Tatsuya Nakadai, el último faro de la época dorada del cine japonés y el octavo samurái
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Celín Cebrián | @celincebrianvaliente
El actor, que ha muerto a los 92 años tras una complicación respiratoria, representaba toda una época, desde los tiempos donde el jidaigeki era el idioma visual de Japón hasta el cine moderno. Había nacido en 1932, en plena efervescencia del jazz y las influencias occidentales que llegaban a Japón, en el barrio Shinjuku de Tokio, con el nombre de Motohisa Nakadai. Creció en la pobreza y se quedó huérfano de padre a los nueve años, por lo que tuvo que abandonar los estudios para trabajar como dependiente en una tienda de ropa. Se cuenta que el director Masaki Kobayashi fue su descubridor, y que, aunque no provenía de academias prestigiosas ni de una escuela teatral consagrada, sin embargo, el director quedó fascinado con su mirada. Pero la verdad tal vez sea otra, pues, a la pasión por el teatro que anidaba en Nakadai y que lo llevó a inscribirse en la escuela de actores de la productora Shochiku, hay que añadir que, cuando Kobayashi lo conoce, ya era un actor con cierta experiencia, y no un simple dependiente de ropa. Momento, ése también, que aprovechó para cambiarse el nombre. De hecho, en su elección influyeron tres cosas: su formación como actor especializado en Shingeki (el movimiento del Nuevo Teatro Japonés, que rechazaba las tradiciones del Noah y el teatro Kabuki en favor del realismo occidental), su frescura y su fotogenia, que rápidamente le hicieron ganar el afecto de los directores y del público. Para 1960 ya contaba con más de veinte largometrajes en su filmografía. Y en 1957 se casó con la actriz y guionista Yasuko Miyazaki, con la que permaneció hasta su fallecimiento en 1996. Juntos fundaron una escuela de actuación en la que se formaron decenas de intérpretes. La pérdida de su mujer, lo marcó profundamente. Pero lo más curioso de toda la historia del actor japonés es que siempre tuvo que conformarse con ser el segundón, ya que por delante siempre tenía al actor japonés más famoso del mundo: Toshiro Mifune, con quien, desde bandos opuestos en el campo de batalla del Cinemascope, se encontraron muy a menudo cara a cara, desde el clásico Yo Jimbo (1961), como en Sanjuro (1962), Sword de Doom (1966) y Samurái Rebelión (1967), ya que Nakadai, formado en el teatro y centrado siempre en la técnica, nunca tuvo la oportunidad de trabajar con un actor internacional poco convencional y un coprotagonista carismático como los que sí disfrutó el extravagante y apasionado Toshiro Mifune, ya fuera junto a John Boorman como a Lee Marvin en Infierno en el Pacífico (1968). Ahora, eso sí, tampoco sufrió las humillaciones que azotaron a Mifune tras Shogun (1980) y que lo persiguieron hasta su tumba. Nakadai era un actor que estaba hecho de otra pasta. Además de esa mirada inquietante y profunda…, y esos ojos saltones, también contaba con una gran voz de barítono y una belleza propia de una estrella del cine. Estamos quizás ante uno de los talentos más versátiles y resilientes del cine japonés anterior a la Nueva Ola. Y como deja caer Chuck Stephens en un estudio realizado en The Criterion, existe la posibilidad de que, junto a los siete guerreros de aquella banda que trabajaron para el director japonés llamado por los colegas El Emperador, que era Akira Kurosawa, junto a esos siete…, ya digo, armados con espadas, hubiera un guerrero más, un octavo samurái, llamado Tatsuya Nakadai. El entramado de la cuestión es el siguiente: repasando detenidamente los fotogramas de la película Los siete samuráis entre los minutos 10:16 y 10:19 de la película…, vemos a un espadachín que aparece fugazmente entre los muchos guerreros a sueldo y que no es más que un mercenario de barba descuidada, que bien pudiera ser un cameo sin nombre…, pero sabemos que Nakadai, por aquel entonces, estaba contratado por los estudios Shochiku y que tenía menos de veintitrés años, y que tenía y tiene todas las de la ley de que sea ese espadachín que vemos durante esos tres segundos bajo los destellos fugaces de los focos, tres segundos que, después, se convertirían en los más decisivos que un actor haya vivido frente a una cámara.
Su ascenso fue silencioso hasta que llegó el papel que lo cambió todo. El actor debutó en la pantalla en 1953 con la primera película de Kobayashi, La habitación de paredes gruesas. Para la década de los setenta, ya había dejado su huella en las películas de cineastas alternativos como Mikio Naruse, Kon Ickikawa, o de estetas más radicales, ya fuera Masaki Kobayashi o Hiroshi Teshigahara, o los maestros del lenguaje cinematográfico como Hidel Gosha y Kihachi Okamoto. Su versatilidad era extraordinaria. Además el actor siempre tuvo la costumbre de dotar a sus personajes más complejos de una combinación entre una coraza exterior y una exquisita y atormentada vida interior. Sólo había que verlo cuando se adentraba en los pliegues del drama de aquella época, en un tipo de papeles en los que parecía florecer bajo un kimono antiguo, escondido entre los mechones que le caían por su frente, con su provocativo moño, y la lluvia cayéndole desde las alfombras empapadas sobre su rostro…Y aunque sus papeles de samurái tendían a ser recargados y extravagantes, él los interpretaba con total naturalidad. Y esto era así porque Nakadai siempre fue el ”guerrero en la sombra” de Kurosawa, quizás desde aquella primera vez de tres segundos, hasta tal punto de que, llegada la primera mitad de la película Kagemusha, todavía dudamos cuál es el doble, dada la confusión a la que nos lleva el actor, con esos bigotes como una morsa, y una de las interpretaciones más inquietantes de toda su carrera.
Quizás haya empezado este artículo por el final. Pues…, vayamos al principio. Tras sus comienzos en el cine, en los años siguientes participó en varias cintas como Enjo (Kon Ichikawa, 1958), hasta que en 1959, 1960 y 1961 se puso a las órdenes de su descubridor, Kobayashi, para rodar la trilogía La condición humana, en la que interpretó el protagonista Kaji, papel que le valió el reconocimiento de la crítica y del mundo del cine, recibiendo el Premio al Mejor Actor “Mainichi Film Concours”, que le abrió el camino para trabajar con otros directores, ya que, mientras se llevaba a cabo la citada trilogía, siguió participando en otras películas, como Kagi (Kon Ichikawa, 1959), Cuando una mujer sube la escalera (Mikio Naruse, 1960), Daughters, Wives and a Mother (Naruse, 1960), hasta que en 1962 participó en la mítica Seppuku (Harakiri), que le valió el premio al mejor actor “Blue Ribbon Awards” y el “Kinema Junpo Awards”, considerada una de las tres mejores películas de samuráis de todos los tiempos. Luego vinieron Kaidan (1964), Samurái Rebelión (1967) y. poco a poco, se iría convirtiendo en un asiduo de Kurosawa, desde Yo Jimbo, hasta Sonjuro, pasando por El infierno del odio, Ran (1985), Kagemusa…
Desde entonces, el actor ha estado participando en diversas cintas hasta el año 2006. En su haber constan más de 120 películas, trabajando con los mejores directores del cine japonés. Resaltar su interpretación en La condición humana como Kaji, que lo convirtió en un símbolo de una generación marcada por las heridas de la posguerra. Años más tarde, Kurosawa encontraría en Nakadai un instrumento expresivo capaz de cargar con la furia y el delirio y la vulnerabilidad en el filme Kagemusha (1980), pero sobre todo en Ran (1985), ya que su presencia, su sola presencia, se volvió ciclónica: ver a Hidetora, ese viejo feudal consumido por su propia caída…, eso se transformó en uno de los retratos más devastadores que ha dado el cine sobre el poder, la locura y la fragilidad. Aun así, lo cierto es que el actor nunca se dejó encasillar y alternó cine de época con dramas contemporáneos, además de experimentación teatral, televisión… Actuar junto a él significaba entrar en una especia de templo artístico. En 1996 recibió la Medalla con Cinta Púrpura por sus logros artísticos. En 2007 fue declarado Persona del Mérito Cultural y en 2015 recibió la Orden de la Cultura, el máximo galardón de Japón que se otorga a una persona por sus destacadas contribuciones al arte.
Como señala Howard Hampton sobre Nakadai en un ensayo sobre la mordaz sátira samurái de Okamoto,¡Mata! (1968), quizá sea su intenso papel como el hombre del rostro desfigurado quirúrgicamente en El rostro de otro (Hiroshi Teshigahara, 1966) el que ofrece una metáfora acertada de su carrera actoral en muchos aspectos, ya que aquí adopta diferentes apariencias, métodos expresivos y estrategias para presentarse de una película a otra. A diferencia del conocido espadachín que se mantiene fiel a una escuela, él, sin embargo, fue más bien un artesano modesto que utilizó la técnica que mejor se adaptaba al contexto.
Para ir acabando. Nunca firmó un contrato de exclusividad con ningún estudio cinematográfico, una decisión que le permitió tener una libertad artística en la pantalla y la oportunidad de colaborar con numerosos directores de renombre. La condición humana, filme ya citado aquí, donde interpretó a un soldado pacifista, lo consagró como una figura imponente en la pantalla. Nakadai reconoció a Kobayashi como el director que inicialmente supo apreciar su talento y contribuyó a forjar una carrera como actor, y en una entrevista a Criterion Channel, declaró: ―”Si bien le debo mucho a Kurosawa, el director que me descubrió y que me convirtió en el actor que soy hoy fue Masaki Kobayashi”. Un director con el que alcanzó el punto álgido en la película Harakiri, de 1962, en la que encarnó a un samurái solitario que buscaba el permiso de un señor local para cometer un suicidio ritual. Ese estilo narrativo de la película, impregnada de aquellas técnicas del teatro kabuki, le permitió a Nakadai trasladar su talento a la pantalla. En una entrevista en 2005, describió la película como “un drama de diálogos”, llegándola a considerar su obra favorita en toda su filmografía. Pero, como ya hemos anotado, el momento cumbre de toda su carrera, sin lugar a dudas, fue su papel del anciano señor de la guerra, Hidetora Ichimonji, en Ran (1985), la epopeya de Kurosawa, en la que el actor, con un elaborado maquillaje para interpretar de una forma convincente al personaje, se transforma para darle vida a ese drama inspirado en El rey Lear.