viernes. 14.06.2024

Narrativa | JESÚS ZOMEÑO

1.- ACLARACIÓN PREVIA

Siendo dos novelas de la Transición, cabría aclarar que más bien son dos novelas del final de la Transición o, más bien, dos novelas del arranque de la Movida.

Hay un cambio social y estético muy diferente, cambia la mentalidad. En la Transición empujaba una conciencia política y colectiva, pero la Movida era la búsqueda una conciencia estética e individualista.

Lo de la asamblea a las ocho en casa de Carlos o de Luis, repartir pasquines de apoyo a la huelga de los astilleros de Vigo y luego una sesión de cineclub para ver una película albanesa en versión subtitulada sobre las granjas colectivas, eso deja de estar de moda.

La Movida surge como reacción a la Transición. Hay una fatiga de tanto planteamiento político y el intelectual totalitario y clarividente ya no es un modelo social a seguir. Es como si de pronto la gente dijera: «Si ahora somos libres, vamos a disfrutar la libertad y a dejar de teorizar sobre ella».

Vuelvo a citar —porque uno tiene pocas convicciones, pero son firmes— aquel artículo de Loquillo titulado «La última noche de verano de mi juventud» donde relata lo que sintió al ver la película American Graffiti: «Me dio las claves, ser joven podía ser la hostia (nada que ver con la Barcelona gris de barrio obrero y huelga diaria). No necesariamente uno tenía que dedicarse a cambiar el mundo, lo interesante era cambiar el tuyo…»

Por poner otro ejemplo icónico, Carmen Maura, transexual en la película de Almodóvar La ley del deseo, no exige que nos rieguen a todos ni pregunta por los derechos laborales del barrendero, a esas horas, sino que lo que le grita al hombre de la manguera es: «Riégueme, y no se corte, riégueme».

Otra cosa sería, como ya apuntó Manuel Turégano en la presentación de este libro, si la libertad nos iba a hacer felices o no.

La Transición nos hizo libres y esa libertad se ejercitó en la Movida, hartos de tanto teorizar sobre ella, si por fin ya era posible

2.- RAFAEL SOLER, LA LÍRICA DEL FRANCOTIRADOR CERTERO.

Hay autores que escriben bien y hay otros que, además, trasmiten sentimientos. Rafael Soler es de los segundos, no explica lo que pretende decir, sino que directamente lo trasmite. Describe situaciones y sensaciones con las que induce al lector a sentir lo que siente el personaje.

En 1979 a Rafael Soler no le preocupa la política, siquiera literariamente, lo que le preocupa son los seres humanos. Caóticos, soñadores, a veces enamorados y siempre en busca de la honestidad, siquiera consigo mismos.

Ambas novelas comparten similitudes, pues están muy próximas en el tiempo.

En cuanto al contenido, las dos novelas tratan de crisis de pareja y trascurren en periodos festivos. El grito trascurre en Navidad y El corazón del lobo en Semana Santa. Puede ser casualidad, pero no hay que olvidar el simbolismo de que, en vacaciones, nos despojamos de las obligaciones impuestas y más profundamente nos reencontramos con nosotros mismos y nuestra circunstancia. Además, las referencias bíblicas son un cliché castizo en Rafael Soler, marca de la casa, que asoman tanto en los nombres de los personajes como a lo largo de la trama, aunque siempre con ironía, como si le diera un capotazo a la España tradicional que dejábamos atrás.

Sin embargo, la identidad literaria de Rafael Soler no reside en las tramas sino en su estilo. Rafael Soler es un poeta y sabe convertir una novela en un poema de doscientas páginas.

La individualidad se convirtió en el tema principal, fin de las asambleas políticas. El escritor se dispersó en busca de sí mismo y buscó su propio estilo, como hizo Rafael Soler

Analizar un estilo literario no quiere decir que sea sencillo y podamos imitarlo, de igual modo que explicar los goles por la escuadra de Ronaldo o de Messi no nos da la habilidad de ganar una Champions. Analizar es un acto de admiración y no de simplificación.

El estilo personal de Rafael Soler afecta a la estructura de la trama, a la composición de los párrafos y a la precisión de cada frase. Todo ello no es un juego superficial sino un arma de precisión poética y abordaje emocional.

De mayor a menor:

Primero fragmenta la acción. La trama avanza fragmento a fragmento, pero están descoyuntados, no hay línea recta. Hay monólogos interiores, saltos en el tiempo, cambios de personajes, sonidos onomatopéyicos, etc. La realidad no es única y monoteísta, al menos para el entendimiento humano, solo captamos trozos la realidad y vivimos a golpes de sentimientos, a veces contradictorios.

Segundo, en cada uno de esos fragmentos se agolpan las frases, se superponen e insisten, una y otra vez. No se trata de un abordaje, me corrijo, sino de un oleaje. Cada frase es una insistencia que aporta un matiz nuevo, diferente, más rotundo, o a veces todo lo contrario: solo contradicción, confusión o resignación. La tormenta de frases trasmite ansiedad y, no obstante, a veces paz. Las estructuras complejas y el oleaje es el reflejo más honesto de la confusión humana.

Y, tercero, en la composición de cada una de esas frases, considerada de forma aislada, es donde más destaca Rafael Soler. Cada frase es un verso. Precisión, contundencia, empuje e impacto. Bala en la recámara y disparo. Las frases huelen a pólvora, son de un virtuosismo inigualable. Potencia y por la escuadra, algo que no tiene más explicación.

Pero el conjunto de su estilo, tan individual, no es un artificio bizantino y pedante, sino que tiene un fin: acompasa la convicción del lector, lo introduce en el relato. Rafael Soler hace que sus personajes se desencajen, mezclen obsesiones, incertidumbres, ansias, remordimientos y, en definitiva, todas las contradicciones de la mente, recuerdos y motivaciones, porque son personajes que sufren, están viviendo rupturas amorosas, y a los que no se les puede imponer la coherencia. Rafael Soler trasmite lo que están sintiendo los protagonistas.

La libertad no tenía cuaderno de instrucciones y no garantizaba la felicidad, pero eso ya lo descubrieron los protagonistas de estas novelas, se dieron cuenta de que el camino iba a ser difícil

3.- EL GRITO (publicada en 1979, reeditada en 2014)

El grito mejor debiera haberse titulado El silencio.

Retrata la ruptura de un matrimonio tras la muerte de su único hijo, un niño autista.

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Rafael Soler

Están separados pero el 31 de diciembre casualmente ambos acuden, por melancólica curiosidad, al restaurante del hotel donde habían venido celebrando la Nochevieja todos los años. Allí se reencuentran, cenan y bailan.
La incomunicación de la pareja, las frustraciones de los personajes, se refleja en el simbolismo del hijo autista, el fruto de su unión.

Los protagonistas son incapaces de comunicarse. El silencio lo impregna todo. Sus propios cuerpos son parte del silencio: «Depilaría mis piernas en vano pues pronto volverían a poblarse de silencios». Los ruidos y los silencios se igualan e interiorizan: «Coge la mano de su novio tan tensa y llena de ruidos»; en definitiva, pura frustración e incomunicación: «La habitación llena de ruidos. Pues pensábamos. Cada uno por su cuenta. Ruidos de pensar en solitario».

Los personajes son víctimas de las circunstancias. Los personajes no gritan, no se desahogan, se contienen, están aprisionados. La vida les da sed pero no agua; la vida les da ansiedad, angustia, impotencia y ganas de gritar, pero la vida no les da el don de gritar.

Y son así, porque son personajes traumados. Teo repite a menudo que su padre «no se suicidó, se pegó un tiro en el cielo de la boca» porque los personajes son incapaces de admitir la realidad y superar sus traumas.

Desde luego que el mundo perfecto, absoluto y monoteísta, el universo pulido de Jeff Koons, no es el mundo de los que sufren.

Es como si el relato estuviera en la mente de ese niño autista, el hijo muerto, que está imaginando a esos personajes incapaces de exteriorizar sus sentimientos, como si hubiera un autista dentro de otro.

Solo hay dos gritos que rompen el silencio: El grito de Tarzán y el grito en la noche del hijo autista.

El grito de Tarzán es el grito de los sueños. Así quisiera uno que fuera la vida, como el grito de Tarzán abriéndose paso por encima de los gritos de los «monos machos rompiendo la oscuridad de la selva», tal como él idealiza. Es el grito permanente en sus ilusiones, aquel grito con el arrancaba el libro que empezó a escribir de adolescente, en un cuaderno con «tapas negras de hule» con el que acudió a Madrid para ser un literato famoso. No obstante, han pasado los años, ha fracasado y sigue con ese cuaderno intacto.

Su propia esposa se lo reprocha cuando él se marcha de casa y ella le manda sus cosas: su cuaderno con «tapas de hule», junto a más ropa, llaves, desodorante y «repuestos de la maquina portátil». ¿Se puede ser más cruel? Le manda, echándole en cara, su cuaderno con tapas de hule, ese que contiene su proyecto literario de Tarzán junto a los repuestos de la máquina de escribir, porque aún no ha escrito ni una sola línea de su libro. No se le puede llamar inútil con menos palabras (otra vez el silencio)

El segundo grito no es el grito de los sueños sino el grito de la realidad, acaso el grito que estrangula al primero. Es el grito del hijo autista en mitad de la noche. Es el grito que despierta a los protagonistas. A Teo lo despierta el grito de su hijo. Despierta de sus sueños en un Madrid gris, de periodista fracasado, junto a su esposa, donde él, Teo, no es Tarzán gritando por encima de los gritos de los «monos machos rompiendo la oscuridad de la selva». No, él no es el escritor famoso que soñaba, por más que grite en silencio.

4.- EL CORAZÓN DEL LOBO (1982, reeditada en 2012)

El lobo es un animal de manada, no un animal solitario. Los lobos se desplazan y sobreviven en grupo, en familia.

El corazón del lobo es una novela que trata sobre la vida. Un matrimonio, Alberto y Ana, se separa en la crisis de los cuarenta. En las vacaciones de Semana Santa, Alberto, el marido, se marcha entusiasmado con una jovencita a la que acaba de conocer mientras que la esposa, Ana, se retira a descansar a Menorca.

La crisis de los cuarenta es un espejo que refleja al protagonista. Refleja su imagen, de cuerpo entero y desnudo, junto a la jovencita Fanny, pero también refleja lo que hay detrás, al otro lado del espejo, donde intuye a su esposa, Ana, sus hijos y lo que ha venido siendo su vida hasta ese momento.

Los hombres son superfluos, predecibles. Hay un «Al-berto», un «Al-ejandro» y un «Al-fonso», pero todos acaban llamándose simplemente «Al» en un momento u otro. Los hombres son iguales, intercambiables. Olviden al macho alpha, confuso y errático, las verdaderas protagonistas son las mujeres, Ana y Fanny. En la crisis masculina de los cuarenta, ya ven, las protagonistas son ellas, involuntariamente manejan los hilos de la mente de él.

A la jovencita le gusta, según repite constantemente, la «ración de sepia para dos que me apetece muchísimo», pura ingenuidad y delicia que retrata su simpleza de estímulos. En cambio, la esposa carga con la madurez, la sabiduría y la profundidad del pasado.

5.- CONCLUSIÓN

La Transición nos hizo libres y esa libertad se ejercitó en la Movida, hartos de tanto teorizar sobre ella, si por fin ya era posible. La individualidad se convirtió en el tema principal, fin de las asambleas políticas. El escritor se dispersó en busca de sí mismo y buscó su propio estilo, como hizo Rafael Soler. La libertad no tenía cuaderno de instrucciones y no garantizaba la felicidad, pero eso ya lo descubrieron los protagonistas de estas novelas, se dieron cuenta de que el camino iba a ser difícil.

RAFAEL SOLER. Dos novelas de la transición. El grito - El corazón del lobo. Contrabando. Valencia, 2024. COMPRA ONLINE


JesúsZomeño
JESÚS ZOMEÑO. Escritor y crítico literario

 

Dos novelas de la Transición | 'El grito' y 'El corazón del lobo', de Rafael Soler