y misterio nos absorbe. En consecuencia, como ya dije al reseñar Suavemente ribera, uno de los mejores libros publicados en 2019, el membrete ya nos remite a una poesía esencial, intensa y armónica. Por cierto, los tres libros más representados son por este orden: Suavemente riberaEl lugar en mí y En caso de duda y otros poemas de casi amor. Es decir, en su labor de expurgo Manilla ha preferido quedarse con una representación más alta de lo escrito ocho años atrás; su poesía más reciente.

Al igual que Fray Luis, Antonio Manilla, no encuentra la paz en la ciudad. Es en las afueras, en una aldea leonesa, donde compone muchos de los versos que forman este ramillete

El libro, formado por una selección espigada de casi una cincuentena de poemas que recorren un cuarto de siglo de producción poética, está dispuesto siguiendo la línea temporal invertida, es decir, leemos primeramente los inéditos hasta los primeros poemas publicados, como «una especie de viaje a las raíces». Algunos de los versos han sido refrescados o han tenido «la esperanza de rejuvenecer» –en expresión de su autor–. Su división en dos capítulos («Lenguas en los árboles» y «Bodas de plata») podría quedar justificada aduciendo que en el primero las relaciones del ser con el entorno natural urdido a la escritura, y en el segundo, estas relaciones abarcan al amor y a la memoria de las coordenadas espacio temporales: instantes y lugares –no sólo contemplados sino vividos; ciertamente, el conjunto atesora una unidad orgánica coherente. Alejado de rasgos localistas, puede verse un paralelismo de esta poesía en convivencia con el entorno leonés en los escritos de Fermín Herrero y Antonio Colinas; de José Luna Borge y José Luis Puerto; aunque el flujo que alimenta estos versos deba seguirse más bien en las ondas concéntricas de Miguel D´Ors, Sánchez Rosillo, Botas o Trapiello. 

Lenguas en los árboles
Lenguas en los árboles

Al igual que Fray Luis, Antonio Manilla, no encuentra la paz en la ciudad. Es en las afueras (desprendido de lo urbano como se intuye en «Ulises y el otoño»), en una aldea leonesa, a la orilla del río Órbigo –funciona en nuestros tiempos el lema de Fray Luis más de lo que pensamos–, donde compone muchos de los versos que forman este ramillete: «Este es el río / que ha tallado en la roca su hondo tajo / de cuchillo con mella». La perspectiva de que el entorno natural permanece inalterable pero cambiante puede verse desde las primeras composiciones. Cantará su tesón de existir, su impermeabilidad a la daga del tiempo: «Tan breves son y duran / lo que no dura el roble ni la piedra, / pues siempre están volviendo / iguales en innúmeras gargantas». Una de los grandes poemas del primer capítulo es el titulado «Mundo revelado»; un poema que, pese a su extensión de más de cincuenta versos, mantiene la tensión, plenos de lirismo:

La copa del aliso entreverado
mantiene en vilo al tiempo:
luz y sombra combaten
rama a rama, hoja a hoja, por lo mismo:
la ternura del verde, la plenitud del día,
la posesión del aire.

Si el poeta pone los ojos en el cielo, contempla o halla aves (pájaros, ruiseñor, vilanos, golondrinas, mirlo, águila,gorriones, gaviotas, murciélago), también lagartos, hormigas, arboleda (pinos, tilos, acacias, cerezos, chopos, paloma,jilguero, cárabo, manzano). Esos instantes son congelados y emergen al poema desde la llama del interior. «El mundo lo sostienen los vencejos», sentenciará ante la tumba de Keats en Roma. Así lo perecedero se muestra en poemas breves, tales como «Torcaces», «Latidos» o «Mata». En el contraste con otros seres vivos salimos mal parados pues ellos (el mirlolos insectosla corteza del árbol) «carecen de creencias / propiciatorias: nada más reciben al sol». Es tal el impulso que le ofrece el entorno natural que prevalece en su misterio y en su capacidad creativa, como leemos en «Cármenes»: «Detrás de cada cosa alienta un dios».

Su mirar, machadiano, le hace fijarse en los pequeños detalles, en medio de la recreación de un espacio natural que induce a fluir en él

Semejante a Rilke, el poeta leonés siente que es responsable de transmitir el legado que dejaron los seres queridos; en realidad, es otro modo de que la imagen no se difumine, de que la presencia del familiar no caiga en el olvido. Algunos versos hieren con su honda melancolía. Así, termina produciendo un fuerte desgarro los versos alejandrinos de «Otoñal»: «el recuerdo del padre, que vive en el paisaje / y es ceniza y frío y soledad y nada». El abandono deviene en desánimo en los endecasílabos de «Juro que estaba alegre»: «Estabas tú conmigo y no la ausencia. / Estabas tú imposible, revivido, / y no la honda tristeza que ahora aflora».

Es motivo de cuño renacentista –y antes Virgilio y compañía–: la contemplación del paisaje que genera una reflexión. Añadamos otro de filiación renacentista: la fugacidad de la vida y de la belleza, heredero de la elegía clásica. De hecho, a medida que vamos deleitándonos en cada página, el tono elegíaco aumenta, como en el delicioso «Panta rei», donde pueden durar las hojas incluso la nieve, todos con una excepción: «No ha de durar el hombre, y su memoria». Y casi al final del poema concluye: «Generaciones de hojas memoriosas, / nieve que se evapora: igual los hombres». La causa –démonos todos por aludidos–: si se desprecia el entorno natural más vale que no permanezcamos.

Su mirar, machadiano, le hace fijarse en los pequeños detalles, en medio de la recreación de un espacio natural que induce a fluir en él, donde quedan siempre grabados los instantes y sus lecciones vitales: «Si acaso compañía: el murmullo del agua / -porque ha de haber un río como existió al principio / adormeciendo al viento encelado en los chopos, / un ruiseñor cantando en soledad su estrofa / o la dulce mirada silenciosa y querida» (en «Paraíso»). También es machadiano a la hora de emplear serenamente los símbolos del agua, la luz, la noche, siempre con detalles impresionistas, y a veces con barroquismo adjetival (véase el poema «Tapiz»), aunque el tono sea elegíaco, pues el tiempo siempre sale vencedor. Aunque se sabe cuál es la meta, lo que importa es hacer el camino, disfrutar del viaje, intentando atrapar el instante vivido, Carpe Diem, sin apurarse, entreteniéndose en cada momento: «Pero importa el camino, / no el alcanzar la meta sino el tránsito entre un momento y otro».

Entre sus versos hallamos estaciones, meses, instantes concretos que permanecerán para siempre congelados en la retina del autor y en la impresión de estas páginas

Manilla emplea su inteligencia y sensibilidad en dotar a la palabra que enaltezca el paisaje; un lugar al que debemos llegar para disfrutar, deleitarnos y mantener una actitud crítica. El poeta no deja atrás el instante en que ocurre. Así, entre sus versos hallamos estaciones, meses, instantes concretos que permanecerán para siempre congelados en la retina del autor y en la impresión de estas páginas. Ese fluir inexorable del tiempo deviene en el lector en reflexión sobre nuestra precariedad. En su poética transparente, donde importa el grado de legibilidad del mensaje, no deja afuera ninguno de los procedimientos de la poesía. Se acerca con la misma habilidad las formas japonesas («y ser pasto del fuego / o las pisadas: / el insondable olvido»; «Vuelve a su cueva / el murciélago. / Le sigue la noche entera») que a la sentencia aforística («El peso de una piedra sobre otra. // El bullicioso aplauso del otro. // El viento y su latido de vilanos»; «El tiempo pasa página. / Es casi imperceptible la muerte del verano»); con escasa representación quedan las composiciones rimadas (en asonante «Pegas y grajas»). El uso de símbolos se ve acompañada por el uso de la técnica impresionista. Es delicioso comprobar este manejo en poemas como «Tramonto», «Al cruzar una calle» o «Niños buscando nidos».

El paisaje, el tiempo, el lenguaje adquieren condición de símbolos, nada complejos sino que transparentan el misterio de nuestro entorno natural. La realidad es presentada con hondura y resuelta con melancolía lo que viene del pasado, trascendiendo el tono elegíaco. Los pormenores son presentados con técnica impresionista, y, en alguna ocasión, con sobrecarga adjetival sin que tambalee la estructura del poema. Aquí el poeta Antonio Manilla nos muestra la intensidad del ser en el entorno natural por mucho que pasen los días. Lenguas en los árboles es una selección para disfrutar de la poesía a pequeños sorbos y de manera reiterativa.

ANTONIO MANILLA. Lenguas en los árboles (Antología poéstica 1997.2022).  Averso Poesía. Granada, 2023. COMPRA ONLINE


JESÚS CÁRDENAS. Poeta,profesor y crítico literario
JESÚS CÁRDENAS. Poeta,
profesor y crítico literario

Entorno natural y tiempo | La poesía de Antonio Manilla