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martes. 05.07.2022
Mercado del val valladolid

El rico pan es un producto que con mucha frecuencia ha sido motivo de serios conflictos sociales debido a su carestía. La historia de Valladolid está cuajada de protestas, huelgas e incluso muertos cuando escaseaba el trigo por las malas cosechas o por la especulación, y el precio del pan subía. Téngase en cuenta que el pan ha sido durante siglos la base alimenticia de la población en general y de las clases humildes en particular. Un trabajo de fin de grado de 2016 realizado por Samuel Santos Ortega titulado “Los motines del hambre en Castilla la Vieja en el siglo XIX”, indica que en la dieta de la clase baja a mediados del siglo XIX el pan era básico y que el consumo estimado era de 150 kg. por persona y año y, además –añade- de bastante peor calidad que el pan que consumían las clases sociales más pudientes.

Las revueltas del pan han sido recurrentes en muchas poblaciones de España, pero vamos a centrarnos en Valladolid y en el siglo XIX y XX. Normalmente estas revueltas o motines se producían en algún contexto de malestar social no solo por la carestía del trigo, sino por condiciones laborales o sociales: subidas de otros productos alimenticios, movilización de reclutas para llevarlos a las posesiones de ultramar, desempleo, etc.

Hubo revueltas en 1838 debido a las malas cosechas. Revueltas que se repiten en 1847 pero en esta ocasión no por malas cosechas, sino por un exceso de exportación que dejaba desabastecida a la población local.

EL MÁS VIOLENTO

Mediado el año 1856 el Ayuntamiento subió los impuestos en un clima de fuerte confrontación política, además se empleó mano de obra de presidiarios para obras públicas, que cobraban mucho menos que los jornaleros y encima los dejaban sin trabajo. Aquella revuelta fue la más violenta que se conoce en Valladolid (aunque no ocurrió solo en Valladolid). Además de lo apuntado del descontento social, la Guerra de Crimea provocó una subida del precio de trigo español al tener una gran demanda en los mercados extranjeros, tampoco fueron muy buenas las cosechas y, en consecuencia, el precio del pan se disparó. En este contexto aumenta del desempleo y la mendicidad, y por si faltara poco se produjo un nuevo episodio de cólera.

revueltas pan
Imagen tomada de la Fundación Largo Caballero.

El pueblo, muy alterado, atribuyó el aumento del precio del pan a la especulación de los empresarios harineros. Así que el 22 de junio la gente se echó a la calle e incendió tres fábricas de harina situadas en el entorno del Canal de Castilla, dos almacenes, y causaron daños en otras empresas y viviendas de los propietarios. El Ayuntamiento forzó la bajada del precio del pan, pero no había trigo suficiente para atender la demanda, y las panaderías subieron de nuevo el precio del pan. Una disputa entre una clienta y una panadera hizo saltar la chispa pues las mujeres iniciaron protestas y manifestaciones.

Cuando las cosas parecían apaciguarse en Valladolid, en Medina de Rioseco y otras localidades, incluida Palencia, se iniciaron revueltas de gran violencia. Las autoridades movilizaron al ejército y el resultado final se saldó con numerosos encarcelados, y un juicio sumarísimo que condenó a la pena capital a veintiuna personas, además de otras más de cien condenas de prisión.

Sobre este episodio hay un detallado trabajo accesible en internet: “Protesta en el Valladolid Contemporáneo. El Motín del Pan de 1856: aproximación histórica”, de Marcos Ortiz Herrero, de la Universidad de Valladolid.

Y EN EL SIGLO XX

Corría el mes de enero del año 1920, cuando de nuevo apareció la sombra del histórico conflicto del precio del pan, pues los fabricantes de harina se habían negado a seguir suministrando a las tahonas harina a precio tasado. Además, también había subido la carne, el azúcar, el aceite, el arroz y las patatas, y se cernía una subida de las tarifas ferroviarias. Imaginemos como andaban de exaltados los ánimos.

Tuvo que intervenir el gobernador civil para conjurar el peligro… de momento. Para ello incautó vagones de harina que estaban en la Estación a punto de salir para otras poblaciones españolas.

La cosa no pintaba bien. Se aproximaba Carnaval, por lo que aprovechando el jolgorio característico de las fiestas de Don Carnal, se preveía un grave conflicto: las existencias de harina incautada se estaban agotando y amenazaba una subida del precio del pan.

Una noticia de esperanza se abrió paso en los mentideros vallisoletanos: los fabricantes de pan estaban dispuestos a buscar una solución; pero ¡ay! donde aparecía una solución surgía un problema: las tahonas se negaban a fabricar pan con la escasa harina que se les estaba suministrando. El día 4 de marzo el Ayuntamiento acordó incautar las tahonas, pues estas amenazaban con dejar de fabricar pan al no transigir con las medidas impuestas por el Ayuntamiento: limitación a 240 sacos diarios de harina con lo que bastaban para el abastecimiento diario de la población, pues querían fabricar pan extra fuera de los precios marcados, que no se les limitara el suministro diario y que no se les cargara el precio del transporte desde las fábricas a las tahonas. La forma en que algunas tahonas burlaban las limitaciones era fabricar pan por debajo de su peso, lo que obligó al Ayuntamiento a exigir a los establecimientos de venta de pan que tuvieran un peso a disposición de los clientes para que pudieran comprobar el peso del pan, que solía venderse por piezas de 1 kg. Los inspectores si localizaban pan por debajo de ese peso se incautaba y se entregaba a establecimientos de beneficencia.

Sobre el conflicto planeaba el recuerdo de los “motines del pan” de 1856, o la protesta del pan de 1904, en la que en medio de un intercambio de pedradas por parte de los manifestantes y los disparos de los guardias, por la zona de la calle Cánovas del Castillo fue abatido un muchacho que lanzaba piedras con una honda mientras increpaba a la guardia civil.

EL EJÉRCITO FABRICA PAN

No creamos que aquel 1920 el problema de la carestía del pan quedó solucionado. El conflicto estaba latente y apareció de nuevo el verano de 1922.  El Ayuntamiento conminó a los panaderos a bajar el precio inmediatamente, pero se negaron y además amenazaron con ir a la huelga. Para combatir la falta de pan, la Diputación comenzó a fabricarlo por su cuenta, el Ayuntamiento detuvo a varios industriales, incautó tres tahonas y puso al Ejército a fabricar pan las 24 horas al día. Además, avisó para que la gente no se aglomerara en los puestos de venta pues habría suficiente pan para todo el mundo.

Mas, el 3 de agosto finalizó el conflicto pues el alcalde, por su cuenta, terminó por ceder en su política de firmeza, pues la Diputación y el Ejército le retiraron su apoyo en medio de las consabidas “politiquerías”, y también debido a que una fuerte subida del precio de la harina hizo gravoso a las arcas municipales la fabricación de pan por debajo de su coste. Eso sí, redobló la inspección para que ninguna panadería bajara el peso del pan, que solía ser de un kilogramo.

Eran, todo hay que decirlo, días de problemas generalizados de carestía de la vida. De tal manera que el Ministerio de la Gobernación el 8 de agosto dictó un decreto dando una amplia gama de competencias a los Ayuntamientos para combatir este generalizado problema. Por ejemplo, a municipalizar servicios tales como los mercados de distribución de mercancías, las cámaras frigoríficas de conservación de alimentos, el servicio de transporte de mercancías dentro de la población, etc.  Así como intervenir en la fijación de precios y condiciones de venta del comercio al menor y al mayor.

La carne, por cierto, en aquellos meses también andaba en unos precios escandalosos, y en la ciudad había huelga de albañiles y de carpinteros, y en España, de Correos. A esos elementos hay que añadir un gran descontento social por la guerra de Marruecos: el año anterior ocurrió el desastre de Annual y a la guerra, cuyo final parecía no llegar,  solo iban los hijos de las clases populares, pues los de los de las familias pudientes tenían subterfugios para evadirse.

Los motines del pan en Valladolid