martes. 05.03.2024

Es uno de los placeres de enseñar y también una de sus fuentes de ansiedad, siempre y cuando uno se empeñe en mantener un cierto ingrediente de creatividad en el trabajo docente. Me refiero a rebuscar entre lo estudiado y escoger aquello que se quiere compartir con los jóvenes de las generaciones que nos seguirán en esta aventura, a partes iguales intrigante y decepcionante, que es la existencia humana.

Este curso he vuelto, recientemente, a echar mano de un clásico. No importa que tenga la obra a la que me referiré más de cuarenta años, y que su autor no sea ni un literato ni un artista, sino un científico –eso sí, un científico humanista–. He vuelto a usar como herramienta didáctica un capítulo de la serie original Cosmos, de 1980, escrita por el astrofísico Carl Sagan, un ejemplar exponente de los ideales de la ilustración y un excelso divulgador de la utopía del humanismo cosmopolita, un creyente en las virtudes de la especie humana. En el capítulo al que he recurrido para motivar a mis alumnos a reflexionar sobre nosotros mismos –o sea, sobre lo que ellos son– nos ofrece una idea tan elegante como diáfana de nuestra esencia basada en el conocimiento científico no exento de perspectiva histórica.

En el capítulo de la serie titulado La persistencia de la memoria Sagan muestra la continuidad existente entre la evolución biológica de nuestra especie y la evolución cultural. Llama la atención sobre el hecho, no precisamente evidente por sí mimo, de que ambos procesos tienen su esencia en la conservación y en la transformación de la información, entendida como el conjunto de instrucciones (o algoritmos diremos hoy bajo el dominio del paradigma digital) que determinan lo que somos tanto en el plano natural como en el social.

Por la vía de la filogénesis, que constituye la herencia que cada uno recibe de la especie al nacer, venimos dotados de un encéfalo, cuyo cerebro tiene en su corteza o neocórtex, el producto orgánico más elaborado por la selección natural, la plataforma desde la cual trascender los límites naturales a los que, en principio y como a todos los seres vivos, nos condena la naturaleza.

En este tiempo que no va a ninguna parte, porque ha sido vaciado de la dimensión del progreso ético, la obtención de privilegios particulares pasa a ser el aliciente vital número uno

En esa capa de tejido vivo de entre 2 y 4 milímetros de grosor, conformada por los cuerpos neuronales (somas), se produce el milagro de la transformación de la materia en consciencia. No sabemos muy bien cómo, aún, pero todo indica que ahí ocurre el salto cualitativo de la información genética que pasa a convertirse en información nueva, que escapa a las leyes de la evolución biológica para ser la materia prima con la que fabricamos la cultura.

La evolución cultural es posible por la persistencia de la memoria, que con el tiempo no se ha limitado a la de los cerebros. Su expansión, más allá de la corteza cerebral, ha sido posible por la invención de los libros y otros soportes más sofisticados técnicamente con los que actualmente contamos.

Por eso Carl Sagan resume lo que él llama muy atinadamente «el largo viaje evolutivo de la humanidad» como el tránsito «desde los genes, pasando por el cerebro hasta llegar a los libros». Según él un viaje de éxito por cuanto nos ha permitido salir del estado de barbarie gracias a la invención de la civilización, que no es sino el estado de cosas en el que nos protegemos de las incertidumbres de una existencia en principio carente de ley y conocimiento. En su visión optimista de la humanidad el científico norteamericano subrayaba, claro está, el papel de la ciencia, una actividad cultural generadora de la mejor versión del conocimiento, el que más se aproxima a la verdad, vital para entender quiénes somos y en qué consiste este abrumador escenario en el que nos hallamos que es el universo.

El documental exhala una fe conmovedora en la especie humana, en su horizonte histórico de posibilidades, en su afán por conocer y comunicarse, por prolongar el hilo de información evolutivo más allá de los confines de nuestro planeta y conectar con otras civilizaciones extraterrestres. Vislumbra –no olvidemos que la realización del programa data de 1980– las posibilidades que ofrece la entonces incipiente tecnología computacional de elevar exponencialmente las posibilidades humanas de expansión de la información y de la comunicación como nunca antes se había logrado, haciendo palidecer la que ya fue en su momento una revolución tecnológica de la información como jamás se había visto, la de la imprenta de Johannes Gutenberg de mediados del siglo XV.

Aquí intuyó Sagan el probable nacimiento de «una conciencia global», que actualmente es posible que reconociera en internet (¿o no?) si siguiese vivo. Esa confianza en el destino de nuestra especie lo materializa el astrofísico norteamericano en el proyecto Voyager de exploración espacial, un mensaje en una botella lanzado a la inmensidad del vacío cósmico hace casi medio siglo. Dos naves no tripuladas con información sobre nosotros y nuestro planeta que ya se encuentran más allá de los confines de nuestro sistema solar; quién sabe si en el algún punto ignoto del espacio-tiempo tropiece alguna de ellas con algún ser pensante capaz de comprenderla. Sentencia Carl Sagan a partir de este gesto tecnológico con implicaciones de índole existencial: «nadie envía un mensaje así en un viaje semejante si carece de una pasión cierta por el futuro (without a possitive passion for the future)».

Al acabar de ver el documental, que hacía años que no veía, caí en la cuenta de que en esta última ocasión ese final ciertamente me seguía conmoviendo como la primera vez que lo vi, cuando apenas era un adolescente al que le avergonzaba su ignorancia aún inconsciente de que los límites de la misma, lejos de menguar con el tiempo, crecerían sin parar a pesar de los muchos años de estudio. Pero descubrí un nuevo sentimiento esta vez: el de la nostalgia de un tiempo en el que la esperanza aún era un valor compartido generacionalmente; es decir, por el contraste con la actualidad, me dio la impresión cierta de que hace tiempo que ingresamos, casi sin darnos cuenta, en un tiempo nuevo, el tiempo de la desesperanza aprendida, el tiempo de la conversión de la idea de progreso en anatema, de la proscripción de la utopía, del masoquista regocijo de la recreación obsesiva de la distopía; o de las «retrotopías», en expresión de Zygmunt Bauman, esto es, las utopías que se proyectan en un pasado idealizado.

En cualquier caso, el tiempo futuro no es opción. Nos hemos situado en el tiempo pos, que significa el de después del final de la historia, ese final declarado ideológicamente desde la mirada de un liberalismo que ya se autoproclamó triunfante y universal a comienzos de la última década del siglo pasado, surfeando la cresta de la ola de la posmodernidad líquida que, como un maremoto, dejaba expedito el camino a la pandemia cultural de la obsesión patológica por la identidad, el bote salvavidas que le queda al náufrago que ha perdido de vista el horizonte del sentido.

Estamos en la edad de la desesperanza aprendida, de la renuncia a un futuro mejor. Hemos recuperado esa cronopatía tan medieval que distorsiona nuestra percepción vital de tal modo que el anuncio del apocalipsis –lo reconozcamos o no– ha mutado en perverso objeto de fruición.

Me lo confirmaron a pie de aula las reflexiones que conseguí arrancar de mis jóvenes alumnos tras el visionado del documental de Carl Sagan. Había en sus declaraciones un supuesto compartido que les convierte en fieles seguidores de la doctrina de la profecía autocumplida: que hemos de asumir el desastre colectivo y que la salvación será un trabajo personal que les abra las puertas de la versión premium de la vida, siempre en términos de una experiencia individualizada al margen de los entornos natural o social, coherente con esa cosmovisión compartida  de una realidad fracturada.

En este tiempo que no va a ninguna parte, porque ha sido vaciado de la dimensión del progreso ético, la obtención de privilegios particulares pasa a ser el aliciente vital número uno. En cualquier caso no cabía detectar en los comentarios de quienes son identificados bajo la etiqueta de «generación zeta» esa pasión cierta por el futuro que el científico norteamericano destacaba como virtud esencial de la especie humana. Se entiende, puesto que tal virtud conlleva implícitamente un cierto ingrediente de reverencia por la historia en tanto en cuanto el futuro es ciertamente historia en potencia.

Es como si internet hubiera supuesto, en términos históricos, un cataclismo cronológico de borrón y cuenta nueva, una paradójica refutación de la persistencia de la memoria, una deslegitimación de la vocación por el relato capaz de dar sentido a los hechos. Para la inmensa mayoría de los que son obligados a estudiarla, diríase que la historia ha quedado reducida a un montón de folios escritos, fast food académico para la memoria a corto plazo, que nada tienen que ver con el yo solipsista de la era digital que se retroalimenta al margen de las coordenada históricas en un tiempo virtual que deja de existir en absoluto fuera de las pantallas.

¿Una consciencia global quería vislumbrar el filántropo Carl Sagan? Más bien una eclosión de mónadas que han convertido la realidad en una mercancía de autoconsumo sometida a una plasticidad delirante cuyo conocimiento merece la pena siempre y cuando produzca soluciones simples.

La globalización no ha alumbrado esa inteligencia planetaria con la que sueña el astrofísico al final de su documental; ha ido por otros derroteros: los del hipercapitalismo financiero, el cual ha triunfado imponiendo el reemplazo de la memoria histórica  por la psicosis hiperactiva del cortoplacismo.

Sin la memoria histórica (precursora necesaria de la pasión por el futuro), cualquier propuesta de progreso es un sucedáneo narcotizador al quedar reducido a la consecución de una tecnología que sirve, sobre todo, a la plena e inmediata satisfacción de cualquier deseo individual. A esto último ha quedado reducida la libertad.

La respuesta del conjunto de mis alumnos creo que tiene su explicación en cierto mecanismo conductual observado en el ámbito de la investigación psicológica. Se lo puede encontrar bajo las denominaciones de «indefensión aprendida», «incapacidad aprendida» o «impotencia aprendida». Se trata de un fenómeno formalizado por el psicólogo Martin Seligman hace poco más de medio siglo. En resumidas cuentas consiste en que cuando a una persona se le castiga de manera continua sin importar lo que haga el sujeto deja de responder e intentar generar un cambio.

Dicho de otra manera: se pierde la esperanza de que las cosas puedan mejorar si se hace lo necesario para cambiarlas. Por eso me parece que la vinculación de este hecho psicológico con la desesperanza es evidente, y el resultado práctico en el que desemboca es esencialmente el mismo, a saber, la pasividad del individuo, su falta de respuesta para enfrentarse a aquellas situaciones de las que se deriva un sufrimiento para él. Ello trae consigo la adaptación al malestar, el cual pasa a ser una circunstancia natural por asumida.

Cuando trasladamos el mecanismo de la indefensión aprendida desde el dominio de la psicología al de la ética y la política, las consecuencias que cabe extraer son desalentadoras desde el punto de vista de la justicia, pero inmensamente convenientes para las élites que detentan el poder. Sin duda se trata de un potente agente corrosivo de la democracia por cuanto ésta basa su legitimidad en la posibilidad de cambio, en que cuando existe la voluntad prescriptiva cabe modificar las condiciones de vida establecidas en función de los intereses del común de la ciudadanía y del Derecho fundamentado en el principio del bien común.

Ese «todos son iguales» aplicado a la clase política que tan a menudo se escucha en tertulias formales e informales es expresión de esa desesperanza aprendida y desactivadora del poder de mejora de la democracia. Esas palabras son en verdad el hálito de expiración de la voluntad de poder cívica. Con ellas se otorga vía libre a quienes no aceptan límites para la suya.

Traducido a la necesaria confrontación de partidos en leal liza democrática supone una innegable ventaja para las opciones de derechas y un perjuicio considerable de las ofertas provenientes del lado de la izquierda. Irremediablemente es así si consideramos la genealogía ideológica de ambas tradiciones políticas; cuál de las dos tiene en su acervo de ideas, por así decir, los genes del afán transformador de lo dado que lleva implícito necesariamente ese componente de pasión por el futuro que Sagan señalaba como virtud cardinal de la humanidad.

Los desengaños sufridos por quienes se ilusionan con un horizonte utópico de posibilidades son el caldo de cultivo donde se cuece la desafección hacia la izquierda (evóquese lo acontecido desde la Spanish Revolution del 15M). Y es por lo mismo que nos hallamos actualmente en un momento crítico en nuestro país con el enésimo intento de armar una propuesta unitaria desde ese paradigma ideológico, tan vapuleado a lo largo de  las últimas décadas y que tanta decepción ha alcanzado a acumular entre quienes eran socialmente los que más necesidad tenían de él y de sus instrumentos políticos.

En España estamos a las puertas de conocer si vamos a recibir una vez más un demoledor refuerzo de esa desesperanza aprendida o si, por el contrario, nos darán motivos para que florezca en las mentes la pasión por el futuro. Sin ella la vida humana queda reducida a la mera gestión algorítmica de las circunstancias desconectada de cualquier propósito de mejora universal. Ojalá que aquellos a quienes corresponde la toma de las decisiones tengan oídos para oír y oigan.

Pasión por el futuro versus desesperanza aprendida