miércoles. 17.04.2024
juego calamar

Temporada 2

En cuanto nos saltó el aviso sobre una posible segunda temporada de esta ya icónica serie coreana, leímos cuanta publicación había sobre el tema. Y, sí, parece ser que casi, casi está decidido ¡Hay un teaser [1]! ¡Qué le voy a hacer! ¡nos reconocemos como seriéfilos y serieadictos, cuando no seriemaníacos!

Como ya se ha dicho, y seguramente con mejores palabras, no estamos ante una obra maestra indiscutible, aunque sepa jugar diestramente -y siniestramente- con nuestros sentimientos; flirtee con lo gore, pero no con lo sangriento (no llega a ser lo que en catalán llamamos “pel·lícules de sang i fetge”); parezca (y remarco lo del “parecer”) pura serie de diversión y de evasión, tanto para los frikis declarados (nosotros, por ejemplo) como para los vergonzantes.

Pero fue eso y mucho más. Tanto que, junto a las ganas de padecer gozando y de gozar padeciendo otra vez con el letal juego, miedo nos da que la T2 sólo sea eso, una a lo sumo brillante y felizmente facturada evasión que vuelva a patear nuestra (la del que la tenga) políticamente correcta zona de confort.

No estamos ante una obra maestra indiscutible, aunque sepa jugar diestramente -y siniestramente- con nuestros sentimientos; flirtee con lo gore, pero no con lo sangriento

La primera temporada de la serie es, dicho sea en el absolutamente mejor de los sentidos, tramposa. Pero es una trampa instrumental, tendida para mejor magnificar el final. Y es una trampa muy bien escondida, tanto que hasta Adrián Cordellat (“periodista freelance con base en Madrid especializado en maternidad/paternidad, infancia, literatura infantil y juvenil, educación, salud, igualdad, conciliación y corresponsabilidad”, según su web) cae de cuatro patas en ella y, a dos episodios del final, le lleva a decir que

Hay belleza en los gestos de algunos personajes, como el entrañable anciano Oh Il-nam o la joven Ji-yeong, que apenas tiene tiempo de adquirir protagonismo. ¿Qué si no belleza hay en esa capacidad de dejarse matar para que otros que lo necesitan o pueden aprovecharlo más vivan? ¿Qué si no belleza hay en ese acto heroico de generosidad en mitad de un sanguinario sálvese quien pueda? Oh Il-nam y Ji-yeong son unos mártires de la belleza.” (artículo en El País, 21/12/2021)

Oh Il-nam es bello, lo que, como dignos hijos que somos de la cultura de Platón, nos lleva instintivamente a pensar que, si es bello, entonces es bueno.

Temporada 1 (cuidado: spoiler total)

Debemos distinguir, de hecho, entre dos tipos de Samaritanos: el Buen Samaritano y lo que podemos llamar el Samaritano Mínimamente Decente” (Una defensa del abortoJudith Jarvis Thomson, Philosophy & Public Affairs, núm. 1, 1971) [2]

¿Qué tiene que ver el aborto o, en concreto, la defensa que la gran filósofa J.J. Thomson escribió hace más de cincuenta años con una serie coreana? Pues, por raro que nos parezca, y como veremos, mucho.

El que avisa no es traidor, pero mejor volvemos a avisar: vamos a destripar el final, o mejor, los cuatro finales de la temporada 1 de El Juego del calamar.

Para quien no la haya visto, y no se plantee verla, debemos explicar que esta serie coreana, una intriga dramática de factura impecable, con una enorme maestría para ser a la vez procedimental y serializada, muestra la historia de lo que les sucede a las 456 personas que aceptan una curiosa invitación para participar en un conocido juego infantil, el juego del calamar. Pronto les hacen saber el precio a desembolsar para optar al bote final: “Os estamos dando una oportunidad: Jugar o morir”, les dicen literalmente. Los perdedores pagarán con su vida. El bote final, unos 33 millones de euros, no es moco de pavo. Pero eso sí: sólo habrá un ganador, y será el único superviviente.

Los cuatro finales

En el último capítulo podemos ver sucesivamente hasta cuatro finales que, aunque cada uno de los tres primeros hubiera valido como final cerrado y sólo el último deja la trama abierta, van aportando sucesiva información para una nueva lectura, o mejor, para mirar tras cada uno de ellos toda la serie con otros ojos y recategorizarla con otra perspectiva.

Muestra la historia de lo que les sucede a las 456 personas que aceptan una curiosa invitación para participar en un conocido juego infantil, el juego del calamar

El primer final es el trágico enfrentamiento entre Seong Gi-hun (protagonista) y Cho Sang-woo, los dos viejos amigos que han conseguido llegar al final. Trágico en el sentido griego de la palabra: Sang-woo siente remordimiento por sus acciones tanto en la vida como en el transcurso del juego y se redime en un final catártico suicidándose para que Gi-hun pueda ganar el juego, despidiéndose con un emotivo diálogo:

Sang-woo: Cuando éramos jóvenes, solíamos jugar así y nuestras madres nos llamaban para cenar. Pero ya nadie nos llama...

Gi-hun: Vámonos... Vámonos a casa.

Sang-woo: Gi-hun... Lo siento... [...] Gi-hun... mi mamá... mi mamá... [serán sus últimas palabras, pidiéndole que cuide de su madre]”

El segundo final, en este caso final dramático o tal vez un algo melodramático, acontecerá cuando nuestro protagonista, tras su amarga victoria, halle a su madre muerta, y de alguna manera sea consciente (otro guiño a la tragedia griega: anagnórisis) de su enorme arrogancia al ver que murió sola, abandonada sobre el frío suelo, mientras él competía. Tras el shock del amargo encuentro, Gi-hun se acerca al desmadejado cuerpo lo abraza y llora, consciente de la futilidad del macabro juego.

El tercer final, un final político, y que es el que nos interesa, ocurre tras un hecho sorpresivo. Gi-hun recibe una invitación y descubre que el Jugador 1, Oh Il-nam, que aparentemente muere jugando a las canicas, no sólo está vivo, sino que es el dueño del juego. Il-Nam le propondrá desde su lecho de muerte jugar una última vez.

Aún habrá un cuarto final, puramente instrumental, que deja abierta la puerta a una segunda temporada. Pero el final que nos interesa es el tercero.

La última apuesta

El samaritano de la parábola rememorada por Thomson se apiadó del hombre que yacía herido y medio desnudo por la agresión de unos ladrones. Y no sólo se apiadó, sino que le curó con aceite y miel, le vendó las heridas y dio suficiente dinero al hostelero para que le cuidase, con la promesa de que, si gastaba más, al volver del viaje se lo abonaría.

Volvamos a examinar ese tercer final, del que hemos predicado que es político.

Il-Nam, agonizante, le plantea una última apuesta: “Juega a otro juego conmigo...”, le dice, señalándole lo que parece un indigente medio recostado encima de la nieve en la acera que se divisa desde la ventana. Parece borracho y lleva horas sin moverse. ¿Se morirá de frío o recibirá ayuda? Si nadie le ayuda antes de la media noche, le propone Il-NamGi-hun perderá la apuesta y deberá devolver el dinero. Si gana, le contestará todas las preguntas que quiera hacerle.

Está claro que sin ayuda el mendigo no sobrevivirá a la helada noche que se avecina. Como el levita de la parábola del samaritano, pasan ciudadanos anónimos uno tras otro evitando acercarse. Alguien se para, lo mira, se agacha y trastea en la ropa del vagabundo, se incorpora y sigue su camino, Il-Nam le inquiere entonces “¿Todavía confías en la gente?

Como una alegoría del letal cronómetro del juego, justo a la media noche, cuando marca 00:00, Il-Nam fallece, y es en ese justo momento cuando llega un coche de policía del que baja la misma persona que antes se había parado junto al mendigo acompañado de un policía, se acercan al indigente postrado, comprueban que aún está vivo y se aprestan a auxiliarlo. “¡Están aquí! ¡Le están ayudando!” musita a Gi-hun.

El Samaritano Mínimamente Decente

Hay una doble o triple carga de profundidad contra el individualismo agresivo que Il-Nam quiere hacernos pasar como el verdadero motor de la humanidad, y esa fértil crítica está contenida en apenas unos segundos de este último capítulo.

Esas cargas son, a saber, que las soluciones individuales no son ninguna solución a un problema social, y casi todos los problemas importantes tienen una mayor o menor carga social, en particular, y ciñéndonos a esta serie, el que la madre del protagonista no pudiera acceder a una sanidad pública universal y gratis es un problema social; que las instituciones públicas son, o deben ser, la solución comunitaria a problemas comunitarios; y, finalmente, que una sociedad dotada de instituciones públicas suficientes evitará, en relación directa a la eficiencia y amplitud de sus servicios, la necesidad de caer en voluntarismos -que también son salidas individuales- como le pasó al bien intencionado buen samaritano, y tan sólo se nos exigirá ser, en el sentido que le da al término Judith J Thompson, unos samaritanos mínimamente decentes.

Las soluciones individuales no son ninguna solución a un problema social, y casi todos los problemas importantes tienen una mayor o menor carga social

Y un corolario: donde no lleguen las instituciones, llegará el voluntarismo, y demasiadas veces, y más contra mayor sea la ausencia del estado y de sus servicios, ese voluntarismo será un lobo con piel de cordero.

El que, gracias al estado del bienestar, sea suficiente con ser samaritanos mínimamente decentes, el que desde que nacemos estemos razonablemente cubiertos ante riesgos e imponderables (una seguridad ante las amenazas mejorable, sin duda, pero no inexistente) no está exento de peligros, y uno de ellos es olvidar que esas instituciones deben ser, ya no sólo defendidas de todo tipo de agresiones, sino reconocidas como irremplazables y apoyadas críticamente, sí, pero sin poner en duda su necesidad y utilidad. La derecha siempre las atacará de dos maneras: colonizándolas y privatizándolas bajo la cobertura teórica de una falsa meritocracia, falsa, pues lo que amaga es puro individualismo y puro apoyo a soluciones individuales, de las que la caridad, aunque se disfrace de ONG, es un ejemplo de trampa letal.

La izquierda también debe ser muy cuidadosa y evitar estrategias que, aún pudiéndose abordar como comunitarias, en tanto que se plantean bienintencionadamente como alternativas a las instituciones, esconden un cierto individualismo comunitario (comunidades autárquicas y soberanas) que, erosionando la confianza en las instituciones, acabará erosionando la base del estado del bienestar.

Todo esto lo resume Gi-Hun cuando, contestando a la maliciosa pregunta de Il-Nam (“¿Todavía confías en la gente?”), se dice a sí mismo “¡Están aquí! ¡Le están ayudando!”, y no se refiere a una gente indeterminada, sino a unas instituciones cuya razón de ser es velar por la ciudadanía desvalida.

Gi-Hun, y la misma serie, ha transitado por todas las fases de la tragedia griega: la anamnesis, o desconocimiento, la hubris, a arrogancia de creerse poderoso, la catarsis, o redención, y finalmente, la anagnórisis, o descubrimiento: no hay salida individual que valga, es la sociedad la única que puede y debe ayudar: “¡Están aquí! ¡Le están ayudando!”, advierte con emoción.

Pero rompamos una lanza por la verosimilitud del cuarto final: la economía no lo explica todo, y para bien o para mal, y aún en la más avanzada y bondadosa de las comunidades, adictos a mil formas del juego siempre se darán. Y se darían incluso en la mejor y más utópica sociedad del bienestar, por eso no nos choca ese último final abierto. Y no seamos altaneros ni moralistas, pues bien nos recuerda un esclavo filósofo que somos humanos, y nada de lo humano nos es ajeno. Ni tan sólo desear un premio a costa de la muerte de 455 congéneres.

La economía no lo explica todo, y para bien o para mal, y aún en la más avanzada y bondadosa de las comunidades, adictos a mil formas del juego siempre se darán

La importancia de una secuencia

Maggie: You’re the meanest man I ever met. No wonder no one loves you.

Frankie: I thought I’d get you a wheelchair… maybe the kind that operates by blowing through a straw.

Maggie: I got a favor to ask you, boss.

Frankie: Sure. Anything you want.

Maggie: Remember what my daddy did for Axel?

(Million dollar baby, 1:50:51, Hilary SwankClint Eastwood)

Donde no llegan las instituciones, las necesidades las cubre el voluntarismo, como Frankie, que no sólo es un buen samaritano, sino que alcanza a ser un excelente samaritano, implicándose más allá, mucho más allá de lo exigible a un samaritano mínimamente decente. Como quien ayuda a abortar, apiadándose de la mujer, que allí donde la sanidad lo cubra legalmente, será, como acompañante, como profesional sanitario, un samaritano mínimamente decente, pero donde la ley lo castigue, donde el estado no garantice el derecho a disponer del propio cuerpo, sólo los samaritanos excelentes se aventurarán.

Pero ante el fallo del Estado, ante la incompetencia de sus instituciones, cuando las soluciones deben descansar en samaritanos excelentes, cuyo deber de serlo, en respuesta al derecho del atendido, no juzgamos, el camino estará empedrado de muy buenas intenciones, sí, pero podrá conducirnos al infierno.

Donde no llegan las instituciones, las necesidades las cubre el voluntarismo, como Frankie, que no sólo es un buen samaritano, sino que alcanza a ser un excelente samaritano

Ya que estamos metidos en series, que las buenas intenciones de los voluntaristas siempre acaban asfaltando la autopista al infierno es el leitmotiv de la temporada cinco en su conjunto de The Good Fight (y que conste que no hacemos spoiler al decirlo), en nuestra opinión, vale la pena verla. A veces basta una escena y a veces se necesitan ocho capítulos para exponer la misma tesis: nada puede sustituir a largo plazo a unas buenas instituciones estatales, o lo que es lo mismo, no puede haber un buen estado del bienestar sin unas buenas instituciones que respalden a la sociedad y a su ciudadanía.

오징어 게임시즌 2

Ya solo nos cabe esperar que se materialice la reciente afirmación oficial de Netflix: “It’s a Green Light for ‘Squid Game’ Season 2”, y padecer gozando y gozar padeciendo el plus de una somanta de “slaps even harder” a nuestra políticamente correcta zona de confort.

Descontando la producción y la factura, que podemos entender de igual calidad, otra cosa será si el argumento mantiene el nivel de compromiso artístico de la temporada 1, que, atrevidos que somos, hemos comparado con las tragedias griegas, y si el asunto da pie a una lectura política, como pensamos que ha ocurrido, y no por casualidad, sino por necesidad de la propia trama, en esta bienvenida temporada 1. El tiempo lo dirá.

Nosotros, en todo caso, como buenos serieadictos, atenderemos al ‘Squid Game’ Season 2.

Post escriptum

Ya finalizado el presente artículo fuimos a ver el pasado domingo 11, en el TNC de Barcelona, la obra Una noche sin luna, de Juan Diego Botto sobre textos de Federico García Lorca, interpretada por el propio Botto bajo la dirección de Sergio Pérez-Mencheta.

Mientras el teatro parecía sucumbir por los aplausos de todo el público puesto en pie, pensábamos en el empeño que con La Barraca Lorca tuvo de llevar, junto con su Rafael "Tres Erres", la cultura y la realidad a los pueblos usando el teatro: nunca dudó del poder del texto escénico para hacer a la gente consciente de la realidad.

Que nadie dude que hoy La Barraca, o Lorca, que es lo mismo, llevaría la realidad a la ciudadanía a través de plataformas de streaming".


Notas:

[1] ¡Problema! Teaser, en inglés, se puede traducir como anuncio o avance, pero también como señuelo o incluso como bromista o guasón... ¡Vaya!
[2] “We have in fact to distinguish between two kinds of Samaritan: the Good Samaritan and what we might call the Minimally Decent Samaritan”, fuente

El juego del calamar (Temporada 2)