Muere Valentino, el “couturier” del color rojo y de las estrellas, el emperador que dibujaba un vestido con una sola línea
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Celín Cebrián | @celincebrianvaliente
Ayer murió Valentino Clemente Ludovico Garavani, nacido en Roma en el año 1932 y bautizado con ese nombre en honor al actor Rodolfo Valentino. Era hijo de Mauro Garavani y Teresa de Biaggi. Empezó a interesarse por la moda cuando estaba en la escuela de Voghera, en Lombardía, siendo aprendiz de su tía Rosa y de Ernestina Salvadeo, una diseñadora de la localidad. Se matriculó en la Accademia dell´Arte de Milán, en la que estudió moda y francés. Y a los 17 años se trasladó a París para asistir a la École des Beaux Arts y a la Chambre Syndicale de Jean Dessés, que era un diseñador conocido por sus vestidos de noche, plisados. También coincidió con Gyu Laroche, un francés que tenía una estética más deportiva. Cuando tenía 18 años, en 1950, acudió a la ópera en el Teatro del Liceo de Barcelona, donde pudo observar a un grupo de damas vestidas de rojo. A partir de ahí, adoptó ese color como emblema, llegando a crear un rojo de un color muy intenso.
Un diseñador, como ya hemos dicho, que acabará siempre asociado al color rojo, al rojo chispeante Valentino que significa pasión, religión, lujuria y amor
Su primera oportunidad la tuvo con Jacques Fath y después con Balenciaga. Más tarde, encontró trabajo con Jesse Desses, ayudando a diseñar el icónico estilo de la condesa Jacqueline de Ribes. A estos trabajos, se unió Guy Laroche, ya citado, durante dos años. Cuando terminó ese período, decidió regresar a Italia y pasó un año trabajando en Roma con la princesa rusa Irene Galitzine, que tenía un taller y una tienda en la que popularizó los elegantes pijamas de noche. Pero en 1959, con la ayuda de su familia, fundó su “maison de la couture”, en la Via Condotti de Roma, donde todo era muy grandioso. Rápidamente, las modelos volaron desde París para su primer desfile.
La conexión de Valentino con “la ciudad eterna” tiene su hito simbólico en el vestido que lleva Anita Ekberg en la secuencia de la sueca empapándose de agua en la Fontana di Trevi, en la película de Fellini La dolce vita. Pero el vínculo no fue sólo emocional, sino también comercial, dado que la ciudad albergaba muchos rodajes de cine al año, por ejemplo, como Cleopatra, con Liz Taylor, que se hizo clienta de Valentino. Y en 1964, llegó a vestir a Jackie, en 1964, si bien ella ya había lucido un diseño suyo en el funeral de su marido John F. Kennedy. Gracias a todo esto, pronto pudo abrir un salón en Milán para presentar sus colecciones. Años después, Jackie llegaría a vestir de Valentino en su boda con Aristóteles Onassis. En 1967 recibió el Premio Neiman Markus Award y, al poco tiempo, trasladó su salón de la moda a un palacio del siglo XVIII situado en la misma calle. Contactar con famosos, le hicieron en seguida muy popular en los EE.UU. Pero no se entendería el rápido ascenso de aquellos de este arquitecto del glamour sin citar a Giammetti. Giancarlo conoció a Valentino cuando tenía 18 años y el modisto 28. Juntos crearon en 1960 una empresa. En 1986, Valentino fue el mayor exportador de moda de Italia, con más de 385 millones de dólares durante ese año. Y aunque era el polo opuesto del grunge (sucio/desaliñado), sin embargo dominó gran parte de la época de los 90, siendo muy relevante en la cultura de las celebrities. Fue justo en esa época cuando comenzó a despegar. Garavani era otra estrella. Como dijo Piccioli “Valentino era la marca en sí misma”.
En una época en la que algunos diseñadores hicieron de su vida personal algo público, sin embargo, Valentino fue diferente
En 1989, Valentino y Giammetti, crearon la Academia Valentino, un espacio de exhibición cultural y de arte ubicado cerca del taller. En 1998 la marca Valentino fue vendida a un conglomerado italiano (Holding di Partezipacione) por 300 millones de dólares. Giammetti dejó el grupo en el 2007, aun así en 2017 juntos crearon la Fundación Valentino Garavani. El New York Times escribió: “Si Garavani aspiraba a ser el rey de la alta costura romana, el Sr. Giammetti era su primer ministro, el que cuidó y protegió la elegancia”. Una muestra de ello son las más de 57.000 fotografías que publicó Aussouline Publishing en 2013 en una colección que se llamó Private: Giancarlo Giammetti. Valentino se convirtió en uno de los mejores teniendo a Giancarlo a su lado, que alguna que otra vez le reprochó “su gusto por el champán”.
A lo largo de más de medio siglo, Valentino vistió a las grandes divas del cine, así como a la realeza y a la clase política. Desde Elizabeth Taylor a Nancy Reagan, Sharon Stone, Gwyneth Paltrow, Anne Hathaway o Julia Roberts, a la que le hizo un vestido vintage blanco y negro para la película Erin Brokovich. Una de sus grandes amigas fue Jacqueline Kennedy Onassis, además de unas de las clientas más influyentes. En el caso de Elizabeth Taylor, la amistad les hizo compartir su círculo social con Audrey Hepburn. Otra fue la exmodelo española Naty Abascal, una de sus amigas más fieles y cercanas durante décadas. Fue amigo de Diana de Gales y vistió a Claudia Schiffer, que lució uno de sus vestidos en la Met Gala del 2008. Aunque se retiró en el año 2007, nunca se separó de su costurero. Era un maestro del estilo y la elegancia, y un símbolo de la alta costura italiana. En realidad fue mucho más que un creador de los vestidos más memorables de la alfombra roja. Moda, perfumes, bolsos… A finales del 2011 lanzó, en colaboración con Puig, su nuevo perfume “Valentina”, con un spot publicitario protagonizado por la modelo danesa Freja Beha Erichsen. Su visión de la moda, lo convirtieron en un genio, que puso su mirada en el universo nupcial, creando vestidos de novia que hoy forman ya parte de la historia. En 2009 se estrenó la película Valentino: The Last Emperor, un documental que desvelaba su vida profesional y privada. También llegó a hacer un cameo en El diablo se viste de Prada (2006) y en Zoolander (2016).
Su estilo, a grandes rasgos, puede resumirse como una continuación con la alta costura del siglo XX, una alternativa con un estilo andrógino y rectilíneo, al estilo de Giorgio Armani, sin prescindir de la exuberancia de Karl Lagefeld, John Galliano o Jean Paul Gaultier. Valentino insiste en la feminidad de la mujer, en resaltar su silueta y hacer vestidos lujosos de colores vivos. Por supuesto, siempre con un perfecto acabado y grandes calidades. Digamos que Valentino era un conservador. Y si alguien sabía hacer arte, ése era Valentino. Un diseñador, como ya hemos dicho, que acabará siempre asociado al color rojo, al rojo chispeante Valentino que significa pasión, religión, lujuria y amor. Como dijo una vez “todo está hecho para atraer, seducir, entrar”. Una mujer vestida de Valentino era ante todo una dama, porque en su arte hay pulcritud y formalidad, su marca era la buena vida, la jet set, los ricos y famosos… Los bonitos escotes, los vestidos cut-outs, que tanto atraían a las celebridades… Y la informalidad… Pier Paolo Piccioli, que se incorporó a la firma en 2008, recuerda que “en pleno verano el aire acondicionado estaba a tope para que el personal pudiera llevar traje. Todo era muy ritual”.
Para terminar, decir que, en una época en la que algunos diseñadores hicieron de su vida personal algo público, sin embargo, Valentino fue diferente. Se supo que uno de sus grandes amores y uno de los pilares más importantes de su vida fue Giancarlo Giammetti, socio y compañero. Durante toda su carrera hubo bastante discreción. Era como si la vida sentimental quedara aparte. Después de conocerse en un café, Giammetti, que por aquel entonces era estudiante de arquitectura, dejó sus estudios y se unió a Valentino, convirtiéndose en su mano derecha y en su socio imprescindible. Su vínculo representó un equilibrio entre el amor, la lealtad y una visión compartida del negocio. Posiblemente también de la vida, algo nada fácil. Giancarlo fue el ancla que le permitió a Valentino concentrarse en la creación. Tras 12 años de amor, decidieron terminar, pero su relación laboral estuvo presente más de 50 años.
La moda fue su pasión, también el arte, la arquitectura y el arte objeto. Estuvo rodeado de villas históricas y grandes jardines. Amaba las cosas creadas por alguien, como buen admirador de la naturaleza que era. Nunca ocultó su amor por los perros pug. Tuvo seis perros como mascotas y siempre siguió la misma regla: todos los nombres deberían empezar con la letra M: Magie, Milton, Maude, Margot, Monty y Molly.