lunes. 04.03.2024

Cristina Rosales García | @cristinagaros_

Lola Ortiz Vargas (La Habana, 1989) nos trae de la mano de edicionesenelmar Una loba en Santiago Rodríguez, una preciosa novela sobre la infancia, la negociación de la identidad personal y la complejidad de las relaciones familiares. La historia sigue los pasos de una adolescente que, tras diez años viviendo en Barcelona, regresa con su madre y su perra Luna a su pueblo natal, a Santiago Rodríguez, al norte de República Dominicana. Si en España encontró siempre un muro que no le permitió encajar en la sociedad europea, a su vuelta también tiene problemas para (re)adaptarse a un pueblo que, como ella, ya no es el mismo. Es entonces cuando surge en su interior cierta sensación de no pertenencia, un aislamiento que parece autoimpuesto, pero que es el resultado de la liminalidad en la que se ve atrapada. Volver a casa nunca es fácil y en el caso de nuestra protagonista supone, además, enfrentarse a los recuerdos de la infancia desde una perspectiva más madura —que no adulta— y a la muerte progresiva de su abuela materna.

«Carita de haitiana y boquita de española». Así es como se la describe en repetidas ocasiones en la novela porque así es como la perciben: demasiado de allí para ser de aquí. A diferencia de su madre, ella conserva el acento y la entonación españolas, pero el físico la delata. La autora realiza un interesantísimo ejercicio de reflexión acerca de lo que la doctora Ruth Van Reken denominó como «third culture kids», es decir, niños que, por distintas razones, se han visto obligados a desarrollarse en un entorno cultural diferente al de sus progenitores. Aquellos cuya existencia se enmarca en un no-lugar, en una frontera invisible entre dos espacios o en un limbo geográfico son leídos desde la otredad y desde una división binaria (en este caso, España y República Dominicana). Aunque Lola Ortiz no llegue a mencionar este término, la imposibilidad de conciliar la imagen que la sociedad presupone de la protagonista y sus propios intereses resulta fácilmente identificable en las páginas de su novela.

Una preciosa novela sobre la infancia, la negociación de la identidad personal y la complejidad de las relaciones familiares

En relación con la sensación de no pertenencia, la autora ahonda en la configuración y el desarrollo de la identidad de su protagonista. La dificultad que encuentra esta a la hora de definirse nace cuando la propia experiencia vital se desarrolla en dos realidades que, aunque no llegan a oponerse, sí son distintas. Su identidad no es fija, debido en parte a su condición de adolescente, pero sobre todo debido a las decisiones ajenas que la conciernen (el cambio de residencia de República Dominicana a España primero y de España a República Dominicana después). En el libro no es hasta que conoce a una mujer mucho mayor por la que se ve rápidamente atraída cuando empieza a ser, a existir, fuera del núcleo familiar. Hasta ese momento el lector solo había presenciado cierta autonomía de la protagonista en aquellas escenas que compartía con Luna, un animal que, por el contexto, era imposible concebir como miembro de la familia. Será gracias a esta mujer que experimente, por vez primera, la sensación de control sobre su propio cuerpo y sobre su propia vida.

Lola Ortiz, a través de un lenguaje sencillo, consigue crear una atmósfera tensa dentro del hogar familiar, una atmósfera marcada por un costumbrismo casi mágico

A lo largo de Una loba en Santiago Rodríguez se entretejen y articulan distintas historias que atraviesan directa o indirectamente a la joven. Su figura opera como una vertiente de la genealogía familiar, ella es la extensión de su madre, pero también de su abuela. La complicada relación entre la protagonista y su madre no es otra cosa que un reflejo de la relación entre su madre y su abuela. Conocemos a los distintos personajes mediante los vínculos que los unen a ella, los interpretamos a través de su filtro, de su mirada, pero intuimos que detrás de ellos hay mucho más de lo que la propia protagonista sabe. La profundidad psicológica de estos se demuestra en cada acción, en cada palabra que se escapa por encima de la otra. Lola Ortiz, a través de un lenguaje sencillo, consigue crear una atmósfera tensa dentro del hogar familiar, una atmósfera marcada por un costumbrismo casi mágico, y captar la complejidad de las relaciones intrafamiliares.

Una loba en Santiago Rodríguez yuxtapone los recuerdos del pasado y las vicisitudes del presente de una joven que emprende un viaje, literal y metafórico, de autodescubrimiento y madurez inicial. Los últimos momentos de la enfermedad de su abuela serán el enclave de esta durísima pero necesaria historia sobre la complejidad de las relaciones en el entorno familiar. Lola Ortiz, con una escritura pausada al principio y apoteósica al final, consigue que el lector habite en Santiago Rodríguez lo que duran sus páginas. Y cualquiera que no haya entrado en él no podrá entender el dardo de la frase final.

Una loba en Santiago Rodríguez, de Lola Ortiz Vargas