jueves. 04.06.2026
CRÍTICA DE IGNACIO MIRANDA

'La casa insomne' | Buscaremos juntas la salida

En su primera novela, Tere Susmozas parece que nos dijera: nos hemos encontrado en un sueño terrible, pero no te alarmes, juntas buscaremos la salida.
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Narrativa | IGNACIO MIRANDA

Foto Tere Susmozas
Tere Susmozas.

Una madre con heridas de infancia quiere evitar que su hija herede sus miedos y obsesiones. Esta es la historia de Sorah. Narra el viaje a su niñez, al verano recluida en un lóbrego internado, en la Casa, donde su amiga Lenka se lanzó por la ventana al vacío, y murió. Empieza así: «Sé que no tengo la culpa». Pero ya se sabe. Basta una negación de inicio para intuir por dónde irá. Irá atrás como en un bucle, hacia una pesadilla. Busca volver para salir. Si lo conseguirá o no, una vez más importa poco. Hablar de terrores infantiles, del pasado que aún nos duele, de lo que perdimos de forma irremediable, de la culpa que se arrastra y las carencias que acumulamos con los años, de nuestros intentos de sanar por que el legado inmaterial que transmitimos a quienes nos suceden no esté podrido. Eso ya es otra cosa.

La primera novela de Tere Susmozas trae de sus libros de relatos Terrestre océano (2015) y Estación intemperie (2020) un saber hacer que contempla la unidad general tanto como la eficacia narrativa de las historias cortas. En 56 capítulos titulados y con citas de poetas que acompañan el sentido de algunos de ellos, de una página a tres, de estilo muy cuidado y poesía bien intensa, la novela parte de un presente: Sorah adulta. Y aunque vuelve a este de manera puntual, el grueso lo conforma una narración en pretérito que apunta al tiempo y al lugar de la muerte de la amiga Lenka, el tajo inaugural que lo condicionara todo en adelante. Así, en retrospectiva, la narradora intenta poner orden a lo que de niña le resultara incomprensible, palabras a un magma, luz a un agujero negro.

La trama camina entonces en una dirección de la que la autora no se aparta. Ahora bien, a este movimiento lineal de ir al pasado y venir al presente y volver al pasado, se le acopla otro helicoidal de historias que aparecen y que más tarde se retoman, pero a veces no en el mismo punto en que se las dejó, como trazando círculos en torno a algo indecible, pero acotándolo, despacio. La superposición de ambos movimientos da la impresión de bucle. Un conjunto dinámico y concéntrico que hipnotiza igual que agobia. Hace cosas en uno. Desciendes por sombríos corredores hacia las aguas subterráneas de una mente infantil marcada por el abandono, la orfandad, la soledad, turbada por la angustia porque no entiende casi nada, y lo que va entendiendo, da pavor.

La autora consigue sumergirnos en un universo mítico, pero con aura rara. Y es que la niña Sorah posee una imaginación desbordante. Nunca mejor dicho, porque lo desborda todo

La autora ha conseguido sumergirte en un universo mítico, pero con aura rara. Y es que la niña Sorah posee una imaginación desbordante. Nunca mejor dicho, porque lo desborda todo. Con ella canaliza sus complejas emociones transformando lo que tiene alrededor. Esta disposición anula la presunta lógica que rige lo que llamaremos realidad, corroe las fronteras entre el yo sujeto y el mundo como objeto, cuestiona de raíz la grosera separación. Por un gesto de corte simbolista, apenas hay distancia entre estado interno y mundo externo. Dirán: quién no desearía un mirar no cartesiano. Dirán: ver a través del famoso pensamiento mágico de los niños. Y: en unión con el entorno. Bueno, no es el caso. Si la niña proyecta su interior transfigurando el paisaje en un período crítico, su estancia como interna, en un espacio hostil, la Casa y aledaños, lo que se ve es feísimo.

La autora echa mano de la visión ilógica. Imágenes de fuerte carácter surrealista te sumen en lugares en constante mutación. Por ahí te encuentras como en medio de cuadros menos de De Chirico que de Carrington y Varo, llenos de elementos que dan grima y atraen. O sea fascinantes. Aquí todo es extraño. Está vivo para mal. Parece a punto de causar un daño irreparable. Puede que Susmozas también trabaje con material onírico, ese instante eterno bajo párpados, o de duermevela, otro no lugar. Hay sueños en presente. Y no se sabe si pertenecen a la Sorah adulta o a la Sorah niña. Es deliberado. Da la idea de arrastre de la infancia o el ir hacia su encuentro. O ambas cosas en un mismo vector. Pero también expone una concepción de la vida onírica, como si los sueños fueran la reverberación de una identidad forjada a lo largo de los años, pero que excede etapas, las confunde. Qué provoca todo esto.

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Leer La casa insomne significa despertar de un mal sueño a uno todavía peor, vagar como sonámbulos por sitios que parecen reales pero que no terminan de serlo o lo son demasiado, en los que resulta difícil distinguir visión de percepción, ensueño de hechos plausibles. Es una atmósfera muy Marosa Di Giorgio, en su exhuberancia y animismo, solo que más mortificante, más aberrante. Una novela de lugares que alguna vez nos traspasaron, y ahí permanecieron tan presentes y de un modo tan oblicuo que hallas resonancias por dondequiera que vas, como si nunca hubiéramos salido de sus demarcaciones.

Tampoco queda atrás la gente de aquel tiempo, con las muescas que dejaron. En la Casa, los adultos al cargo de las niñas parecen extraídos del catálogo de lo inquietante. Empezando por la directora y las profesoras, de métodos carcelarios. Un ejemplo: provocan insomnio en las internas para docilizar sus cuerpos. Idea central. Imaginemos qué sucede cuando se torna crónico. Con ello se aseguran días en estricto orden, sin jovencitas molestando con su jovialidad, pensando libremente. Días en definitiva muertos. A estas les siguen la profesora de álgebra, el guardián y jardinero, las gemelas cocineras y lavanderas, la profesora de química. A casi todos les falta algo, y no solo físico. Pero también les sobra: el exceso suple pérdidas.

En la novela de Susmozas, los adultos son faltos y excesivos al mismo tiempo, tal vez porque incompletitud y exceso por compensación terminan siendo inherentes al ser adulto

En la novela de Susmozas, los adultos son faltos y excesivos al mismo tiempo, tal vez porque incompletitud y exceso por compensación terminan siendo inherentes al ser adulto. También hay un perro y un caballo, a los que les ocurre algo parecido. Una mención aparte: la lechuza. Es un ave símbolo que surge de manera recurrente, más que como un leitmotiv. Y un consejo: desentrañar el espectro de significados de los nombres de los personajes, y de la lechuza. Se disfruta más de la novela.

Bien, en este contexto, de naturaleza alucinante, bajo la severa vigilancia, qué amistad puede florecer. Una terriblemente intensa. Una condicionada por lo irrespirable de la Casa. A diferencia de Sorah, Lenka lleva tanto tiempo internada que carece de recuerdos extramuros. Aprendió a aguantar su encierro habitando un lugar recóndito en sí mismo, inaccesible a los demás. También es portadora de un saber sobre los entresijos de la Casa y el pasado de cierto personal adulto, que comparte con Sorah, ayudándola a sobrellevar, más o menos, sus aciagos días estivales. Entre ellas hay lugar para el afecto y la admiración. El mismo para el extrañamiento y la sensación de inminencia del peligro. Juntas tienen vivencias por completo inverosímiles. Y con la llegada de una tercera niña, Agda, el triángulo mágico se cierra y juegan a juegos igualmente inconcebibles desde un punto de vista racional.

La autora lo tiene claro. Su mundo ficcional no tiene por qué regirse por lo lógico. En las mentes infantiles puede haber lugares mutantes, objetos que se metamorfosean en animales que muerden, tumbas de un ayer que hablan de un ahora que avisa y amenaza, engendros en los sótanos, juegos que rebasan cronologías y saltan edades, elementos de la naturaleza que te miran y dicen: estoy aquí, pero en cualquier momento podría estar más cerca. La propuesta hace pensar en la imaginación como una aptitud en favor de la sobrevivencia ante una realidad en blanco y negro, a veces sepia, a veces gris, el feo mundo adulto que insiste en regular lo desmesurado y lo salvaje del espíritu infantil en un debe ser, nunca en dejarlo a su amor en un podría ser, a riesgo de que el tinglado salte por los aires.

No obstante a Sorah y Lenka les sucede algo análogo a los personajes que las vigilan más que cuidan: falta y exceso. Les falta libertad, entre otras muchas cosas. La fantasía las excede. Se dirían especulares. Pronto se ve que son espejos rotos que reflejan paisajes imposibles a los que se escapan.

Tere Susmozas diseña espacios emociones, o al revés, con base en lo surreal orgánico y transido por el símbolo

El quid de la novela estriba en qué concatenación de hechos y mensajes empuja a Lenka al abismo en forma de ventana, y de qué manera Sorah, marcada de por vida por tal acto fatídico, años después se abre a la herida con la intención de restañarla. Más le vale sanarse. Su hija llama a las puertas del futuro.

Tiento en el ritmo narrativo, finura en el hilado de la trama, sosiego en lo que la protagonista se revela. Además Tere Susmozas diseña espacios emociones, o al revés, con base en lo surreal orgánico y transido por el símbolo, con algo de estética de poupé sin miembros o muñeca abandonada en una finca abandonada, que transfieren la energía angustiante de las niñas recluidas, la conmovedora belleza de lo monstruoso y lo deforme, la fuerza del resto que quedó de aquello que perdimos, la compasión que despertamos, carentes y sobrantes como somos. Parece que nos dijera: nos hemos encontrado en un sueño terrible, pero no te alarmes, juntas buscaremos la salida.

Un paso en la oscuridad. Otro en la incertidumbre.


La casa insomneTERE SUSMOZAS. Editorial ADESHORAS, 2025. COMPRA ONLINE

Ignacio Miranda
Ignacio Miranda. Crítico literario

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