Crimidesa me ha acompañado más de cuarenta años
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Durante los años que tuve la responsabilidad de Acción Sindical en CCOO, participé en numerosas negociaciones y movilizaciones de empresas y sectores. Por hacer un mínimo recordatorio de las segundas, citaría las grandes luchas contra la reconversión industrial, las huelgas generales en el país y en zonas como Ferrol, Vigo, Cádiz, Asturias, Sagunto o Vizcaya. El conflicto de la Naval de Reinosa cuando mataron al compañero Gonzalo Ruiz, la huelga de Isodel, de Otis-Zardoya, de Sintel y su Campamento de la Esperanza.
Todas merecerían una canción, como la de Carlos Cano sobre los trabajadores de los astilleros de Puerto Real, o un libro, como el que acaba de publicar Alejandro Álvarez sobre el conflicto laboral de Duro Felguera (No era imposible). Por ello, hay que agradecerle a Manuel González que haya escrito sobre una lucha que hay que contar, porque si no se hace parecerá que esta historia no existió. Las batallas se libran dos veces, la primera sobre el terreno y la segunda en el recuerdo.
A principio de los años ochenta hubo una lucha que me marcó especialmente. La empresa Crimidesa explotaba una mina de sulfatos en Cerezo de Río Tirón (Burgos). Fue una de las huelgas más largas de la historia del movimiento obrero. Duró 290 días. Se produjo por el convenio colectivo y contra los despidos. Hubo manifestaciones, huelgas de solidaridad ciudadana en Cerezo, cargas de la Guardia Civil con detenidos y heridos. Aquellos mineros realizaron la primera marcha obrera de la democracia. Vinieron andando hasta Madrid y su ejemplo crearía escuela y se repetiría en otros muchos conflictos laborales como en las marchas del carbón y del acero, de Santana o del campo andaluz.
La huelga de Crimidesa fue una de las más emblemáticas de la transición
Crimidesa controlaba más de la mitad de la producción nacional de sulfato sódico y era una de las principales empresas del sector a nivel mundial. Con una plantilla de poco más de un centenar de trabajadores tenía importantes beneficios. El conflicto se generó por la ruptura por parte de la empresa del acuerdo verbal que existía con el comité para el convenio colectivo. La plantilla decidió en asamblea ir a la huelga en abril de 1980 y la empresa se negó a negociar mientras estuvieran en paro. La tensión aumentó cuando la empresa, con la excusa de asegurar el mantenimiento de las instalaciones, pretendió obtener entre uno y dos tercios de la producción habitual, a pesar de la huelga total. Esta discrepancia sobre el mantenimiento con producción dio lugar a una serie de despidos que enconaron más la situación. También se acusó a los trabajadores del secuestro de varios directivos retenidos durante el encierro que realizaron los mineros.
La radicalización del conflicto se produjo por la patronal del sector. Desde el comienzo de la democracia se habían firmado un par de convenios para mejorar las condiciones de trabajo, pero las negociaciones de 1980 las dirigió un consulting de CEOE y de la patronal estatal de Químicas. El abogado que asesoraba a la empresa era Pedro Arriola, el que sería asesor electoral de José María Aznar y del Partido Popular.
Uno de los rasgos más notable de esta huelga fue la solidaridad que desató. En Cerezo de Río Tirón, ya que buena parte del pueblo dependía de estos empleos, y en la provincia de Burgos. A nivel nacional se expresó con el apoyo y las aportaciones a la caja de resistencia de trabajadores de toda España, y con la gran concentración de ochenta mil personas que recibieron en Madrid La Marcha del Sulfato. Los trabajadores habían recorrido a pie 304 kilómetros del 6 al 18 de noviembre de 1980 para pedir al Gobierno su mediación. La marcha entró por la Nacional I y fue recibida en la plaza de Castilla por una multitud que aplaudía y abrazaba a la columna de mineros que entraban gallardos y emocionados, con barbas de varios días y con los ojos brillantes. Marcelino Camacho, que acudió a recibirles, afirmó que la huelga de Crimidesa era “El Fuenteovejuna de la democracia”. Tenía razón.
Si la he tenido siempre tan presente quizá ha sido porque tengo como recuerdo una foto que me regalaron los compañeros. En ella se ve la columna de mineros de la marcha del sulfato subiendo las rampas del puerto de La Cabrera
En aquellos largos meses de huelga, se produjeron todo tipo de situaciones: despidos, detenciones, barricadas, cargas y enfrentamientos porque la empresa quería sacar a la venta la producción obtenida con el mantenimiento. En la ocupación del pueblo por la Guardia Civil hubo disparos que hirieron a un trabajador, Alberto Miguel Busto, de dos balazos en la pierna. El 14 de enero de 1981, se realizó una huelga general que paralizó Cerezo con encierros en las casas. Lo viví desde dentro, con una familia minera que me dio alojamiento, afecto y lo mejor que tenían. Pude compartir de cerca los anhelos, esperanzas y temores de una gente noble que luchaba por sus derechos frente a los abusos del poder patronal.
La huelga duró del 12 de abril de 1980 hasta el 29 de enero de 1981. Desgraciadamente, hubo que volver al trabajo con cinco despedidos y sin conseguir las reivindicaciones demandadas. Buena parte de éstas se lograrían dos años después en un buen convenio que sin ninguna duda fue el fruto diferido de aquella huelga. Pero el sector más reaccionario de la CEOE trató de marcar un precedente para disciplinar a la plantilla. Fue una huelga dura, difícil por la intransigencia de la patronal que pretendió escarmentar a los trabajadores y a CCOO.
En sindicalismo, como en la vida, es evidente que nadie puede conseguir el cien por cien de lo que le gustaría. Hay que cerrar los acuerdos cuando se cree haber alcanzado lo suficiente o cuando no hay más remedio porque las fuerzas no dan más de sí. Este segundo, fue el caso tras nueve meses de huelga. Se tuvo que aceptar un “acuerdo” en una asamblea que duró trece horas y terminó a altas horas de la madrugada. En ella, se analizó fríamente la situación, se acordó la estrategia a seguir y se juramentaron todos para seguir la lucha por otros métodos. El compromiso incluía pasar el salario a los cinco despedidos hasta que se les readmitiese o encontrasen trabajo; se dedicaba para ello el 12% de la nómina de cada trabajador en activo. Fue firmado por todos los trabajadores. La huelga terminó sin poder evitar los despidos y ese fue el amargo precio que hubo que pagar para poder seguir adelante.
Personalmente aprendí mucho de aquella huelga. Fui muchas veces a Burgos y a Cerezo. A asambleas, a reuniones de negociación y búsqueda de mediaciones con la inspección o con la Dirección General de Trabajo. Al subir por la nacional I me encontré grandes nevadas en varias ocasiones, que obligaban a poner las cadenas al coche y que hacían dudar sobre la posibilidad de llegar al pueblo. Incluso una vez rompí la caja de cambios por la nieve convertida en hielo que formaba unos surcos en la carretera secundaria cuando buscaba un camino alternativo para llegar a una huelga general en el pueblo. Recuerdo a muchos compañeros, como a Álvaro Fajardo que después sería el presidente del comité de empresa y alcalde de Cerezo, a Satur, a Domingo, a Agustín a Alberto… muchos nombres que se mezclan en la memoria. Paco Ubierna, era el secretario de CCOO de Burgos y estuvo todo el conflicto ayudando a los trabajadores. La plantilla fue ejemplar en todo momento, en la huelga, en la solidaridad, en la inteligencia para marcar la estrategia y saber cuándo debían frenar para recuperar fuerzas. Hasta en la gestión de la caja de resistencia al decidir, una vez acabado el conflicto, pasar el dinero que había a los mineros asturianos y leoneses y al sindicato para el apoyo de otras huelgas.
La huelga de Crimidesa fue una de las más emblemáticas de la transición. Pero si la he tenido siempre tan presente quizá ha sido porque tengo como recuerdo una foto que me regalaron los compañeros. En ella se ve la columna de mineros de la marcha del sulfato subiendo las rampas del puerto de La Cabrera. Van vestidos con sus monos de trabajo, con un plato para la comida colgando del pecho, con un pie apoyado en la carretera y el otro en alto. Tienen la marcialidad de un ejército de obreros y muchísima determinación en la mirada. La foto en blanco y negro está colgada de la pared en mi rincón de trabajo, un poco descolorida y con la dedicatoria de agradecimiento totalmente borrada.
Me ha acompañado durante más de cuarenta años. Ello da la medida de la huella que me dejó esta huelga en la que vivimos todas las emociones juntas: la euforia por la unidad y la fuerza de los trabajadores, la solidaridad, el temor, la vuelta al trabajo con la rabia de no haber conseguido la readmisión a todos los compañeros, la actitud de derrotados, pero no rendidos y con la voluntad de seguir la lucha por otros medios. Una de las lecciones aprendidas y para no olvidar es la dificultad de gestionar una huelga indefinida cuando la empresa está muy fuerte y respaldada por toda una clase empresarial que quiere mandar un mensaje de intolerancia al resto de trabajadores. Pero al final, sí se pudo. Ninguno de los nueve compañeros que vivieron el calvario de estar sometidos a un juicio por retener a los directivos fue a la cárcel. Se logró un convenio para la plantilla, que hubiera sido imposible sin aquella lucha. Se tomó conciencia de que a los trabajadores no nos regalan nada, que todo hay que conquistarlo, y que nunca se vence de una vez por todas. Y este Fuenteovejuna obrero pasó a ser historia.
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Agustín Moreno era el secretario de Acción Sindical Confederal de Comisiones Obreras en el momento de la huelga de Crimidesa.