jueves. 04.06.2026
CRÍTICA DE JOSÉ GARCÍA OBRERO

Convertir la amargura en canción | “Dos que se besaban en la muerte”, de Mateo Rello

Ante la limitación de la palabra poética, en Dos que se besaban en la muerte el sujeto poético se transforma en chamán para invocar a la amada y recobrar el relieve del cuerpo.

Necesitamos tu ayuda para seguir informando
Colabora con Nuevatribuna

 

Poesía | JOSÉ GARCÍA OBRERO

Mateo Rello (Badalona, 1968) nos propone en Dos que se besaban en la muerte (Libros de Aldarán, 2025) una inmersión en el territorio de la pérdida, el dolor y la muerte, tejiendo minuciosamente la urdimbre de cada poema para que, como un organismo, mantenga la temperatura uniforme del conjunto.

Escribe Manuel Rico en el prólogo del libro que Rello «se distancia de las poéticas dominantes», un rasgo que responde a su condición de autor insobornable a la hora de defender y seguir construyendo —tal como ha demostrado en ocho poemarios y una plaqueta— una poética original, indiferente a cualquier elemento circunstancial que pueda distraerle. Quienes seguimos la trayectoria de Rello con atención hemos disfrutado de su registro épico, con el que ha denunciado y señalado las orillas mal iluminadas de la realidad. Sin embargo, ese narrador social desaparece en Los primeros ángeles (2017) y da paso a un sujeto poético que irrumpe para hablarnos, en primera persona, del absurdo existencial que supone la pérdida de los seres queridos. Desde ese mismo yo se escribe Dos que se besaban en la muerte, una elegía a la pérdida de la compañera. Sin guía ni antorcha, el poeta se adentra en las geografías de la intimidad, lejos del Hades o el paraíso —«Y ni Orfeo que vuelva, / ni emisario que cruce», afirma—. Su canto se circunscribe al fugaz destello de los instantes pasados, que la memoria proyecta en el silencio de los espacios domésticos cuando los habitaba el amor: «Como quien entra en un trigal / extendidos los brazos y los dedos, / recorro las tinieblas del pasillo». Aunque ese breve fulgor le lleve a concluir: «Pero no mentiré si digo que el frescor / es la temperatura de otro ámbito».

Su canto se circunscribe al fugaz destello de los instantes pasados, que la memoria proyecta en el silencio de los espacios domésticos cuando los habitaba el amor

Rello organiza el poemario en tres partes a las que ha llamado «Cuadernos», a modo de diario o bitácora del duelo, en las que deja testimonio de los paisajes luctuosos que ha transitado con el peso de sus interrogantes a cuestas. Son tres cuadernos que contienen un número variable de apartados y que dan como resultado un volumen importante, pero donde nada sobra cuando se trata de vislumbrar los contornos difusos «del otro lado». «¡Oh, hermosura mortal, cometa al viento!», escribía Lope de Vega a la calavera de una mujer cuya belleza en vida despertaba admiración. El viento, el aire, será la corriente invisible que lleva a Rello a un recorrido que se inicia con la cita «A Tere, de este lado del aire» y concluye a lomos del mismo elemento.

El poeta nos advierte desde el inicio en qué coordenadas va a moverse: «no busco conclusiones, albergo sospechas», porque persigue «un argumento para seguir». No hay paños calientes, solo una búsqueda infatigable, «bajo las piedras», de las que extrae los nutrientes para estos poemas. Hallazgos que, a lo largo del libro, aparecen convertidos unas veces en encendidos recuerdos; otras, en reflexiones ante las lápidas de dos amantes que han cruzado el tiempo y se exponen en museos arqueológicos; o en argumentos con los que asciende por los escalones de la historia natural hasta el origen del amor, que es también el del sufrimiento.

Si Cernuda formulaba la pregunta «¿Oyen los muertos lo que los vivos dicen de ellos?», Rello se inclina por interpelarlos directamente: les interroga sobre los vivos y los exhorta en condicional —el tiempo verbal de los muertos, escribió Sigrid Nunez—: «Si hay alguien ahí, / si es verdad que de algún modo estáis, / muertos, poned / del otro lado del cristal el dedo». Y, al igual que Dante se sirvió de Virgilio en el descenso al infierno, Rello elige el magisterio de Antonio Machado, hermanado en el duro tránsito de ver enfermar y morir a su compañera, y a quien dedica el poema «Don Antonio», saldando con estos versos la deuda de la «tosca alfarería / de las palabras, en el arduo laborar viscoso / para que suba el barro y suene / como cristal tañido por el aire». Solo que, al cerrar el poema, lo despide, sabedor de que ni él, ni Quevedo, Góngora, Hernández o Lorca pueden brindarle, con sus poemas, un lenguaje para debatirse con las penumbras que lo envuelven y donde habitan los propios difuntos («quiero veros tranquilos, protectores / y atentos, flotando balsámicos / en torno de mi piel», afirma).

Ante la limitación de la palabra poética, en Dos que se besaban en la muerte el sujeto poético se transforma en chamán para invocar a la amada, recobrar el relieve del cuerpo, ya que «la geografía / es una parte importante del amor». En esa indagación exhaustiva, rememora el viaje a Italia que hicieron juntos poco antes del fatal anuncio de la enfermedad. También congela el pasado para aislar el instante terrible que marcó un antes y después: el de la sentencia que los dejó girando «en distinto planeta». Pero no se detiene en esta memoria de la piel; se esfuerza por remontar hasta el principio, para dar con el momento en que «el magma original hervía» y accionaba la rueda del amor y del dolor. Esta búsqueda también será física, como demuestra el poema «Balada de El Mirón», que encabeza una cita de Machado —«…ya estamos solos…»—, pero, al contrario que en Machado, no le consuela ningún ente superior: está terriblemente solo, «único vivo yo entre tanta muerte». Un poema digno de figurar en una antología de las mejores elegías escritas en castellano.

Si el aire abre el libro con una cita, también en el aire concluye. El poema «Canción para enseñarte a volar» —anterior a un epílogo y a una coda— nos invita, tras haber transitado la penumbra que flota entre las dos dimensiones por las que nos conduce su autor, a despedir a Tere: «Se ha quemado tu rama y ha dejado ceniza, / pero te espera el aire». Así deposita en el viento su vibrante homenaje.

Parafraseando a Valente, en la cima de este canto, el ruiseñor y ellos ya son lo mismo.

Dos que se besaban en la muerte. Mateo Rello. Ed. Libros del Aldarán, Barcelona, 2025


José García Obrero, Escritor y crítico literario | Foto: @Javier Molina
José García Obrero, escritor y crítico literario
| Foto: @Javier Molina

Convertir la amargura en canción | “Dos que se besaban en la muerte”, de Mateo Rello