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Vicente I. Sánchez | @Snchez1Godotx
Hacía tiempo que una ópera no me impactaba tanto como esta Carmen, que regresa al Teatro Real en una producción que, sin exagerar, puede considerarse una de las propuestas más potentes e imprescindibles de la temporada. Sobran los motivos para la sorpresa y el entusiasmo ante esta obra, que ofrecerá 16 funciones y que llega al coliseo madrileño con una puesta en escena firmada por Damiano Michieletto, en coproducción con la Royal Opera House de Londres y La Scala de Milán.
Uno de los grandes atractivos es la dirección musical de la maestra coreana Eun Sun Kim, directora musical de la Ópera de San Francisco, que vuelve al Teatro Real tras haber iniciado su carrera aquí, cuando obtuvo en 2008 el primer premio del Concurso Jesús López Cobos. Kim se ha consolidado en tiempo récord como una de las directoras más relevantes de la actualidad. En tres funciones, la dirección musical estará a cargo de Iñaki Encina.
Carmen es una historia sobre la libertad, el deseo y la fatalidad, encarnados en una mujer que se niega a vivir sometida
La propuesta escénica de Damiano Michieletto, ambientada en los años setenta, nos sumerge en un mundo cerrado, árido y opresivo, ideal para potenciar la fuerza dramática de esta obra maestra compuesta por Georges Bizet en 1875, cargada de realismo, sensualidad y tragedia. Carmen es, en esencia, una historia sobre la libertad, el deseo y la fatalidad, encarnados en una mujer que se niega a vivir sometida y que despierta la obsesión enfermiza de Don José, precipitando un desenlace inevitable.
Michieletto traslada la acción a unos parajes desérticos e inhóspitos, donde parece que todos los personajes están condenados desde el primer minuto. La escenografía descansa sobre un decorado giratorio, que funciona como un ciclo perpetuo de violencia y destino, y en el que aparecen construcciones destartaladas —una comisaría, un club de alterne— que se adaptan con precisión al desarrollo dramático. La obra apuesta por un enfoque naturalista y psicológico, ideal para explorar el conflicto interno de una Carmen demasiado libre para el mundo que la rodea.
Otro aspecto especialmente interesante de la producción es la elección de las intérpretes que encarnan a Carmen: Aigul Akhmetshina, J’Nai Bridges y Ketevan Kemoklidze. Las dos primeras aportan una marcada diversidad étnica —Akhmetshina con rasgos asiáticos y Bridges afroamericana— que ofrece una lectura renovada del personaje y refuerza la idea de Carmen como símbolo universal de mujeres oprimidas por hombres violentos que se resisten a renunciar a su independencia. En esta lectura, Don José aparece sin edulcorantes: un hombre tóxico, obsesivo y maltratador, y la puesta en escena no oculta ni suaviza esta realidad.
La producción, en este sentido, conecta de forma clara con el clásico Carmen Jones (1963), dirigido por Otto Preminger y protagonizado por Dorothy Dandridge, donde la historia se reubicaba en un contexto afroamericano del sur de los Estados Unidos, también marcado por la violencia y la opresión racial. Una reinterpretación que reforzaba la vigencia del relato original de Prosper Mérimée, en el que se basa la ópera de Bizet.
La violencia contra la mujer late en cada escena y la producción no teme subrayar esta dimensión contemporánea del mito
Michieletto suma además ciertos ecos del cine español, en particular del clásico Airbag (1997) de Juanma Bajo Ulloa, al mostrar a una Carmen que se mueve entre el alterne, la marginalidad y la supervivencia. La violencia contra la mujer late en cada escena, y la producción no teme subrayar esta dimensión contemporánea del mito.
El reparto masculino no se queda atrás: Charles Castronovo y Michael Fabiano como Don José, Lucas Meachem, Luca Micheletti y Dmitry Cheblykov como Escamillo, y Adriana González y Miren Urbieta-Vega como Micaëla, conforman un elenco de gran nivel.
No hace falta insistir en la fuerza de la partitura: desde la célebre obertura y la Habanera L’amour est un oiseau rebelle, hasta la irresistible canción del toreador. En lo musical, Carmen sigue siendo revolucionaria por su mezcla de realismo dramático y su brillante incorporación de ritmos y colores melódicos de inspiración española. La caracterización musical de cada personaje continúa siendo un ejemplo excepcional del genio de Bizet, cuyo impacto transformó decisivamente la ópera del siglo XIX.
Carmen puede verse en el Teatro Real hasta el 4 de enero. La producción llega, además, en un momento simbólico: se cumplen 150 años del estreno de la ópera, que en su debut parisino levantó escándalo, aunque con el tiempo terminó convirtiéndose en uno de los títulos más influyentes de la historia de la lírica.



