miércoles. 03.06.2026
CRÍTICA DE JOSÉ LUIS IBÁÑEZ SALAS

Mirar al mundo con las palabras y los sueños de Corina Oproae

Una infancia imaginada bajo una dictadura, donde los libros y los sueños salvan todos los silencios.
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Narrativa | JOSÉ LUIS IBÁÑEZ SALAS | @ibanezsalas

La escritora hispano-rumana Corina Oproae, autora de varios poemarios, publicó en 2024 su primera novela, la muy hermosa La casa limón, que se abre con estos versos de Louise Glück (en inglés): “Miramos el mundo una sola vez, en la infancia. El resto es memoria”. Una cita de apertura muy acertada, porque eso es el debut novelesco de Oproae: una mirada especialmente infantil del mundo conocible. De hecho, La casa limón comienza así:

“No recuerdo cuántos años tengo, pero sí que vivo debajo de una gran mesa de madera, en un castillo infinito, cuyos muros están hechos de libros. […] Huelo los libros uno a uno. Me chifla hacerlo. De la misma manera que en el colegio”.

Sí, la protagonista y narradora del libro (¿la propia Corina Oproae?, diríase que sí, siguiendo la estela de otros libros recientes que he leído, también debuts narrativos, como el de Natalia Litvinova y Jonathan Arribas, ambos autobiografías escritas como si lo hubieran sido desde la infancia) lee mucho, no sabemos qué libros, pero lee mucho. Muchísimo (“lo leo todo, aunque no entiendo mucho”). Y podemos imaginar que tanta lectura hace de ella alguien con una imaginación portentosa. Aunque… bien podría ser al revés, es decir, que lea tanto porque tiene una imaginación portentosa. Una imaginación portentosa que nos permite leer lo que ella sabe o cree que sabe desde los dos tipos de percepciones que es capaz de describir: una real y otra literaria, como soñada, casi poética (“solamente siento un olor intenso a fruta mustia mientras la luz del atardecer va invadiendo poco a poco todas las células de mi cuerpo como un bello canto de letanía”).

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“Nunca paso de las primeras páginas. Lo que pienso es que cuando entienda todos los comienzos, sabré cuál es el libro que hará que pueda leer todos los demás. Porque intuyo que más adelante leeré en uno de esos libros que un libro es todos los libros”.

Lo que se nos cuenta, lo que nos cuenta la niña que nos cuenta lo que leemos, ocurre bajo la dictadura de Nicolae Ceaușescu, de apariencia comunista (eso lo digo yo, porque qué tiene de comunista una dictadura como la de quien es llamado en el libro Gran Dirigente, una dictadura totalitaria que además empobrece a todos menos a los que la ejercen), aquella infamia incomprensible para la niña que nos habla.

“No sé lo que significa Securitate, aunque escuché esa palabra en casa un día. Cuando se lo pregunté a papá, me dijo que siempre que la escuche haga como quien oye llover. Según él, cuanto más mayor sea cuando sepa el significado, mejor será mi vida”.

Un país en el que “hay muchos libros que están prohibidos”, donde “es cada vez más difícil tener comida suficiente en casa” y hay que hacer unas colas enormes para conseguirla. Un país en el cual, a la protagonista, su madre le pide que “de momento, no cuente a nadie” sus historias. Aunque, también, le dice que de mayor podría dedicarse a escribir porque tiene “una imaginación fabulosa”, y que “le hace feliz saber que” tiene algo que nadie le podrá quitar: “las palabras y los sueños”.

Quizás con eso se haga la literatura. Con las palabras y los sueños. La de Corina Oproae sí, desde luego. Nadie se lo pudo quitar.

Ella, la niña que protagoniza y narra cuanto leemos, sabe (porque lo leyó en un libro) que contar o escribir historias hace que esas historias “se apacigüen como en una tormenta”, se comporten “como un amor loco que se asienta y se vuelve tranquilo y seguro con el tiempo”. El poder balsámico de contar, de escribir, de leer, de la literatura.

La niña que nos cuenta cuanto leemos va creciendo a lo largo de la novela, ella misma es consciente:

“Observo con nitidez un brillo extraño en mis ojos y la sensación de que otra niña, parecida a mí, y sin embargo distinta, se está haciendo lugar poco a poco dentro de mí”.

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Corina Oproae. Tusquets

Ella no hace más que obedecer aquel deseo de su madre que la pedía escribir para “reconciliarse con la vida una y otra vez”, para “aplazar la muerte”, para poder seguir viviendo.

“Estoy con mamá en la playa, en algún lugar en el mar Negro, de pie en la orilla. Hace un sol implacable y la arena nos quema las plantas de los pies. El mar nos espera y mamá entra en el agua como si se adentrara en la felicidad. Su risa estalla como si el dolor y la tristeza no existieran, y entra en mi cabeza, en mi cerebro. Primero es un hilo plateado que serpentea. Luego se contrae hasta que se vuelve una minúscula esfera plomiza. Desciende desde mi cerebro hasta detrás de mi ojo izquierdo y sigue por mi garganta, deslizándose poco a poco hasta el corazón. Entra lentamente y se detiene en el centro”.

Cuando acababa mi ensimismada lectura de La casa limón di en escribir unos versos luego de leer varios poemas de Oproae. Más que arrojo lo mío acabó siendo un despropósito que por alguna razón indescifrable prefiero evidenciar que silenciarlo. Este despropósito:

Leo poemas de una poeta que escribe poemas
cierro los ojos y ahora soy yo el que escribe un poema
sobre una poeta que escribe una novela donde la muerte
no es la protagonista. La muerte es un personaje, un personaje
vestido de poemas que aparece una y otra vez,
ahora y siempre, en el interior de la novela escrita
por la poeta que escribe poemas que no se constituyen en mí.
Pero cuando leo su novela leo los poemas que de ella me conquistan,
como si fuera yo quien hubiera decidido dónde está la poesía.

La casa limón. CORINA OPROAE. Tusquets. Barcelona, 2025. COMPRA ONLINE
 


JOSÉ LUIS IBÁÑEZ SALAS ES ESCRITOR,CRÍTICO  LITERARIO Y EDITOR
José Luis Ibáñez Salas | ESCRITOR,
CRÍTICO LITERARIO Y EDITOR

Mirar al mundo con las palabras y los sueños de Corina Oproae