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jueves. 11.08.2022
 

Las amigas y amigos de Nueva Tribuna me invitan a participar con un artículo en el aniversario de la huelga de La Canadiense, iniciada el 5 de febrero de 1919. He escrito en varias ocasiones sobre la vida de Salvador Seguí y sobre la Huelga de La Canadiense. No me resisto al reto.

A fin de cuentas la huelga de La Canadiense se estudia en las universidades y Salvador Seguí se ha preservado como uno de esos personajes intachables de nuestra historia, como todos aquellos que perdieron su vida jóvenes, defendiendo cosas justas y a la gente sencilla.

Salvador Seguí era el Secretario General de la Confederación Nacional del Trabajo (CNT). Ser el dirigente principal de la primera central sindical catalana en aquellos tiempos convulsos exigía buena cabeza, mucha templanza y firmes convicciones para asumir riesgos personales tan altos como perder la vida.

En nuestros tiempos morir violentamente nos puede parecer un precio inasumible, pero hace 103 años la tensión política y social en España iba en aumento y no eran pocos los que morían en atentados. En 1914 estallaba la I Guerra Mundial, al tiempo que, en España, el gobierno de Eduardo Dato concedía a la Liga Regionalista Catalana de Prat de la Riba la constitución de una Mancomunidad de Cataluña. Se trataba de ceder competencias de las diputaciones provinciales a esta especie de autonomía, facilitando la gestión unificada de recursos.

Los nacionalistas nunca tienen bastante, van tensando la cuerda hasta que se rompe y Francesc Cambó, sucesor desde 1917 del fallecido Prat de la Riba, como ministro en un gobierno que intenta sacar adelante ciertas reformas de corte federalista, impulsa un Estatuto de Cataluña que es aprobado, a principios de 1919, por los parlamentarios catalanes y por su Mancomunidad.

El problema es que cuando van a ponerlo en marcha el gobierno es ya otro y rechaza en las Cortes el proyecto. Entre otras cosas porque la burguesía catalana comenzaba a dar marcha atrás, en ese juego perverso de tensar y destensar cuerdas, ante el clima laboral y social tras la Huelga General de 1917, las consecuencias de la Guerra Mundial y el impacto de la Huelga de La Canadiense a principios de 1919.

Las organizaciones sindicales, contra todo pronóstico, habían firmado en julio de 1916 el Pacto de Zaragoza, constituyendo un Comité Conjunto integrado por algunos dirigentes como Julián Besteiro, o Francisco Largo Caballero por la UGT, o Ángel Pestaña y Salvador Seguí por la CNT, con el objetivo de preparar una huelga general para exigir soluciones a la crisis provocada por la I Guerra Mundial.

El conflicto social desbordaba con creces las tensiones generadas por el nacionalismo. Pocos meses después de la Huelga de La Canadiense Salvador Seguí, junto a Ángel Pestaña intervenía en el Ateneo de Madrid, explicando cómo veía el sindicato anarquista la situación tras la Guerra Mundial, tras las huelgas generales de 1916 y 1917, o la huelga de La Canadiense. Una conferencia en la que el Noi del Sucre, el Niño del Azúcar, como todos  llamaban a Seguí, explicó,

-Se habla, con demasiada frecuencia por cierto, de los problemas de Cataluña. ¿Qué problema de Cataluña? En Cataluña no hay ningún problema, el único problema que pudiera haber planteado en Cataluña está planteado por nosotros, no es un problema de Cataluña, es un problema universal.

La Huelga de la Compañía Eléctrica de Riegos y Fuerzas del Ebro, conocida como La Canadiense tras ser comprada por el Canadian Bank of Commerce of Toronto, se desencadenó el 5 de febrero de 1919, en solidaridad con 8 despedidos en las oficinas.

Salvador Seguí, el Noi del Sucre, pagó sus palabras y su compromiso con su vida en aquel momento en que el nacionalismo catalán y los nacionales abocados ya al golpismo y al fascismo, decidieron sofocar las ansias de justicia y libertad del pueblo, acabando con sus mejores líderes

Al poco el conflicto se extiende al sector eléctrico, al textil, los tranvías, la prensa, el sector de distribución del agua. El general Milans del Bosch decreta la militarización y encarcela más de 3.000 trabajadores en Montjuich, pero eso no impide que la huelga se convierta en general en Cataluña y se extienda a Aragón, Valencia, Andalucía. La UGT plantea acciones de solidaridad con el conflicto.

A mediados de marzo se declara el estado de guerra y el control de los medios de comunicación, pero el conflicto no cede. Tras 44 días de huelga se alcanza un acuerdo que incorpora la liberación de los presos, la readmisión de los despedidos, la jornada de ocho horas, el aumento de salarios y el pago de la mitad de los días de huelga.

Ahora sólo faltaba convencer a los trabajadores convocados en la Plaza de Toros de Las Arenas y es el Noi del Sucre el que tiene que bregarse explicando el acuerdo ante un encrespado auditorio de 20.000 trabajadores que, tras su intervención, deciden desconvocar la huelga.

Aquella Huelga General de La Canadiense será recordada como un gran triunfo de la clase trabajadora y un ejemplo de fuerza y capacidad organizativa del sindicalismo. Un modelo de autocontrol y voluntad para alcanzar los objetivos.

Pero tras ese autocontrol, esa voluntad y esa capacidad organizativa se encontraban personas como Salvador Seguí, aquel hombre autodidacta que, pocos años después, caía abatido por los pistoleros del Sindicato Libre, organizado años antes por la patronal catalana, Foment del Treball Nacional.

Pistoleros apadrinados y protegidos por el general Martínez Anido, mientras fue Gobernador Civil de Barcelona, antes de convertirse en Vicepresidente y mano derecha del dictador Primo de Rivera, antes de partir al exilio durante la República y de convertirse en Ministro de Orden Público de la dictadura franquista, impulsor de la colaboración con la Gestapo nazi, para lo cual firmó un acuerdo de colaboración con el jefe de las SS y responsable del Holocausto y de los campos de concentración, Heinrich Himmler.

Salvador Seguí, el Noi del Sucre, pagó sus palabras y su compromiso con su vida en aquel momento en que el nacionalismo catalán y los nacionales abocados ya al golpismo y al fascismo, decidieron sofocar las ansias de justicia y libertad del pueblo, acabando con sus mejores líderes.

Hoy, como ayer, como mañana, necesitamos muchos Niños del Azúcar en la política y en la sociedad, capaces de organizar las grandes movilizaciones, dirigir las duras negociaciones, explicar los acuerdos, vencer convenciendo. Porque las personas sí importan.

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