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JOSÉ LUIS IBÁÑEZ SALAS | @ibanezsalas
El escritor británico Andrew O'Hagan, nacido en 1968 en la escocesa ciudad de Glasgow, es el autor de la estupenda novela Caledonian Road, publicada en 2024 y traducida espléndidamente a mi idioma un año después por Rubén Martín Giráldez.
Caledonian Road (en español mantiene el mismo título) es una auténtica obra de arte literaria de corte clásico pero perfectamente enclavada en este presente nuestro que emplea como pórtico esta cita de Robert Louis Stevenson tan bien traída a su hilo argumental:
“A partir de cierto punto, con cada paso que damos en la vida, descubrimos que el hielo bajo nuestros pies se vuelve más frágil, mientras alrededor y detrás nuestros contemporáneos lo cruzan”.
Es tremendamente interesante (todos lo son) el personaje de Milo Mangasha, de quien el narrador nos dice que “el idealismo giraba a su alrededor como una vieja canción”
Así comienza la novela de O’Hagan:
“Campbell Flynn, alto y atildado a los cincuenta y dos, era una caja de sorpresas con traje de Savile Row, un hombre convencido de que la infancia quedaba tan lejos que todas sus amenazas se habían esfumado. Tenía secretos y problemas, pero por la ventanilla del taxi la catedral de San Pablo brillaba en Ludgate Hill y los ángeles de Londres estaban de su lado. Al llegar a Shaftesbury Avenue, inhaló su propio aroma, los melocotones apagados de Mitsouko, y levantó la mirada hacia los edificios”.
Ahí está el ámbito, la ciudad de Londres (que flota “sobre un mar de dinero sucio”), aunque veremos que ese es el epicentro (aún más concretamente la calle Caledonian Road) de una mirada magnífica al reciente Reino Unido, tan insertado en el tiempo presente. Una historia que transcurre durante la Gran Pandemia, los años de la Covid-19, tras el muy cercano Brexit. Escuchemos a Campbell Flynn (“somos una nación de ladrones y bebedores de café: saqueamos, luego existimos”), el protagonista (que comienza a vislumbrar que “no se puede vivir la vida siendo celebrado por predicar bellamente lo que uno nunca practicará, y esta era la certeza que había dado pie a sus quebraderos de cabeza”):
“Participamos en los sistemas que oprimen a las personas, prosperamos gracias a ellos, y creemos que nos purificamos de alguna manera yendo a marchas festivas y tuiteando consignas a nuestros amigos afines. Bienvenidos a la orgía de la contrición blanca”.
El Londres del dinero (“el dinero: un misterio inglés rara vez desentrañado”), pero no solo. En medio de un caleidoscopio de personajes relacionados de una manera u otra con Flynn (que se ve a sí mismo “como un traidor a su clase”), las vicisitudes críticas de éste fluyen a lo largo de esta necesariamente voluminosa obra de una forma literaria precisa, jugosa, a menudo sublime. Pura narrativa para comprender mejor la permanente lucha humana entre el fracaso y el acierto. Una “inmersión profunda en el absurdo de nuestra época”.
Campbell Flynn, un escritor que considera que los escritores son “mercaderes de la esperanza” y que “los escritores auténticos no revelan la verdad” sino que “la ocultan bellamente”, un “liberal en un sentido bohemio” que dice creer en la meritocracia (mientras su alumno Milo Mangasha le responde: “Y yo creo en Santa Claus”), aunque también es capaz de entender y defender que “la movilidad social es una fantasía que alimentan los ricos con sentimiento de culpa”, como mantiene Milo, que le dice:
“El mundo está cambiando, profesor Flynn. Estamos a punto de un reinicio completo. Mientras tanto, usted se pasa la vida dándole vueltas a lo que ve una chica de un cuadro de Vermeer en una carta que sostiene”.
Un mundo cambiante (como siempre) que ahora se encuentra a punto de un reinicio completo a decir de los activistas decididos a sustituirlo por algo mejor. Un mundo que se resiste a cambiar (dominado por gente que solamente tolera dos árbitros morales: “el mercado y su propia ambición”, también por gente atrapada en la frivolidad), en lucha con quienes quieren reiniciarlo. Eso es Caledonian Road. Y lo es narrado de una manera magistral, con unos diálogos profundamente humanos, quizá demasiado elaborados a menudo, en medio de un ámbito de esos que ya resultan para siempre elámbitodeunmundoencambioapuntodeserreiniciado.
La prisa de la exigencia, personalidades a la espera de suceder, la sensación de que tal vez “la vida es más disfrutable cuando uno sabe lo que le aguarda”. Todo eso vibra, y brilla, en Caledonian Road, una novela muy siglo XXI.
“Los tiempos de la vieja guardia habían terminado. Estaban sin reconstruir. Ahora, los jóvenes esperaban equidad, igualdad, diversidad”.
Es tremendamente interesante (todos lo son) el personaje de Milo Mangasha, de quien el narrador nos dice que “el idealismo giraba a su alrededor como una vieja canción”, y era alguien consciente de que en su lucha contra lo que la novela no llama el establishment, no podía vencer a todos, pero sí evitar ser como ellos, “y tal vez con eso bastaba”. De fracasar, viviría con su fracaso, no con el de los demás: “en cierto modo, eso ya era una mejora”. Milo Mangasha, tan distinto de su profesor, Campbell Flynn, que se vanagloria de guardar, siempre, las distancias con todo y que “trabajaba por el reconocimiento y por el chute que le proporcionaba el aplauso”. Lo que no quita para que entienda que la peor delincuencia es la que se causa desde la riqueza, capaz de destruir la sociedad: “todos esos ricos que dedican sus vidas a evadir impuestos o que conducen cochazos horrendos, o que celebran sus prejuicios y pagan poco a la gente, los ricos voraces, delirantes, que se creen con derecho a todo, que joden el mundo a diario, arrastran a la gente al hoyo y crean el odio que corrompe nuestra política”.
No está de más que veamos ahora el arte literario de O’Hagan en su esplendor:
“La lámpara de araña no era como las de los hoteles o las embajadas: el vidrio viejo estaba turbio, de un amarillo vintage, y las gotas de manganeso se habían vuelto moradas con los años. La luz que atravesaba los colores proyectaba destellos de tiempo por la habitación, y los espejos plateados, descascarillados por los bordes, parecían dar forma al tiempo mismo, así como a todas las figuras que pasaban por delante”.
Caledonian Road, leerla, claro, sirve además para aprender, como Campbell Flynn aprendiera de su alumno Milo Mangasha, que si tratamos de aprender (a su vez) de nuestros errores, si tratamos de verlos y de asumirlos, estaremos entonces en buena disposición para hacer algo con nuestra vida. O que los liberales, la mayoría de ellos, como considera otro personaje de la novela, no son capaces de comprender que su verdadera naturaleza, sus auténticas aspiraciones, es que “lo que quieren para sí mismos es mucho mayor que lo que quieren para los demás”, y se concentran “en hacerse los dolidos, porque no tienen estómago para la desigualdad de la que dependen”. También que a las nuevas generaciones “no les importa la complejidad de los demás, solo la suya, que es una especie de enfermedad”. Y, sobre todo, además de que la tradición solamente se mantiene si no cede a la debilidad, que no debemos esperar a que el desmoronamiento de la felicidad sea la única prueba de que alguna vez fuimos felices.
“Si conoces a una persona joven que esté llevando a cabo una acción real en lugar de limitarse a segregar a otros y a hacer de policía del vocabulario, ya te puedes dar con un canto en los dientes. Existen. ¡Yo conocí a una! Pero usar los problemas del mundo para definirse sin comprometerse de verdad con el cambio es una forma de narcisismo”.
Caledonian Road. Andrew O'Hagan. 672 pgs. Libros del Asteroide S.L.U., 2025. COMPRA ONLINE
CRÍTICO LITERARIO Y EDITOR




