lunes. 26.02.2024

Era el día de celebración de las fiestas patrias y como la mayor expresión de estas efemérides es el desfile militar, me acerqué, con curiosidad patriótica a ver la marcha de los herederos de nuestros héroes y heroínas que con sus pasos duros y afinados, parecían sentirse, realmente, y mostrarnos, como si recién regresaran triunfantes del campo de batalla. Mucha gente se arremolinaba también a la orilla de la vía. Había quienes, orgullosamente, levantaban las manos y le decían a la gente de tropa, ¡bravo!, ¡gracias!, mientras los corazones aceleraban el paso, henchidos de orgullo patrio.

Arriba, en la tarima principal, el rey, elegantemente vestido de militar y un buen número de sus generales y almirantes, lucían medallas brillantes de todo tipo, a veces acomodadas una sobre otra por falta de espacio en el pecho y ¡qué raro!, hacían ruido como de latas, con cualquier movimiento del portador. En el entretanto, mi endiablada mente que nunca acaba de entender que el mundo no debe ser sino que es, y que la vida no es horizontal sino vertical porque, cada paso que des, hacia adelante o hacia atrás, se mueve, inexorablemente, en una escala de arriba abajo. Para decirlo en términos de Bourdieu, el campo, el espacio vital de tu vivencia que se lleva a cabo según aquello de que estás hecho. Esto determina, dialécticamente, tu valor como relación social y, por lo tanto, la manera como te incrustas en esa red de convenciones y obligaciones que llamamos sociedad.

Y, no comprendía yo, por qué el rey, o mejor, los reyes, siempre estaban vestidos de militares

 El “estar hecho” que abarca todo lo que eres, define lo que es tu libertad, elemento que, después de la propiedad y antes de la democracia, interrelacionados  dialécticamente, expresan los tres grandes valores del mundo moderno. Como ven, en este contexto, mi endiablada mente que, cada vez que juega a los dados sobre el discurrir de la vida, pierde, vergonzosamente, sin aprender nada de ello. Se puso, entonces, a divagar sobre filosofía política y heroísmo. Y, no comprendía yo, por qué el rey, o mejor, los reyes, siempre estaban vestidos de militares. Se me dirá que porque son los comandantes supremos de esas Fuerzas. Claro, eso es cierto. Pero, también es cierto que el rey es, ante todo, el Jefe del Estado, institución moderna que es el ejemplo más claro de la civilidad, del triunfo del derecho sobre la fuerza; del diálogo y el consenso, sobre las armas. Y todas esas medallas y condecoraciones que lucían él y sus acompañantes, dónde y a qué horas las habrían ganado, me preguntaba, si en los últimos años no hemos tenido enfrentamientos con potencias extranjeras, y los que tuvimos antes, los perdimos. 

Pero mi torcido cerebro fue más allá, todavía, porque no se explicaba por qué los soldados, y “soldadas”, que son quienes, realmente, ponen el rostro y el pecho frente a la muerte, en la primera línea de fuego, no llevaban medallas… Claro, a veces les levantan un monumento cuyo nombre es deprimente si lo vemos desde el punto de vista de la familia y allegados a cada soldado que, cuando muere, o queda mutilado, para ellos y ellas, siempre tiene un nombre y un apellido. Una madre, una esposa y unos hijos, o hermanos. Entonces, “Al soldado desconocido”, monumento que, a veces, se levanta en memoria de estos “anonimados”, por la escala vertical de la que ya hablé, digo que este nombre a los sin nombre, suena como una burla si no como una infamia. Y no me digan que estoy hablando desde la lucha de clases. No. Desde un mínimo de lógica de la justicia. Estoy seguro de que, ninguno de los condecorados con las medallas que brillan, habrá dejado, o dejará su nombre, entre los desconocidos…

Me alejé más, pero, al hacerlo noté que me quedó en la cabeza el ruidito de las medallas de los méritos y del heroísmo etéreos

Tan perdida estaría mi mente que no me di cuenta de que estaba hablando en voz alta y en tono polémico. Fue cuando los asistentes que estaban en un grupo cercano, comenzaron a empujarme, a decirme que qué estaba haciendo ahí, y a gritarme “viejo loco”, “antipatriota”, “desquiciado”, “divisionista”, “rojo”, ¡lárgate!, “vete al infierno”. De paso, me recordaron a mi madre; dos de ellos me agredieron a patadas y un tercero me reventó y me partió el tabique de la nariz, dañándome el ojo derecho, con otro. En nombre de la patria…

Como pude, me alejé de allí. La verdad: escapé. Si me lo tenía merecido, claro que sí. Por causa de este cerebro que confunde el ser con el deber ser, y lo de arriba con lo plano y, por esta maldita lengua que con sus genes viperinos, confunde libertad de pensamiento, con libertad de expresión. Se te olvida, entonces, que la libertad, en el mundo moderno, consiste en que puedes pensar todo lo que te dé la gana, siempre y cuando digas y hagas lo que te ordenan los que mandan, o sus normas… Otra vez “loquiando”. Por eso me alejé más, pero, al hacerlo noté que me quedó en la cabeza el ruidito de las medallas de los méritos y del heroísmo etéreos y, sin saber por qué, se me desgajaron unas lágrimas al pensar que la Madre Tierra estaría llorando de verdad, porque no se explicaría cómo sus hijos le perforaban brutalmente las entrañas, para fabricar tantos oropeles.

Lágrimas y oropeles