Todo lo que hay en 'El color y la herida', de Rebeca García Nieto
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JOSÉ LUIS IBÁÑEZ SALAS | @ibanezsalas
Leo muchas cosas demasiado interesantes en una novela. Interesantes y a veces ajenas a la novela, aunque sean la novela. Todas esas cosas interesantes. La novela es El color y la herida, uno de esos libros que tiene mucho dentro. Más de lo que debería, quizás. De esos que acaban por ser inabarcables. Escrito por la española Rebeca García Nieto y publicado en 2025 me apresuré a escribir sobre él en Facebook cuando lo estaba leyendo que no siempre se tiene la suerte de poder leer tras una obra literaria de las que harán época otra llamada a ocupar un lugar memorable en la historia de lo escrito en español. Tras la magnífica 'La península de las casas vacías', leo ahora esta maravilla de Rebeca García Nieto, a su manera también incomparable.
“Siempre que pensaba en Dios lo imaginaba haciendo vudú con muñecos idénticos a cada uno de nosotros. Cogía uno, se ensañaba con él y luego, cuando se aburría, la emprendía con otro. Ahora le había tocado el turno a su hermana. Primero la caída de la silla. ¿Quién se rompe la cadera estando sentado? Y bebiendo agua, además. Cuando eso se soluciona va y entra en acción una bacteria, dejando como única salida posible o un virus o un trasplante de heces de otra persona. Una trituradora, una auténtica picadora de carne, eso es lo que le parecía a él la vida”.
Para la autora “las mejores novelas destacan por su lenguaje, pero también por las imágenes que evocan en el lector”
Tras completar la lectura de la quinta novela de García Nieto, la sensación que me ha quedado es la de haber presenciado algo insólito, la de haber disfrutado, con los altibajos propios de lo imperfecto, de una magnífica reflexión sobre la vida, sobre el arte, sobre el pasado reciente de Alemania, sí, de Alemania, sobre los nuevos tiempos y sus pequeñas o enormes guerras culturales, una reflexión insertada con arte, con arte literario, en la estructura narrativa propia de las novelas. Un ensayo expuesto con las maneras de la novela, una novela que nos cuenta una historia, claro, pero mostrando las dudas y las escasas certezas de los humanos de nuestro tiempo sobre lo que creemos poder hacer con (o en) la realidad, ese esquivo sucedáneo del arte.
“Si el arte servía para algo, si tenía algún sentido, era ese, hacer de contrapeso al horror que había en el mundo y al que, lógicamente, los terroristas contribuyan activamente. Dicho de otro modo, en su opinión, la poesía y el arte en general tenían más sentido que nunca después de Auschwitz. […]
Acabar de una vez por todas, no con la banalidad, sino con la fascinación del mal era lo que pretendía, y era algo que había aprendido del profesor Bayer. No podíamos permitir que la ética quedara aplastada por la estética”.
Al protagonista, el pintor Rüdiger Keller, “siempre la había preocupado más la óptica que el alma”. Toda la novela está salpicada por el arte y la vida de pintores como Bernard Heisig, Francis Bacon, Grünewald, Lucian Freud, Anselm Kiefer, Rembrandt, Max Ernst, Paul Éluard, Max Liebermann, Mantegna, Andrea del Sarto, Parmigianino, Erich Heckel, Ernst Ludwig Kirchner, Gauguin, Giorgione, Turner, Günter Brus, Beuys, Markus Lüpertz y muchísimos otros. El arte explorado por el psicoanalismo. Hay que tener mucha literatura dentro para escribir una novela con semejante sustento. Y García Nieto la tiene.
“Como bien explicaba ayer Bayer en sus clases, Anselm Kiefer y Gerhard Richter habían abordado la cuestión de la culpa y la vergüenza en sus obras. Faltaba por representarse el asco. Aunque la proscripción de Adorno estaba ya superada seguía vigente la de Kant. Para él, hay ‘una clase de fealdad que no puede ser representada conforme a la naturaleza sin arruinar toda satisfacción estética: la que despierta asco’. Keller no estaba de acuerdo. Es más, si queríamos acabar con la fascinación que ejerce la violencia sobre tantas personas, había que conseguir que nos repugnase”.
De Keller leemos en una ocasión que “pareciera que llevara muertos varios siglos”. En la novela está pintando, digamos, EL CUADRO por antonomasia de su obra singular, reconocida y reconocible, y sabemos que “la última pincelada, por sutil que fuese, es la que daba sentido a todas las anteriores”. Pero yo me pregunto, ¿la de Rebeca García Nieto, la última pincelada, las frases que cierran su libro, lo consiguen?
¿Los escritores nos escondemos tras juegos de palabras como los pintores lo hacen tras juegos de espejos? Converso con García Nieto y me explica que, tal y como ella lo ve, “la principal diferencia entre lo que hacen los pintores y lo que hacen los escritores son las herramientas que utilizan”, de un lado, “formas, colores, contornos…; palabras en el caso de los escritores”. Señala, además, que, “más allá de esa diferencia de medio, creo que tanto la literatura como la pintura tratan de mostrar las imágenes que nos faltan, como diría Pascal Quignard”. Para la autora de El color y la herida, “las mejores novelas destacan por su lenguaje, pero también por las imágenes que evocan en el lector”. Y añade: “Cuando recuerdo novelas que me han gustado mucho me vienen a la cabeza imágenes. La mujer agonizante que oye desde su habitación cómo su hijo sierra la madera del que va a ser su ataúd en Mientras agonizo, de Faulkner, por ejemplo”. Y se confiesa: “He tenido esto muy presente mientras escribía la novela y también he intentado implicar en todo momento al lector, que fuera imaginando el cuadro que la novela iba pintando con palabras”. A fe mía que lo ha logrado.
En fin, como asegura alguien en la novela: “el arte, esa broma infinita”.
CRÍTICO LITERARIO Y EDITOR