martes. 23.04.2024

No podría uno imaginar esto en un país moderno. Y cuando digo moderno, no me refiero, solamente, ni siquiera básicamente, a un país lleno de máquinas y centros de investigación de todos los saberes humanos. No. Me refiero a un país que, teniendo todo eso, fundamenta su vivir, y la aplicación de sus conocimientos científicos y técnicos, en un Ethos que responde al respeto que deben guardarse los seres humanos, unos a otros, por el hecho de serlo, como claramente lo expresó la Ilustración, ese movimiento intelectual que sacudió las columnas mentales medievales, al ser el intento de pensar el mundo y, concretamente, la vivencia humana, con un sentido en sí misma, sin acudir a dioses o potencias extraterrenales que le establecieran a dicha vivencia, una moral, para fundamentarla. Sin la Ilustración no se entendería la Modernidad.

Nos enseñó la Ilustración a atrevernos a pensar, en palabras de Kant, uno de sus más brillantes exponentes que, de paso, pavimentó el camino al papel fundamental de la educación: formar seres pensantes, responsables y creativos, capaces de construir un mundo humano. Fue el intento de cambiar el teocentrismo por el antropocentrismo, o humanocentrismo, algo que ya había expresado, desde el Renacimiento, Miguel Ángel con su fresco “La Creación de Adán”, en donde el Padre Eterno cede a la criatura hecha a su imagen y semejanza, el protagonismo de la historia. Lo expresaría bellamente, con sus ideas escritas, Giovanni Pico della Mirandola en algo tan diciente como su “Oración sobre la dignidad del hombre”, verdadera dialéctica que contenía la absorción de “Lo Divino”, por ese barro viviente, salido de las manos del Creador. 

La Ilustración, ese movimiento intelectual que sacudió las columnas mentales medievales. Sin la Ilustración no se entendería la Modernidad

Hablaba de la Ilustración con su desafío a ser capaces de pensar y su papel en la educación para construir un mundo humano. Papel que, a veces, la mayoría de los maestros ignoramos, y que los gobiernos, convertidos en agentes administradores de la vida, tratan de impedir a como dé lugar porque, de pronto, al pensar, llega a descubrirse cómo funciona la máquina de manipulación y cosificación de los seres humanos, en sus diversos géneros. Por eso elaboran programas con sus contenidos memorizables (ojo, no memorables) meramente informativos, y con la robotización de las mentes. De todas maneras, en estos países que, en alguna forma, y en algún grado, han logrado practicar los dictados de la citada Ilustración, han construido un aparato político, de carácter laico, es decir, independiente de creencias religiosas que por ser trascendentales y múltiples, se dejan a la conciencia del individuo, garantizándole sus práctica, siempre y cuando no atente contra el bien común. Dicho aparato político que, como hemos visto, se llama Estado, se basa en el consenso ciudadano (por eso se apellida democrático) y en unas normas que establecen, claramente, la división del poder, siguiendo los lineamientos de Montesquieu, en Legislativo, Judicial y Ejecutivo. Basados en la Norma de normas, fundamental que se llama Constitución y que es el máximo instrumento referencial, de convivencia, el Legislativo, hace las leyes, el Judicial, las interpreta y aplica, sin dedsbordar el marco constitucional, y el Ejecutivo, garantiza su cumplimiento. De hecho, todos deben respetar ese marco, porque las normas regulan el papel de cada sub-poder, y de cada funcionario de los mismos, exigiéndoles una condducta ética, a toda prueba, para evitar abusos de poder, dado que su actuación tiene como objetivo el bienestar de toda la sociedad y no sólo de unos individuos o grupos.

Mientras más seria y responsable es una sociedad, mayor es la exigencia al Estado y a sus funcionarios, sobre todo en los campos de la delimitación de los poderes

Ahora:

Somos conscientes de que la acción humana se desarrolla en dos planos: la teoría y la práctica y que, muchas veces, la segunda no cumple la primera, a cabalidad. Pero, mientras más seria y responsable es una sociedad, mayor es la exigencia al Estado y a sus funcionarios, sobre todo en los campos de la delimitación de los poderes, y de las incompatibilidades de los funcionarios en el ejercicio del cargo. Eso es muy serio y quienes transgreden esas normas, son fuertemente sancionados. Pero, en los Estados que fueron alérgicos a la Modernidad y, por lo tanto, sólo tuvieron el barniz de la modernización, haciéndose a los aparatos técnicos y a algunas técnicas del cómo, sin importar el porqué; es más, aún, en el presente, penetrando en los campos de la ciencia, pero, en gran parte, dejando sin alterar las relaciones del antiguo régimen, tanto en lo económico y más, en lo social y en lo mental, llegaron con su Iglesia, con su Nobleza y con su Ejército, es decir, con todo un mundo de privilegios, a administrar lo público con una “democracia privada”, es decir, sin tener conciencia de lo público, sino con una conciencia patrimonialista: el Estado y su disfrute, les pertenece por disposición divina. Tal vez se acuerdan de que el papa Alejandro VI, un español con apellido italianizado, a partir de los descubrimientos, dividió el globo terráqueo en dos pedazos, uno para los españoles, y otro para los portugueses. A las otras potencias, que se convertirían luego, en las dominadoras del mundo, no les dio nada porque no creían en la religión verdadera. Así que ese patrimonialismo, quedó como herencia en los países de la Península Ibérica que fueron muy celosos conservando la tradición religiosa como se vio desde muy temprano, en la expulsión de los judíos y de los árabes, luego con la fundación de la Compañía de Jesús para combatir la Reforma Protestante que trataba de abrir las puertas de la Modernidad. Y luego contra la Ilustración, y sus mentores los burgueses que impulsarán las revoluciones en todos los niveles de la sociedad: económico, con un capitalismo industrial, social con la movilidad de clases, político con la soberanía popular e ideológico con el libre pensamiento fundado en el humanocentrismo.

Ese patrimonialismo, quedó como herencia en los países de la Península Ibérica que fueron muy celosos conservando la tradición religiosa 

En la Península Ibérica, todo esto olía a chamusquina infernal. Lo mismo en sus colonias donde sus hijos, los criollos, que se creían peninsulares, hicieron la Independencia con el discurso de la democracia y la libertad pero para ellos, no para las mayorías analfabetas de indios negros, mestizos y castas que, en general, era todo lo que no era blanco. Argumentaban pelear por la democracia porque el Demos eran ellos; y por la libertad porque era el espacio para negociar con la Gran Bretaña que financió la citada Independencia y, además, envió tropas para ayudar a Bolívar. También pelearon por la igualdad; era la de ellos con los peninsulares, y por la fraternidad, el aporte de la masonería a la cual pertenecían muchos “próceres”. Por eso no fue raro que los excomulgaran al principio. Luego cuando el papa se dio cuenta de que no había pasado mayor cosa y que los criollos habían organizado democracias católicas, los acogió, reconociendo a las nuevas repúblicas. Eso sí, con su Concordato con el cual quedaban sometidas a Roma.

No es que en la Península no hubiera ilustrados. Los hubo y muy brillantes así como grupos que luchaban por las nuevas ideas. Que querían organizar un régimen republicano con una democracia “democrática”, lo cual intentaron dos veces y fracasaron por la oposición de los monárquico-tardomedievales (capitalismo sin reforma agraria, con rey a bordo, garantizado todo por el ejército y controlado y bendecido por la Iglesia). En este contexto, no debe sorprender; no debe escandalizar lo del Tribunal Constitucional español, usurpando las funciones del legislativo) negación de la soberanía popular y, claro, de la democracia), con magistrados cuya función ha caducado (¡tamaño abuso de poder!; imaginen a un diputado legislando fuera de su período), y, para coronar, votando por ellos mismos en un proceso en donde son objeto de recusación. Que no debería ser tal sino simple rechazo ya que, en este momento, no son parte del Tribunal Constitucional. Dije imaginen, pero no tienen que imaginarlo. Está ahí, de cuerpo presente, en la España del 2022. Ante la impotencia del Legislativo y del Ejecutivo que han sido burlados. Y tal vez, ante la indiferencia de gran parte del pueblo que, por experiencias generacionales, sabe en qué país vive. Y lo más triste: los otros poderes del Estado tendrán que soportarlo, salvo que intervenga algún tribunal de la Europa Moderna, lo que haría gritar a los aludidos abusadores que se estaría violando la soberanía del Estado.

Cuando a la Justicia se le cae la venda, se convierte en “justicia” y deja al descubierto un rostro cínico, con una risa grotesca, muestra del triunfo de bastardos intereses particulares

Entonces:

Cuando a la Justicia se le cae la venda, se convierte en “justicia” y deja al descubierto un rostro cínico, con una risa grotesca, muestra del triunfo de bastardos intereses particulares. A ese show tragicómico, estamos acostumbrados, no sólo en España, sino también y quizás mayormente, en Iberoamérica donde, sin haber sociedades, se construyeron unas imitaciones de Estado, como se ha dicho, con base en una democracia católica (“En nombre de Dios, y del pueblo su representante…”), con lo que eso significa (en parte, calumniando, o culpando a Dios por lo que va a hacerse). Así se dio, salvo en dos o tres países que, en algún momento, declararon el laicismo como doctrina del Estado pero que, en la práctica, fue un “laicismo cristiano”.

Resultado:

El Estado se constituyó como empresa de unas cuantas familias de terratenientes y comerciantes, con el monopolio de la fuerza para administras sus tierras y sus negocios y, de paso, lograr un buen entronque con la moderna sociedad capitalista de Europa y los Estados Unidos, para exportarle materias primas. Cuando se peleaban entre ellos, los dueños del Estado, armaban a la “indiamenta” y a la “negramenta” (así han llamado a las que, con un vocabulario social y no despectivo, llamaríamos las masas trabajadoras o, por lo menos, buena parte de ellas) y hacían sus guerras civiles (¡cuántas, por Dios!) en las que indios, negros y mestizos, se mataban a machete, o a escopetazos por una causa que nunca fue de ellos pero que parecía estar escrita en su destino, desde la europeización del mundo.

Y de la Justicia, ¿qué?

La Justicia, junto con la Esperanza, murieron siempre con el desempeño de cada presidente. Con los gobiernos militares, o “democracias uniformadas” (epidémicas en estas tierras), murieron al comienzo. Si tuviera que reescribir la historia de Iberoamérica, la escribiría con lágrimas de ira. Porque una cosa es escribirla en una mesa con unos cuantos papeles y algunas artimañas metodológicas, con algún plumazo teórico y, otra muy distinta, con la vida misma que, milagrosamente (y debo usar este adverbio) ha sobrevivido a las violencias desatadas por las élites. Los Cien años de soledad, son, realmente, más de Doscientos. Y no son sólo números cronológicos; son muertos y muertas que merecían vivir, y no ser desmembrados, por buscar o defender un pedazo de tierra, en una geografía que, cínicamente, se les había dicho que era su patria.

Ah, y hay algo que no podemos olvidar de nuestra América, que, en cuestiones de Justicia, también hemos sido monárquicos; hemos logrado coronar una reina: la Impunidad.

La Justicia: cuando la venda cae