martes. 23.04.2024

Canta, oh musa, la cólera del Pelida Aquiles... Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento... Vivía un hidalgo de los de lanza en astillero, adarga antigua, rocín flaco y galgo corredor... Llamadme Ismael... Era el mejor de los tiempos, era el peor de los tiempos... Y la vida no es noble, ni buena, ni sagrada... En tierra, en humo, en polvo, en sombra, en nada.

Modas, tendencias, escuelas, corrientes, movimientos, estilos, géneros, gustos, libros comerciales aparte, la literatura, a secas, es una bendición, una conjura a favor de corazón, inteligencia y sensibilidad para no dejarlos expuestos al raso de lo ordinario y adocenado.

La literatura (la buena, crear objetos estéticos), como el periodismo (el bueno, informar sin contaminaciones), es un producto industrial del lenguaje en última instancia. Antes, la lectura y su correlato la escritura, o viceversa, la escritura y su correlato la lectura -tanto importa, importa tanto- son subterfugios y refugios de una realidad que es mucha y mala en boca de Quevedo (el poeta barroco) y hay que ser sublime sin interrupción, como planteó Baudelaire, o por lo menos intentarlo, aunque sea con intermitencias. 

La literatura, a secas, es una bendición, una conjura a favor de corazón, inteligencia y sensibilidad para no dejarlos expuestos al raso de lo ordinario y adocenado

Tanto para lectores como para escritores, la literatura es pura física metafísica, ejerce un doble movimiento de amparo y evasión, en el sentido más romántico de los términos, de huida centrípeta, hacia uno mismo, y de disidencia con el mundo exterior. Verosimilitud y fantasía se hermanan a través de la gramática en busca de la inmortalidad que no te da la tierra, por esto la Biblia es sagrada y eterna y no por otro motivo, porque Moisés un día en el Éxodo con un bastón separó las aguas del mar Rojo para que pasara su pueblo cuando la muerte acechaba encarnada en el ejército del faraón, e inventó así el realismo mágico antes del boom hispanoamericano. “La Biblia es literatura, no dogma”, declaró George Santayana.

Por otra parte, el hecho literario se está convirtiendo en uno de los pocos bastiones del humor, acosado por el desenfrenado puritanismo esnob. El humor es el hada madrina de la cenicienta del estrés, del miedo y la angustia del desazonado día a día. Es una fe no reconocida para afrontar sin derrumbe las dificultades y los sinsabores. Una felicidad perspicaz y a la inversa, que nos ayuda a desenmascarar la ficticia importancia y seriedad que podemos llegar a darnos. La ironía y la parodia son sales elementales del espíritu. Y nosotros, los españoles, bebemos (vivimos) directamente del manantial fresco a perpetuidad del Quijote.

Tanto para lectores como para escritores, la literatura ejerce un doble movimiento de amparo y evasión, en el sentido más romántico de los términos

Y, asimismo, el arte verbal -la literaridad o literariedad- empieza a ser uno de los últimos reductos del misterio, la intuición y el sano olfato del instinto, dentro de un marco general de un modus vivendi abducido por lo maquinal y lo algorítmico. No hay preguntas inquietantes, sólo respuestas programadas. Desencajan la búsqueda y la indagación que revuelvan los parámetros convencionales de la existencia. Un buen libro o una gran obra literaria no cambian ni alteran un ápice el significado estipulado y la estructura establecida de las cosas. Pero en el plano individual sí pueden servir de implosión y subversión, porque nos reflejan, y nos pueden estimular a la transformación, cuyo paso previo es la interpretación, lo cual requiere pausa, detenimiento y sosiego (la lectura es contraria a la velocidad y a la producción en masa). Nietzsche -ese brujo poético bajo el disfraz de pensador- categorizaba que no existen hechos, sólo interpretaciones, y ahí entra en juego el lenguaje que les da forma. Somos un texto milenario que no paramos de reescribir y de releer sobre el decorado determinante de los acontecimientos históricos y privados. Y la literatura -si la corrección política no lo impide- continúa siendo la interpretación más abierta, libre y honesta (valiente) de todas.

Literatura, esa bendición