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sábado. 28.01.2023
EL MADRID DEL PRIMERO DE MAYO

El jardín botánico, el Museo Del Prado y el Casón del Buen Retiro

'El Madrid del Primero de Mayo', de Francisco Javier López Martín, por entregas en Nuevatribuna.

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Vista de la fachada oriental del Casón del Buen Retiro tras el ciclón del 12 de mayo de 1886. Foto: Museo Del Prado

(Capítulos 10, 11 y 12)

10.- EL JARDIN BOTANICO

El Jardín Botánico,  fue concebido como otro de los elementos esenciales del entorno científico que se pretendía crear. Felipe II ya tuvo la idea de construir un Jardín Botánico que hubiera sido contemporáneo de los de Pisa y Padua, pero hubo de conformarse con el herbario de El Escorial. Más tarde Fernando VI había impulsado la idea de un museo vivo de la naturaleza, si bien la ubicación que procuró para el mismo no era la más adecuada. De forma que, cuando se remodela el Prado de Atocha y se piensa en darle una finalidad científica, parece el lugar más adecuado para la ubicación definitiva del Jardín. 

botanSiendo Grimaldi Secretario de Estado, el último de los ministros italianos de Carlos III, se promueve la construcción y encarga las obras al arquitecto italiano Francesco Sabatini en 1774. La responsabilidad de la dirección científica del centro es encomendada al botánico Casimiro Gómez Ortega.

Sin embargo, cuando Floridablanca sustituye a Grimaldi, al cual se le hace responsable del desastre de nuestra armada ante Argel, también la influencia del arquitecto sufre un duro golpe y es Juan de Villanueva el encargado de continuar las obras, en 1780. 

La llegada de Floridablanca a la Secretaría de Estado, significa no sólo la definitiva hispanización de los responsables de la administración del Estado, sino que ventila momentáneamente el enfrentamiento  entre los dos sectores de la Corte: los Aragoneses y los Golillas, en favor de estos últimos.

No podemos entender este enfrentamiento desde unos ojos habituados al sistema democrático actual. Estamos hablando de unos tiempos en los que el rey lo era todo. No existían los partidos políticos y, en consecuencia, sólo podemos hablar de sectores enfrentados, de grupos de presión integrados por individuos ligados por intereses personales, patrimoniales,  o derivados de su posición en la Corte.

Floridablanca venía recomendado por Campomanes, quien presidía el Consejo de Castilla. Ambos se encuadran en el bando de los golillas, esos funcionarios administrativos que llevan continuamente, en su deambular por la Corte, ese cuello blanco almidonado, que fuera impuesto por Felipe IV para desterrar las llamativas pero incomodísimas gorgueras. Representan, por lo tanto, la nueva fuerza del poder de la administración civil del Estado. 

Frente a ellos tienen a los aragoneses, la tendencia que recoge el descontento de la Corte de los Austrias, ante la llegada de los Borbones franceses y su pléyade de omnipotentes ministros extranjeros. Esta corriente se ve alimentada de nuevo, cuando Carlos III se rodea de un buen número de ministros italianos, artistas italianos, científicos extranjeros... 

A estos intereses nacionalistas, nobiliarios, xenófobos y resentidos frente a la pérdida de los derechos forales aragoneses y ante el centralismo del Estado Borbón, se unen los intereses de los militares que comprueban cómo, frente a la preeminencia de los méritos militares para ascender en la Corte, comienza a alzarse una pared de funcionarios que desde sus puestos civiles  dirigen el aparato de un Estado cada vez más poderoso.

El conde de Aranda es el mejor representante de este partido aragonés. Bajo sus ideas ilustradas, que le hacen amigo de enciclopedistas y del propio Voltaire, no deja por ello de ser españolista, militar y representante de una de las más poderosas familias de Aragón. De forma que, cuando el rey tienen necesidad de poner cierto orden tras los sucesos del Motín de Esquilache (1766), no duda en recurrir a Aranda. 

Igualmente, cuando esas circunstancias han concluido y hay que expulsar a los jesuitas, el rey recurre al golilla Campomanes y pronto Grimaldi sustituye a Aranda en las preferencias reales, en un último intento de mantener en el poder a los italianos. De forma que Aranda marcha a un lujoso destierro como embajador en París.

Para este momento, los golillas y los aragoneses tienen en sus manos la Corte y el incipiente aparato administrativo y ambos sectores aparecen enfrentados a los italianos. En consecuencia Grimaldi dura poco y es sustituido por Floridablanca que marcará los últimos doce años del reinado de Carlos III. 

Cuando acceda al poder Carlos IV, mantendrá momentáneamente en el poder a Floridablanca, pero son tiempos difíciles y complejos, con la cercana Revolución Francesa (1789) al otro lado de los Pirineos, cuyos actores no dudan en cortar la cabeza del también Borbón Luis XVI.

Juan Francisco de Bomgoing, antiguo Secretario de la Embajada de Francia que se une a los revolucionarios, es enviado en misión secreta, por esas fechas, para desestabilizar el gobierno de Floridablanca, abiertamente hostil a la Revolución. Es él quien nos describe el Prado, como un lugar concurrido y soberbio paseo en el que llega a contar quinientos coches alineados con gran orden.

Debió tener éxito el enviado de la Revolución, si tomamos en cuenta que el rey decide llamar a su lado a Aranda. Premonición de esa tradición tan española y tan imitada en Iberoamérica, de recurrir a un militar en tiempos difíciles. La fórmula gozará de notable éxito durante los siglos XIX y XX en nuestro país, con su cosecha de pronunciamientos, espadones, alzamientos, juntas militares, militares africanistas, golpistas, salvadores de la patria, dictablandas y dictaduras, surgidos del estamento militar y que aún provocan escalofríos en buena parte de la población española, con el sólo hecho de rememorarlos. 

También es premonitorio el destino que le aguardaba al anciano Floridablanca, que en 1792 es desterrado.

Huyamos de estos siniestros recuerdos a los que nos han conducido las ansias de divagar mientras andamos junto a la verja del Jardín Botánico. Qué extraños es el pensamiento, que nunca sabes a dónde te va a llevar. Empezamos recordando a los promotores del jardín vivo de la naturaleza y terminamos recalando en los puertos más negros de la desgraciada historia de este viejo país ineficiente, pongamos España entre dos guerras civiles, tal como lo recordara Gil de Biedma. Sólo un poeta puede encontrar las palabras para definir los sentimientos turbios y encontrados que suscitan algunos pasajes de nuestra historia, que explican muy bien por qué procuramos olvidar con tanto ahínco, puesto que tanto dolor sembraron.

 El Jardín Botánico fue inaugurado en 1781. La puerta ante la que pasamos en primer lugar y que da al Paseo del Prado, denominada Puerta Real, es obra de Sabatini y consta de un arco de medio punto con dos columnas dóricas, estando flanqueado a ambos lados por sendos huecos adintelados. Bajo el frontón triangular se deja constancia del año de inauguración y de los deseos del rey de recuperar la botánica, como un elemento al servicio de la salud y el esparcimiento de los ciudadanos. La verja de hierro que defiende el Jardín por este lado procede de las fundiciones del País Vasco y los pilares que la sostiene serían diseñados por Juan de Villanueva.

La puerta que da al Museo del Prado, la misma que aparecía en los antiguos billetes de dos mil pesetas, fue concebida por Villanueva como un pequeño pabellón cubierto. Es precisamente por esta puerta por la que accedemos los visitantes del Jardín. Está flanqueada por dos pequeñas edificaciones, cubiertas con tejado de plomo. 

Para salvar el desnivel del arroyo, el Jardín se construyó con tres terrazas que fueron llenándose con las especies botánicas traídas de todo el imperio por las expediciones científicas que se pusieron en marcha. Así, a sus funciones de recreo, se añaden las de ser un lugar de investigación y formación. En la parte más alta, Villanueva construyó el Pabellón de Invernáculos y la Cátedra de Cavanilles.

Cuando Heinrich Link, profesor de Botánica de la Universidad de Rostock, visita el Jardín, allá por 1797, encuentra un desorden de plantas entremezcladas -carentes, en muchos casos, de etiquetado- y lamenta que un hombre como Casimiro Ortega, ejerza como superintendente, por más que no deje de reconocer que es culto, servicial y buen conversador. Sin embargo, se encuentra muy por debajo de los méritos de Cavanilles, a quien considera el mejor botánico español de la época, el cual permanece relegado. 

Similar opinión mantiene Richard Ford, el famoso viajero inglés, quien hacia 1830, nos describe un Madrid que atrae bandadas de buitres carroñeros en busca de condecoraciones, beneficios, títulos y colocaciones, mientras el pueblo permanece sumido en la miseria y el analfabetismo, condenado a la apatía, la resignación y la incapacidad para reaccionar y escapar de su destino. Se ve que la envidia, el amiguismo y el tráfico de influencias ya eran bien conocidos en la España de aquellos tiempos.

Llegó a contar el Botánico con un zoológico famoso por su amplia colección de aves traídas de las posesiones españolas repartidas por el mundo.

Ya habrá otras, o tardes, en las que por un módico precio podamos recorrer al Botánico y comprobar cómo pueden convivir el verde primaveral y su explosión de colores, o las mil tonalidades otoñales acompañadas de los más diversos aromas de las plantas, con el  endiablado tráfico del Paseo del Prado. Salvadas esas distancias temporales y automovilísticas, causa impresión que, de este lado del Paseo, estemos contemplando el mismo paisaje de edificios,  fuentes y Jardín que vieron quienes conmemoraron por primera vez la Fiesta del Trabajo y que iniciaron aquí mismo la manifestación.

Antes de alcanzar el Museo del Prado vemos, en la Plaza de Murillo, el grupo de las Cuatro Fuentes, proyectadas por Ventura Rodríguez. Los pilares, con cabezas de oso, son obra de José Rodríguez. Sobre ellos, vemos platillos en los que juegan niños, tritones y delfines. Alfonso Vargas, Francisco Gutiérrez y Roberto Michel son los escultores de estas pequeñas y refrescantes composiciones.

11.- EL MUSEO DEL PRADO

El Museo del Prado es, sin duda, la obra maestra de Juan de Villanueva. 

museo

Junto al Jardín Botánico, Sabatini había proyectado la construcción de un Real Laboratorio de Química. Ya hemos explicado que la caída de Grimaldi arrastra consigo al arquitecto italiano. La llegada de Floridablanca transforma el proyecto y lo dota de una complejidad nueva, al intentar albergar la Academia de Ciencias, acompañada del Gabinete de Historia Natural, un Observatorio Astronómico y el Laboratorio Químico. Si fuera posible, no descartaba el Secretario de Estado que pudieran ubicarse allí mismo otras instituciones científicas como el Gabinete de Máquinas.

Tras un primer proyecto de Ventura Rodríguez, que fallece en 1785, Juan de Villanueva presenta una propuesta que excluye al Observatorio del proyecto. Frente a la posibilidad de elegir soluciones conservadoras y la reiteración de fórmulas ya ensayadas, Villanueva opta por investigar nuevas y atrevidas ideas. 

Para empezar nos presenta cinco volúmenes, de diferentes alturas y rompiendo la unidad de la fachada. Las entradas del edificio serán tres, si bien sólo la central mira hacia el Paseo, la llamada Puerta de Velázquez, mientras que las otras dos se encuentran en la fachada Norte y en la Sur. Pretendía Villanueva dotar de autonomía de acceso y de fachada propia a cada una de las instituciones.

A la Academia de Ciencias le adjudica la entrada del Sur, frente al Jardín Botánico, abriendo una gran puerta, colocando sobre ella una galería de columnas que actúa como balcón sobre el Jardín. La planta baja estaría destinada a albergar las dependencias de la Academia. Esta galería de seis columnas de orden corintio mantiene el equilibrio con respecto a la fachada Norte que, como veremos, tenía la entrada por arriba, mediante una rampa de acceso. Esta fachada se abre hacia la Plaza de Murillo y de las Cuatro Fuentes.

La fachada Este, que da hacia el Paseo del Prado, permite ver la complejidad de los volúmenes con los que juega Villanueva. Los dos cuerpos extremos son de muro de ladrillo en el que se abren ventanales en la planta baja que se corresponden con los balcones de la principal. Los dos cuerpos intermedios son también iguales. 

En la planta baja presenta una arquería en la que se insertan hornacinas que albergan estatuas, sobre la cual se instala una galería de columnas jónicas. En el Centro, se encuentra la Puerta de Velázquez, con un impresionante pórtico de columnas dóricas, que soportan un frontón rectangular. Esta puerta serviría de entrada a un gran Salón de Juntas en el que se celebrarían encuentros y reuniones científicas. El destino final dado al edificio modificará este proyecto inicial. La estatua de Diego de Velázquez es obra de Aniceto Marinas.

La fachada Norte, por último, serviría de entrada al Museo y, debido a que había que salvar el desnivel provocado por la pendiente de los Jerónimos que subía hacia el Retiro, dio lugar a que el arquitecto proyectase una rampa que conducía a una entrada concebida como un pórtico  de dos columnas jónicas, que permite el acceso a una sala circular de columnas, también jónicas,  que nos conduce a la galería de la primera planta.

En el Norte prevalece el estilo jónico, en la fachada principal el dórico y en el Sur el corintio.

Las obras del edificio se prolongaron durante 26 años. Los franceses lo utilizaron durante la Guerra de la Independencia como cuartel y caballerizas. Tras la decisión de convertir el edificio en pinacoteca, fue inaugurado en 1819, encargándose de su adaptación Gutiérrez Arintero. Las esculturas que se albergan en las hornacinas de la fachada principal son obra de Antonio López Aguado. Las iniciales cubiertas de plomo habían sido desmontadas por los franceses para su artillería, con lo cual se instalaron tejas que han llegado hasta la reciente restauración de las cubiertas del Museo.

En 1918 se construyen dos pabellones paralelos a las galerías que son encargados a Arbós. Diez años más tarde se decide la eliminación de la rampa que conducía a la entrada Norte, la de Goya. Muguruza es el encargado de construir la escalera que da acceso a esta puerta actualmente. En tiempos más recientes, 1956, son Chueca Goitia y Manuel Lorente los encargados de construir dos nuevos pabellones.

Las ampliaciones del Museo no han concluido. La incorporación del Salón del Prado, del antiguo Museo del Ejército y del claustro del convento de los Jerónimos son las respuestas a la necesidad de dotar de espacio a la pinacoteca, para poder mostrar parte de los fondos que permanecen almacenados y no son expuestos de forma permanente.

jeron12.- LOS JERONIMOS, EL CASON DEL BUEN RETIRO 

Los  Jerónimos, el Casón del Buen Retiro y el Museo del Ejército, una de las nuevas dependencias del Museo del Prado, forman parte del mismo complejo urbanístico conformado en el siglo XVII. En los límites orientales de Madrid se encontraban el Prado de los Agustinos Recoletos, el de Atocha y el Prado de San Jerónimo. Zona de fuentes y de abundante arbolado, constituía el lugar ideal para el paseo y esparcimiento de los madrileños. Hay que tomar en cuenta que los espacios abiertos no abundaban en la ciudad de callejuelas que ya hemos descrito anteriormente.

Cuando hablamos de Jerónimos, tenemos que pensar en la orden religiosa creada en el siglo XIV en Italia que reunió a un grupo de ermitaños que vivían próximos a Siena. Seguían los pasos de San Jerónimo, quien vivió a caballo de los siglos IV y V, famoso por su vida anacoreta, por ser el traductor de la Biblia al latín (la Vulgata) y por sus incansables polémicas con cuantos discrepaban de sus ideas. 

La primera presencia de la orden en España podemos fijarla en Toledo. En 1415 había ya veinticinco monasterios, siendo el más importante el de Guadalupe. Durante el turbulento reinado de Enrique IV de Castilla, en 1464, el rey manifiesta su deseo de contar con un monasterio Jerónimo en Madrid,  y así se funda San Jerónimo el Real, si bien son los Reyes Católicos quienes dan el impulso definitivo a la orden, a la que enriquecen, consolidando su creciente poder.

Es con posterioridad a 1505, con la nave de la iglesia construida y en uso, cuando los monjes abandonan su emplazamiento en las cercanías del Manzanares, para establecerse en el convento.

La iglesia, obra de arquitecto desconocido, consta de una sola nave de cruz latina con cinco capillas a cada lado. El coro queda situado a los pies. La cubierta es una bóveda gótica. El claustro, remodelado por el arquitecto Rafael Moneo para ser ocupado por dependencias del Museo del Prado, está situado a un lado de la iglesia. Se piensa que pudiera haber sido realizado por Miguel Martínez a mediados del siglo XVI. Esto es casi todo los que queda del primer templo. 

La portada que hoy vemos, es obra de Ponziano Ponzano, autor del tímpano del Palacio de las Cortes, que siguió el estilo neogótico, tan utilizado durante el siglo XIX. De éste mismo siglo son los pináculos y torres añadidos por Pascual y Colomer, arquitecto del Congreso de los Diputados, siguiendo el modelo de San Juan de los Reyes de Toledo. Por su parte Repullés y Vargas remodeló el interior.

La iglesia ha sido testigo de juras y bodas reales. Alfonso XII y Alfonso XIII se casaron en ella y hasta el rey Juan Carlos inauguró su reinado con una misa en San Jerónimo el Real. Pero no sólo este tipo de acontecimientos ha visto el templo. Por ejemplo, durante la Guerra de la Independencia, al igual que el Palacio del Buen Retiro, fue utilizado como cuartel, por las tropas de ocupación napoleónicas. Posteriormente los Jerónimos volvieron a ella, para ser nuevamente expulsados durante la desamortización de Mendizábal. A partir de ese momento el convento pasó a ser Parque de Artillería, Hospital de Inválidos y Coléricos más tarde, hasta que en 1878 se inicia su restauración.

Aunque los Jerónimos sean hoy una orden que conserva tan sólo dos conventos, el Parral en Segovia y Yuste en Cáceres, era tal su poder en tiempos de los Austrias que los reyes tenían en el convento un Cuarto Real, sus propias habitaciones, a las cuales se retiraban en aquellos momentos en los que necesitaban reflexionar sobre alguna decisión importante, delicada o alguna situación difícil.

Felipe IV, aprovechando las propiedades de su valido, el Conde Duque de Olivares, en la zona y otras nuevas adquisiciones, decide construir un complejo palaciego, compuesto de Palacio y amplios jardines, donde el fin ya no será obviamente la reflexión, sino la celebración de grandes y fastuosas fiestas. El convento pasará a ser poco más que la iglesia del Palacio.

Lo que hoy conocemos como Casón del Buen Retiro no era otra cosa que el Salón de Fiestas del Palacio, sala de baile y de recepciones. Obra de José del Olmo, se trataba de una construcción barroca, de la cual sólo conservamos la sala central decorada en su bóveda por Lucas Jordán. Las fachadas son del siglo XIX. El pórtico principal de columnas es obra de Velázquez Bosco, a quién ya conocemos como arquitecto del actual Ministerio de Agricultura. 

La destrucción de la mayor parte del palacio hizo que en su lugar, tras la apertura de la calle Alfonso XII, se fuera construyendo el barrio de los Jerónimos. El edificio, que ha pasado por avatares tan diversos como los de ser Gabinete Topográfico, Gimnasio del Príncipe Alfonso o Museo de Reproducciones Artísticas, es hoy una dependencia del Museo del Prado, primer lugar donde se ubicó el Guernica de Picasso cuando retornó del exilio.

En cuanto al Salón de Reinos, que  ha dejado de ser Museo del Ejército, para convertirse en dependencia del Museo del Prado, es otro de los edificios que se han conservado del antiguo Palacio. Como en el resto de edificaciones que lo componían, los materiales utilizados se correspondían con los medios económicos limitados con los que se construyó todo el complejo. 

El Salón fue diseñado, en 1630, por Gómez de Mora, arquitecto también del Monasterio de la Encarnación, la Plaza Mayor, el Ministerio de Asuntos Exteriores o la Casa de la Villa. Sin embargo fue Alonso de Carbonell quién ejecutó el proyecto, que puede darse por concluido en 1653. Lo que hoy se conserva es el ala Norte del Palacio, que era un cuadrilátero con torres en las esquinas, que constaba de dos plantas con balcones en la superior. En 1663 se realiza una primera ampliación y en 1685 los hermanos del Olmo dirigen una segunda ampliación.

La riqueza no se encuentra tanto en el exterior, realizado fundamentalmente con ladrillo, sino en los decorados interiores. El Salón de Reinos fue decorado por pintores como Velázquez, Zurbarán o Maíno.

El Parque del Retiro, era precisamente el jardín del palacio, en cuyo Estanque Grande, se celebraron representaciones de batallas navales. El Jardín del Retiro fue abierto por Carlos III de forma restringida y es en 1868 cuando es convertido en Parque público. De la época de los Austrias nos queda sobre todo el ya mencionado Estanque Grande.


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El Madrid del Primero de Mayo de Francisco Javier López. Capítulos publicados

Presentación: Madrid Patrimonio por entregas

El jardín botánico, el Museo Del Prado y el Casón del Buen Retiro