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Vicente I. Sánchez | @Snchez1Godotx
Un poeta sigue los pasos de Óscar Restrepo, un escritor colombiano que hace décadas logró publicar un par de libros, pero que hoy sobrevive sin reconocimiento y sin suerte. Sin dinero ni trabajo, atrapado en la depresión y el alcohol, su vida se desliza hacia un abismo del que regresar parece imposible. Gracias a los pocos amigos que le quedan consigue un puesto como profesor de poesía, y allí su rumbo cambia al conocer a Yurlady, una adolescente de origen humilde que esconde un talento excepcional para la poesía. Ayudarla a cultivar esa voz se convierte en su nueva obsesión.
Con esta premisa arranca Un poeta, la nueva película del colombiano Simón Mesa Soto, reciente ganadora del Premio del Jurado Un Certain Regard en Cannes y participante en la Sección Horizontes Latinos del Festival de San Sebastián. Tras su debut con Amparo, Mesa Soto vuelve con una tragicomedia en la que retrata a un poeta derrotado y depresivo que lucha por mantenerse a flote en un mundo que apenas lo mira. Y aunque es fácil culpar a la sociedad, lo cierto es que gran parte de su desgracia proviene de sí mismo: un hombre con un talento especial para equivocarse, siempre al borde del desastre, aunque con un corazón genuino.
Uno de los grandes aciertos de la cinta —que, digámoslo ya, tiene algo verdaderamente especial— es su reparto. Conformado en su mayoría por actores no profesionales, aporta una autenticidad rara de encontrar. Destaca Ubeimar Ríos, quien encarna al protagonista y logra un papel que parece nacido más de la vida que del guion: un físico singular, un alma insólita y una interpretación que despierta ternura y rechazo a partes iguales. Mesa Soto moldea a su “poeta maldito” como un personaje a lo Charles Bukowski, aunque con más de maldito que de buen escritor.
El director ha reconocido que este personaje es, en cierta forma, su alter ego, “la peor versión de sí mismo”, salpicado de guiños autobiográficos. A partir de ahí construye una historia oscura y provocadora en la que nadie queda a salvo: ni el propio poeta, torpe y socialmente inepto, ni las clases más humildes, anestesiadas por la precariedad y dispuestas a cualquier cosa con tal de sobrevivir.
Más allá de la historia personal de Óscar Restrepo, Mesa Soto sitúa la acción en la cara más gris y empobrecida de Medellín, filmada en 16 mm, para lanzar una crítica feroz a la falsa intelectualidad y la caridad impostada de ciertas instituciones y mecenas. Porque aunque Yurlady posee una sensibilidad única, lo que realmente atrae a quienes orbitan la industria cultural no es su talento, sino la posibilidad de capitalizar su dolor y sus versos sobre la injusticia social en Colombia. No para cambiar nada, sino para alimentar la buena conciencia de unos pocos. Un poeta se convierte así en un retrato agudo de la falsedad social y del narcisismo disfrazado de mecenazgo, un mensaje que, como se vio en Cannes, resuena de forma universal: la hipocresía no tiene fronteras.
En medio de un mundo moralmente en ruinas, encontramos a Óscar Restrepo, un poeta igualmente derrumbado en lo personal. El choque entre ambos derrumbes nos entrega una película afilada, incómoda y profundamente personal: una tragicomedia extraña que incomoda con sus preguntas y que confirma a Simón Mesa Soto como una voz singular del cine latinoamericano.



