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domingo. 03.07.2022
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Joan Didion, en una imagen del documental de Netflix sobre su figura ‘El centro cederá’. / D. S.
 

La muerte de un ser querido sigue siendo la más común de las aflicciones. Nos encontramos en una situación que nadie conoce hasta que llega a ella y tampoco podemos conocer por anticipado la ausencia interminable que vendrá después. La obsesión del superar en vez de dar la opción de cohabitar con nuestro dolor. Un dolor en el que siempre podemos explorar, pero nunca hay nada que debamos conquistar a pesar de lo que nos indique el corpus subliterario y algunas guías de autoayuda.

Sigmund Freud definía el duelo como algo que implicaba grandes desviaciones de la actitud vital normal, siendo un dolor único entre los trastornos. Nunca podría ser tratado como un estado patológico ni remitirlo a tratamiento médico. Lo que hacemos es confiar en superarlo después de un lapso determinado de tiempo. Cualquier interferencia con él es inútil y hasta perjudicial (Duelo y Melancolía, 1917).

La escritora británica Virginia Woolf afirmaba que no se podía encontrar la paz evitando la vida. Todo lo que aplica a nuestras vidas produce todo tipo de emociones y no únicamente las mal llamadas “positivas”. Es imprescindible para un bienestar emocional convivir con emociones como el miedo o la ira sin intentar evitarlas compulsivamente. Hacerlo sería evitar la propia vida, por más que se busque amparo en los ansiolíticos. Esta disminución del dolor implica, en palabras del filósofo coreano Byung Chul-Han, una anestesia permanente a través de la evitación, paliándose únicamente efectos provisionales, quedando tapadas nuestras disfunciones y desajustes. En la sociedad de la producción y el consumo, el dolor y los pensamientos negativos deben ser reemplazados al entenderse como síntomas de una debilidad (e incluso sospechosos). En el sistema liberal los cuerpos deben orbitar en torno al beneficio en todo momento, independientemente de si nos es soportable aquello que pensamos o sentimo. El espectáculo y la correcta gestión del dolor es lo que nos impide comprenderlo.

El dolor es algo pasivo; nos duele, sin más. Sin embargo, el duelo, requiere de nuestra atención. Nos toca lidiar con el dolor y sus símbolos, comprometernos con la vida sin la necesidad ni las ganas de vivirla

Joan Didion (Sacramento, 1934 - Nueva York, 2021) fue una célebre novelista y periodista estadounidense. Graduada por la Universidad de Berkeley en California, se le concedió el doctorado honoris causa en letras por las universidades de Harvard y Yale. Inició su andadura en la revista Vogue como editora y crítica de cine, debutando como suplente del redactor titular con un artículo sobre la autoestima y los celos. Ha sido colaboradora habitual de The New York Review of Books. Se trata de una de las cronistas fundamentales de la segunda mitad del siglo XX, habiendo contribuido junto a periodistas como Tom Wolfe o Gay Talese a la transformación de la forma en la que se escribían artículos periodísticos. Pero todo esto es lo de menos. Verán.

Su marido, el también escritor John G. Dunne, caía desplomado mientras cenaban el mismo día que su hija llevaba cinco noches inconsciente en la UCI del Centro Médico Beth Israel por un choque séptico. Acostumbrada a diseccionar con precisión quirúrgica a la sociedad norteamericana (Where I was from, 2003), comienza a hacerlo sobre su propio duelo a lo largo de la obra con la que se presentó al público español en 2005: El Año del Pensamiento Mágico (seguido en 2011 por Noches Azules, donde profundiza en el duelo por la pérdida de su hija). Estas fueron las primeras palabras escritas por Joan tras la muerte de su marido: La vida cambia deprisa. La vida cambia en un instante. Te sientas a cenar y todo cambia. La necesidad de soledad para amparar la posibilidad de la vuelta del marido fallecido sirve como punto de partida en el inicio del año mágico de Didion.

Hanna Arendt definía el dolor como la más privada y menos comunicable de las experiencias. Cuando nos encontramos inmersos en el proceso de duelo, desaparecen numerosas conexiones, incluso con nosotros mismos. Intentamos recordar y reconstruir para dotar de algún sentido, fijándonos en lo anodino de las circunstancias en las que tuvo lugar, llegando a analizar lo superficial de nuestras conductas cotidianas. Susan Sontag definía esta cordura habitual como una dulce mentira. Nuestro interior se descoloca y aparecen sensaciones y recuerdos que creíamos olvidados. El dolor es algo pasivo; nos duele, sin más. Sin embargo, el duelo, requiere de nuestra atención. Nos toca lidiar con el dolor y sus símbolos, comprometernos con la vida sin la necesidad ni las ganas de vivirla. Sabemos todo con nuestra mente racional y sin embargo, no estamos funcionando con ella. Melania Klein definía a la persona en el proceso de duelo como una persona que de hecho estaba enferma (proceso maniaco depresivo transitorio), pero dado lo común y natural de su estado mental, no se denomina enfermedad (El duelo y su relación con los estados maníaco depresivos, 1940).

Actualmente nos alejamos y alejan de todo lo que tenga que ver con el sentido de la enfermedad o la muerte (nos hinchan a imágenes sin sentido), la muerte forma parte de la vida de forma ineludible. Las mujeres morían en los partos, los niños con fiebres… Todos estamos seguros de saberlo y entenderlo. Desde hace algún tiempo y con su origen en los Estados Unidos, se ha producido un cambio en las actitudes de aceptación ante la muerte, pasando de ser algo familiar y visible a ser algo vergonzoso y prohibido. Debido al imperativo liberal de divertirnos y en palabras de Geoffrey Gorer, estamos abiertos en exceso al mensaje de poder evitar la muerte (Death, Grief and Mourning, 1965). La muerte se aleja de la atención pública, quedando regulada. Nuestra expresión de vulnerabilidad extrema queda velada, impidiéndose nuestros primeros nuevos pasos sin de una forma más humana.

Cuando lloramos a nuestros seres queridos, también nos estamos llorando a nosotros mismos, a quiénes éramos y a quienes ya no somos. Y a quienes no seremos definitivamente. Y por qué no, a quienes escriben años mágicos.

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