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Vicente I. Sánchez | @Snchez1Godotx
Tras un par de tropiezos en sus últimos trabajos —véanse las muy decepcionantes Cuidado con lo que deseas o Poliamor para principiantes—, Fernando Colomo recupera el pulso y regresa por todo lo alto con Las delicias del jardín, cinta que, para más señas, ha inaugurado la sección Made in Spain en la 72.ª edición del Festival de San Sebastián.
La historia, protagonizada por el propio Colomo y con un reparto que incluye a Carmen Machi, Antonio Resines, María Hervás, Luis Bermejo, Brays Efe y Pablo Colomo, nos presenta a un reconocido pintor abstracto sumido en una profunda crisis personal y económica, que además oculta un temblor en la mano que le impide seguir pintando. Ese es el punto de partida de una película que reflexiona con mordacidad sobre el mundo del arte y sus falsedades, pero que también termina siendo una poderosa comedia con un tono irónico y nihilista.
La cinta, con guion coescrito por Colomo y su hijo Pablo —quien además interpreta un papel clave en la trama—, tiene cierto regusto a las comedias de Woody Allen y evoca un Madrid bohemio en el que el pintor en crisis trabaja en un garaje que bien podría estar situado en pleno Manhattan. Una comedia divertida y ágil, que no solo pone en tela de juicio el mundo del arte, sino que también cuestiona el papel de las relaciones personales y del amor en una sociedad idiotizada y dominada por las redes sociales.
Para quien firma estas líneas, se trata de una película significativa dentro de su filmografía, con un Colomo en estado de gracia no solo en la dirección, sino también en su faceta como actor, mucho menos explorada pero en la que se muestra cómodo y convincente. Este año, además, podremos verlo también en el cortometraje Sexo a los 70, dirigido por Vanessa Romero.
Creo que uno de los motivos por los que Las delicias del jardín funciona tan bien es porque es una película absolutamente libre y hecha entre amigos. Está grabada íntegramente con teléfonos móviles, en un experimento de carácter deliberadamente informal, que a la postre le aporta una agilidad y frescura muy agradecidas. Eso sí, su factura técnica no se resiente en absoluto, más allá de cierta textura que se aleja de lo puramente cinematográfico.
En ese sentido, tengo la impresión de que grabar con teléfonos —algo que imagino habrá resultado sensiblemente más económico en el proceso de producción— le ha dado carta blanca a Colomo para sacar todo el potencial que ya le conocíamos en cintas como Los años bárbaros (1998) o Bajarse al moro (1989), y conformar así una película que realmente divierte, con momentos muy locos en su recta final.
En su película número 24, Colomo retoma el tono autobiográfico y personal que ya había explorado en títulos como La línea del cielo (1983) e Isla bonita (2015), para entregarnos una obra divertida, honesta y llena de cameos bien integrados —como el del gran Antonio Resines—, e incluso con la presencia de artistas de la talla de Javier de Juan y Antonio López, que se interpretan a sí mismos.
A sus 79 años, Fernando Colomo parece atravesar un momento de plena creatividad, y no nos queda más que celebrarlo y brindar por muchos años más de buen cine.

